La plaza Mayor de Osuna (VII)

En esta imagen podemos ver la solución que se dio al destrozo producido por la caída de la espadaña de San Francisco: se tapió el espacio que ocupaba la portada renacentista, en realidad el acceso a la capilla de la Virgen de las Angustias, y en el lugar que ocupaba la portada del XVIII, que servía de acceso a la iglesia, se construyeron dos muros que bajaban de nivel para acomodarse a las dimensiones de una cancela de regular tamaño.

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La plaza Mayor de Osuna (VI)

Contemplamos una de las pocas fotografías de la plaza Mayor tomadas de espaldas al Ayuntamiento antes de 1923. Ese año, como ya comentamos, se empezaron a colocar los primeros adoquines en las calles ursaonenses, precisamente en la superficie comprendida entre las Casas Consistoriales y la esquina de la calle San Francisco. Aunque no se aprecia con claridad, parece que las bellas portadas del convento de San Francisco que miraban a la plaza ya han desaparecido: lo que se advierte es un muro basto —parece de mampostería—que no corresponde al que veíamos en ese lugar con anterioridad a la caída de la gran espadaña del convento, la misma que destruyó las portadas. Con todas las prevenciones, pues, podemos afirmar que la foto fue tomada después de 1906. También apoya esta datación el tamaño de los árboles. En cuanto a los edificios de la Carrera, han cambiado casi todos.

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Cuando la gente se vuelve loca

Qué bonito es ver a la gente volverse loca. Siempre hablamos de la locura como algo despectivo, como una especie de enfermedad que nos hace errar y actuar de una manera impulsiva. Es cierto que la locura nos nubla los sentidos, pero es que hay muchas cosas que merecen ser vividas que, si no fuera por el poder de nuestro universo irracional, jamás nos lanzaríamos a conocer. La locura es el empujón que nosotros mismos nos damos, el rincón más divertido y gamberro de nuestro ser.

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En lo intenso

Agosto siempre termina, porque agosto nunca acaba de empezar. Antes de que seas consciente de que estás viviéndolo se esfuma, antes de saludar ya ha terminado de despedirse. Las mejores cosas son las que pasan sin que uno se dé cuenta.  Agosto es una chavala con la que pasaste una sola noche y te marcó. No sabes su nombre, ni siquiera te acuerdas muy bien de su aspecto, solo te atreves a recordarla como se recuerdan las cosas bonitas; imaginándolas.

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La plaza Mayor de Osuna (IV)

Salvador de Azpiazu, fotógrafo vitoriano, estuvo en Andalucía a finales del siglo XIX. Tenía treinta años y un nombre ya consolidado en el mundo de la ilustración. Había vivido en París una temporada y colaborado en la prensa francesa. Espíritu inquieto, en aquellos años finiseculares, quizá acompañado por el escultor marchenero Coullaut Valera, amigo suyo, visitó Écija, Marchena, Lora del Río y Sevilla, donde inmortalizó la Feria y la Semana Santa. También pasó por Osuna. En esta última localidad fotografió la plaza Mayor en un momento muy especial: la visita de un circo. Nos dejó dos imágenes de la plaza.

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La Carrera peatonal ya, sí o sí

Hay un dicho que dice, “el llanto sobre el difunto”; pues eso, ahora o nunca. Se nos presenta una ocasión perfecta con motivo del comienzo de las obras de la primera fase de remodelación de nuestra céntrica calle de la Carrera de Osuna. Por ello quiero dejar mi humilde opinión y espero que coincida con muchos de mis paisanos, para que al final sea una realidad.

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Nuestras guerras

La desesperación es un león que nos ataca con sus dientes afilados. El otro día estuve a punto de escribir un tweet en solidaridad con los afganos, pero afortunadamente antes de darle a enviar, me vi tirado en el sofá con el aire acondicionado y la tele puesta y lo borré automáticamente. La empatía es la mentira de los bienquedaos. No, es imposible ponerse en la piel de alguien que pasa por una verdadera desgracia, cada infierno es personal y las palabras que podamos decir los que no lo sufrimos solo son polvo y arena, leña para un fuego devastador. Para entrar al Calvario hay que haberlo vivido.

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La necesidad de seguir siendo Andalucía

Estos días de verano vuelven los debates territoriales, que en este país son un clásico. En la mayoría de las ocasiones estos tratan más de banderas y de poder que de llevar derechos y mejorar la vida de los ciudadanos.  A raíz de este reiterado debate (y de otro que tuve con mis grandes amigos del colectivo cultural Malaorilla, debate que en nuestro caso se vuelve duro y beligerante, pero sin perder la mirada de amigos de toda la vida) recordé algunas historias que me contaba mi padre y otras que he vivido yo en primera persona y que me gustaría explicar aquí en este momento.

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Federico García Lorca

Solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio

Federico García Lorca es el nombre burocrático que aparecía en un certificado de defunción aberrante en el Registro Civil de Granada. El nombre cotidiano de un ciudadano español, del Sur de los soles y las lunas, extremadamente sensible -rozando la hiperestesia-. De familia pudiente pero atento observador desde pequeño de las desigualdades sociales, de los desposeídos y los marginados. El compromiso político empieza ahí, en observar primero lo que tenemos a nuestro alrededor. Eso ha sido sustituido hoy día por la retórica partidista. Federico García Lorca es el nombre del hijo mayor de una maestra y de un terrateniente que cifró con el código desafiante de la belleza -que sirve para ahuyentar al odio- el drama social de los gitanos, de los negros, de los homosexuales, de las víctimas silenciosas del capitalismo voraz, ese terremoto sin temblor. En definitiva, reflejó el conflicto de la vida en su más amplio espectro tal como somos depositados en ella y sencillamente no nos convence para enseguida tener colocada la etiqueta de inadaptados.

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