Basura

La contemplación del cielo estrellado ha sido tradicionalmente un refugio. Cuando uno quería recuperar la paz que había perdido en los núcleos urbanos, corría al campo con la luna nueva y esperaba la llegada de la noche mientras rezaba para que estuviera despejado. Allí, quizá en compañía de una persona amada, se echaba en la hierba y observaba las estrellas.

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Por debajo de la mesa

El sábado pasado, en la final de la Copa del Rey, asistimos a una de esas estampas memorables. Tres dirigentes políticos, entre ellos el presidente del Gobierno y dos presidentes autonómicos, además de nuestro monarca, disputaron una partida de futbolín ante la atenta mirada del resto de autoridades. No se me ocurre mejor manera de reivindicar la marca España que haciendo uso de uno de los mejores inventos patrios. Ese cuadro costumbrista apela a los sentimientos de cualquier español que haya crecido levemente desapegado al mundo de los cables y el joystick.

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Héroe de barrio

Caía la tarde en Vallecas y se aproximaban los fascistas a tensar la cuerda de la democracia. En las vísperas se había anunciado a bombo y platillo que Vox realizaría su performance en la Plaza de la Constitución. El acontecimiento se cocinó a fuego lento, cada uno puso a punto sus armas. Abascal ensayó frente al espejo su mueca más bravucona, Olona hizo lo propio repitiendo ese gesto acusador con el dedo índice que tan bien le sale. La Policía, a la espera de órdenes, hacía cuerpo para la consabida jarana. Los reporteros gráficos preparaban los objetivos y los antifascistas refrescaban las tácticas de guerrilla urbana. Todos los actores que involuntariamente estaban conchabados para contribuir a este sindiós estaban listos.

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Calados

Desconozco en qué momento de nuestra existencia decidimos que el creernos pluscuamperfectos nos haría más felices, ignoro quién fue el cabrón que inventó la policía de la corrección o cuál fue el momento exacto en el que acordamos amoldarnos a todo lo que dictase la nueva secta dominante.

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Sevilla resiste

Por muy duras que sean las circunstancias, siempre hay piedras en los zapatos de las tragedias que no les permiten pisar con determinación en ciertos lugares. Esos últimos bastiones son los que agonizan panza arriba decididos a resistir las catastróficas embestidas del azar. Hace una semana pensaba que el mundo había trocado de manera definitiva dejando dormido en la palabra “antes” todo lo que esperábamos del mañana. Pero ni el mundo es Sevilla, ni Sevilla quiere parecerse a todo el mundo.

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Galgos de Osuna

El perro, con la soga alrededor del cuello, colgaba del grueso tronco de uno de los olivos. No tuve que acercarme para ver que era un galgo. Su cuerpo flaco, sus largas patas. Y sus ojos. Aquellos ojos abiertos en los que aún podían verse la angustia y el miedo. Le dije a un compañero de cuadrilla para descolgarlo. Abrir una navaja, cortar la cuerda, y enterrarlo. Es asunto del manero, respondió, y en ese mismo momento sonó una voz ordenando preparar los fardos, los bancos, y comenzar la jornada.

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