A cada cual lo suyo

En tiempos, pongamos algo más de medio siglo, un servidor acudía con regularidad al marginal barrio de «La Farfana Alta” en Osuna. Arrabal del pueblo, entonces sin aceras, adoquines ni casas solariegas, ahí convivían payos y gitanos en mayor número. Recuerdo a María Caballero «La Latera», propietaria de una tienda que era taberna también. Lugar de encuentro para, con una copa, o dos, desatascar las penas cantando y olvidar la fatalidad que les tocó vivir. En la memoria esponjosa de mi infancia se instaló un lamento por seguiriya que de allí salía: «Comparito mío Cuco/ llama a mi mare/ que me muero en esta casa puerta/ revolcao en sangre». 

Arañazo de jondura que se me iba por alto. Hubo de pasar unos años hasta que mi preocupación por el cante gitano saliera al encuentro de las fatigas de la muerte de aquella letra, en este caso basada en un hecho real y atribuida a Juanichi «el Manijero», cantaor que vivió entre los siglos XIX-XX en Jerez. Hoy me siento capaz de adentrarme en el terreno resbaladizo de lo jondo sin perder el equilibrio en defensa del  gitano y el patrimonio que les corresponde.

De las distintas definiciones que he leído sobre el origen del flamenco, la más acertada, en mi opinión, es la que afirma que «nace del popurrí de culturas que congeniaron y se unieron en torno a ciertos palos rítmicos en Andalucía, un par de siglos atrás». Cuentan que la supremacía y las influencias de la presencia gitana era notable. Es cuando el intelectual pone negro sobre blanco y deja constancia de los rasgos y ecos que sonaban en la intimidad de generaciones anteriores. 

Sabido es que el gitano no es dueño del flamenco, sin duda, pero sí de su forma de vivir, de sentir y amar los desnudos cantes primitivos: la toná, la debla, carcelera… tesoro de sonoridad que a la calle, al ámbito público, lo sacaron contribuyendo al enriquecimiento de este arte. Pudo ocurrir en Triana o Cádiz, pero se escribe que fue en Jerez. A saber. No es cuestión de volver a indagar los vestigios gitanos más allá de la seguiriya del «Planeta» que era gaditano, de eso ya se encargaron Estébanez Calderón y Demófilo que hasta ahí llegaron. Tampoco es necesario abrazarse a la credibilidad absoluta de la «Razón Incorpórea» y al afán de Mairena por capitalizar otros cantes (la buleria, por ejemplo) y seguir alimentando el debate manido: ¿Cante gitano, cante payo? Antonio Núñez «Chocolate», con cierta gracia, zanjaba el tema diciendo: «A vosotros los payos os ha dado Dios el mando y habéis ido a la luna…, bueno, sí, pero a nosotros nos dio el mando del cante». 

El Flamenco, lamentablemente, continúa siendo una parcela de fácil acceso para el Séneca de turno. Es inexplicable, lo que son las cosas, que los detractores provengan no solo de la barra de un bar, también de instituciones públicas, con denominación de origen andaluza,  que  incumplen los deberes prioritarios en cuanto a la divulgación correcta.  Si triste es ver cómo la Marca España, ahora  Global, se apodera del  elemento singular  e icono claramente andaluz, mas tristeza causa  maltratar al flamenco desde las tablas de nuestro escenario. Véase el churrete que en ocasiones, muestra la Bienal de Sevilla y eventos de calado internacional al negarse a separar el grano de la paja y  abrir las puertas a mamarrachos con el norte perdido. Comparar a Rosalía, que ni lo huele, con los registros gitanos de la «Niña de los Peines» es como recordar a “Terremoto” escuchando al «Niño de Elche”. Un disparate, una bofetada al aficionado cabal, sea payo o gitano. 

Para hablar de lo jondo hay que escarbar en la Historia y ver que ocurrió, después respetarlo, cuidarlo y entender por qué la voz de sombra y  rota de Fernanda de Utrera estremece…, o sea, conocer el paño. No pido aferrarse al pasado y comulgar con  las consignas, poco  aconsejables, de la ortodoxia purista. La música viva si no evoluciona desaparece. Si bien, a estas altura, es de necios desterrar la influencia gitana y ocultar  de dónde vienen. Vivimos tiempos de degradación, tanto cultural como social, envuelto en un falso progresismo que negocia los valores elementales de origen con lo sucedáneo y comercial. 

Nada nuevo bajo el sol. En tiempos de Franco, lejos de morirse, dio inicio el espectáculo de confusión y mercadeo.  La pureza de los cantes no rentabilizaba si no divertía, había que amarrar la fuente de ingreso del turismo para el desarrollo del País. No hubo predisposición previa para el estudio y dignificar el martinete o la solea de Alcalá, tampoco explicar que Antonio Molina era un pescador de coplas. Todo en la misma tinaja. La ignorancia  atrevida creó un desbarajuste tal que permanecen las dificultades para llamar al pan, pan y al vino, vino. El Régimen jugó a dos bandas con el gitano, a la vez que apaleaba sus defectos, se aprovechaba de  las virtudes musicales procedente  de la miseria y dolor en barrios y pueblos marginales andaluces.

Hoy los  gitanos no sufren la situación injusta del pasado, ni malviven en La Farfana de Osuna o en el Sacromonte granaino. Tampoco visten igual…, desarrollan estudios y trabajan remunerados. Eso sí, no existe la distancia entre ellos, les une la herencia más genuina y admirable: el cante étnico, seña de identidad y razón de ser incompatible con los faralaes propagandísticos.

© 2023 COPYRIGHT EL PESPUNTE. ISSN: 2174-6931
El Pespunte Media S.L. - B56740004
Avda. de la Constitución, 15, 1ª planta, Of. 1
41640 Osuna (Sevilla)