El “Teatro Estudio de Sevilla” (I)

Estoy leyendo estos días el libro de Pedro Álvarez-Ossorio La vida es un sueño… de verano. De “Esperpento” a un teatro andaluz, en el que el autor deja memoria de una vida –la suya- dedicada al teatro –director, dramaturgo, actor…-, teniendo como epicentro su Sevilla natal en las décadas de los 60, 70 y posteriores del pasado siglo, de los grupos que fundó y a los que perteneció o no perteneció –Esperpento, Mediodía, Teatro de Repertorio, La Fundición…-, de las obras en las que actuó o dirigió, etc., con amplia voluntad de dejar constancia, de dar fe de todo ello. Concretamente, dice en la página 193: He aquí otra de las causas que me han animado a la escritura de este libro: es necesario, para hacer justicia, recuperar la memoria perdida de aquellos años, sobre todo de los territorios periféricos.

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Retirarse no es ganar, retirarse es perder

Hay cosas que no cambian. Los veranos siguen siendo calurosos, la gente utiliza Instagram como si fuese BlaBlaCar, Jennifer López y Ben Affleck vuelven 20 años después a hacerse caricias en la cubierta de un barco y al llegar los Juegos Olímpicos la gente en España se convierte en experta en deportes que no sabían ni que existían hace un par de semanas. A ver cuándo convertimos el hablar sin saber en disciplina olímpica, porque fijo que un par de medallas nos caían.

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La plaza de Santo Domingo (y IV)

El lector de esta serie recordará la alusión hecha al final de la entrega anterior a la presencia de agentes del orden junto a las fuentes. A pesar de su mala calidad —no dispongo de una versión mejor—, esta fotografía resulta de interés por servir de confirmación de este hecho. He señalado con una flecha roja la figura de un hombre con un arma larga al hombro que parece estar uniformado y cumpliendo misiones de vigilancia. Otro detalle importante es la instalación de farolas muy cerca de la fuente, que ha sufrido una importante reforma y ahora es del tipo conocido como «casa de agua».

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Regaliz de sandía

La vida son mucho más que dos días, el problema es que con las ansias queremos acortarla para decir que es menos. Es un mal intento para vivirla con intensidad, o lo que es peor; con prisas. Una estrategia mental que propugna que al tener todo un final, y al estar este final cerca, hay que disfrutarlo aún más. Tratamos de valorar las cosas que pasan por delante de nuestra cara, los trenes en los que nos ofrecen subirnos, las estrellas fugaces, la vida cuando se pasea a otros ritmos. Para esas cosas todos sabemos que solo hay un chance, o sí o no, o subes o te quedas, o lo vives o lo sueñas. Somos el saque directo que solo unos pocos saben restar, somos la bola que toca en la red y se debate entre pasar o quedarse en nuestro campo, somos el juez apoltronado en la silla llevando la puntuación. Todo a la vez.

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La plaza de Santo Domingo (III)

La fotografía de hoy es de interés para los amantes de la historia, esa dama que alumbra gentilmente la vida de nuestros antepasados. A mitad de su parte derecha tal como la contemplamos, sobre el muro blanqueado, se lee «23  de octubre de 1903»; la imagen, por tanto, es anterior, aunque resulta muy difícil saber cuánto. He descifrado el texto que alguien escribió encima respetando edificios y personas pero no lo transcribo porque carece de sentido: se leen muy pocas palabras completas y están demasiado separadas.

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Hablar sin filtro

Si a cualquiera de nosotros nos grabasen en una sobremesa sin que nos diésemos cuenta, probablemente nos buscaríamos más de un problema con mucha gente y emprenderíamos rumbo hacia la cola del paro, suponiendo claro, que todavía no estemos en ella. No os digo ya, si una cámara captase una noche de farra con su previa, su discoteca y su after. Burradas beodas, chistes bestias, el martilleante hormigueo del whisky subiendo por la cabeza mientras una cámara se limita a recoger todas las barbaridades que escupen unos labios tontorrones. La lengua es un gatillo y la boca una pistola humeante. El humo y el alcohol, la munición.

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El harén de la talla 38

Detengo mi paso ante un escaparate. El escaparate pertenece a una tienda de ropa. Esta ropa, perfectamente expuesta para su venta, es ropa de o para mujer. Mujer joven, para ser exactos. Y digo para ser exactos porque esa parece ser la intención de los dueños o dueñas de la tienda, ya que todas las fotos enmarcadas y colgadas por distintas paredes del interior del establecimiento están protagonizadas únicamente por jóvenes mujeres que posan sus delgados cuerpos ante la cámara y están vestidas con distintas prendas colocadas estratégicamente ahí, en estanterías y perchas y al alcance de nuestra mano.

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La plaza de Santo Domingo (I)

La plaza de Santo Domingo es la ventana por donde entra la luz en la Carrera, calle de naturaleza luminosa pero inundada en este tramo por el sol. En los mediodías de invierno, o en las noches de verano, la plaza es lugar de encuentro de viandantes sabios, que tienen allí un punto de reunión, conversación e intercambio de ideas. Allí juegan los niños y allí las parejas se dan la mano, porque aún queda romanticismo en estos días acelerados.

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‘El España’

Me encanta el fútbol entendido como excusa etílica, como regate a los días normales, como pase al hueco para habilitar al disloque. Me entusiasma el poder cohesionador de un esférico, ese que hace que frente a una pantalla estallen la camaradería y la empatía, el que nos reconcilia con un patriotismo ajado. Reconozco que soy muy de los personajes que florecen ante las grandes citas futbolísticas. Escuchar a un colega de los que no sabrían explicarte en qué consiste un fuera de juego teorizar sobre el potencial del extremo de la selección inglesa es algo que me cautiva.

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Lo antepenúltimo

De noche parece que la conexión de los recuerdos va más fluida, es como si el router de la memoria funcionase mejor con la antena de la luna. Todo aparece nítido, las cosas que fueron y las que quisimos que fueran. Imaginamos situaciones alternativas, frases redondas que jamás se nos hubiesen ocurrido al momento y que ahora aparecen a fogonazo limpio. La almohada es el banco de la cabeza, ahí descansan todas nuestras verdades y mentiras, nuestros pensamientos más frívolos y primarios, nuestros deseos más infantiles e inconfesables. Las paredes de un cuarto son confesionarios profanos. Habitáculos que contemplan nuestra muerte y resurrección todos los días.

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