A vueltas con la llave del cante

A bote pronto, aunque esperado, aparece en el debate el desliz verbal de Juan Peña “El Lebrijano» al respecto de la Llave del Cante que fue otorgada en 2005. Histórico galardón que premia los conocimientos y proteje la naturaleza del flamenco. La polémica en torno a la misma no tiene fecha de caducidad y, en cualquier charla sobre lo jondo, se cuela para desembocar en el mar de la discusión. Sabido es que el gitano rubio, cantaor de fusiones reivindicativas, se meó fuera del tiesto, no le hizo gracia que designaran para la ocasión a un cantaor “mudo” refiriéndose al pontanés Antonio Fernández Díaz “Fosforito». Motivo sobrado para que los seguidores afines quisieran tirarse a la yugular por tal desconsideración. La sangre no llegó al río. Fueron pelusillas que el de Lebrija no pudo contener… le hubiera gustado que el honor hubiera recaído en su persona o, quizás, le irritó que la llave volviera a manos de un cantaor payo después de Manuel Vallejo. 

Las cuerdas vocales de Fosforito ya no se calientan por alegrías o tarantos con facultades, es un ciudadano (nonagenario) en el mundo de los vivos que, con gran lucidez, aún imparte lecciones de sabiduría y es paradigma de respeto con todo lo que huele a flamenco. Condición que no es patrimonio de todos.

En su día opinó lo siguiente de Antonio Mairena: “la llave en sus manos toma la importancia que antes no tenía y en su poder la dignifica”. Con razón. Mairena, cantaor segundón entonces, recibió la distinción, salvando las distancias, como si el Nobel del cante fuera. Lejos de acudir a la soberbia, Fosforito se sintió aficionado y no esquivó la evidencia, a pesar de haber saboreado el éxito antes que él. 

Desde su aparición en 1868, la llave ha pasado por diferentes manos, siendo las de Tomás “el Nitri» también apodado “El Mandanga” y conocido por su cante boca a boca, el primero en hacerse la foto con ella y ser recordado con notoriedad. Poco o nada hay de veracidad en cuanto a fecha y lugar del acto, tampoco de la formalidad al no existir datos que acrediten que no fue producto de la euforia de un puñado de amigos embriagados de alcohol y duendes. Cuentan que Nitri era bebedor y mujeriego. Tanto artísticamente como en lo personal, la vida del cantaor giró en torno a la inconsciencia del valor de su arte y al enigma de comportamientos de extrema rareza hasta su muerte en Jerez en 1877. Inequívocas muestras de que la riqueza cultural del flamenco andaba en fase primitiva y el desprestigio y mala fama seguía su curso. Nada se supo de la llave mientras duró en su poder ni de la importancia que le dio al simbólico premio, sea como fuere con el anecdótico trofeo se cierra la etapa de los “Cafés Cantantes” aunque abiertos, de par en par, siguieron los tabancos con solera y analfabetos que sentaban cátedra con dos copas de más. 

Antonio Chacón (Papa del cante), ya en la mal considerada “Ópera Flamenca” recupera la llave del olvido en 1926. En el intento de consolidar el trofeo le dan un imaginario baño de oro y premian a Manuel Vallejo en Madrid. Cantaor largo, preciosista y cotizado que se presentó, habiendo ganado la primera, a la segunda edición del concurso Copa Pavón, en presencia del Manuel Torres y el citado Antonio Chacón. Se sabe que Manuel Vallejo era gachó, buena persona y respetado cantaor que no le dio importancia a la llave, no presumió de ella, es al morir (1960) cuando se comienza a hablar de la misma. Ocurría que cantaores consagrados de su tiempo, como Tomás Pavón, El Niño Gloria o Manuel Torres, no les entusiasmaba competir por la llave como meta de éxito. El mismo Chacón, sin que le dolieran prendas, le hizo entrega del trofeo al artista sevillano.

De vuelta con Mairena, la llave de 1962 adquiere valor, todo cambió con quien cantaba igual que vivía: con formalidad, dedicación y destacada preocupación racial. No le interesó saber qué pasó con la llave del Nitri o si Vallejo la consideró mucho o poco, Mairena la apretó en sus manos para defender la jondura ortodoxa ante los estilos menos aflamencados que se imponían. El mairenismo echó a andar no sin la polémica que el mundo flamenco conoce: el amañado concurso y el sospechoso paripé en la entrega de la llave. La calidad de Mairena se impuso a la farsa y dotó al flamenco de la categoría cultural que debió tener mucho antes. 

Al fallecer el cantaor mairenero, la Junta de Andalucía se apoderó del derecho a decidir quién merece la llave o no, con el riesgo que conlleva. Sabemos lo que ocurre con la cultura en manos de políticos partidistas, ellos divisan el objetivo allí donde ponen el dedo. Se acordaron de los quejios salvajes del mito Camarón y permitieron que la llave perdiera brillo con la polémica. Sin restar un ápice a su indiscutible talento, el reconocimiento, a título póstumo, no fue acertado, no tocaba ni era de recibo saltarse a la ligera la llama encendida de cantaores que antes que él arañaron el cante y se fueron con el magisterio aprobado…, o de cantaoras de poderío y naturales como el desnudo musical de la debla. ¿Qué pensaría la “Niña de los Peines” que murió preñada de afinaciones de colores y esencia gitana lejos del artisteo comercial y turístico?. 

Sin ánimo de discutir, la llave, ya de oro viejo, pero de ley, está dónde tiene que estar, en manos de un referente cabal y respetuoso con el flamenco cuya inquietud es la de regar el frondoso árbol de lo jondo. ¿Dónde estará mañana? Preocupa la evolución mal entendida y la deriva de despropósitos, no quisiera ver la Llave del Cante, algo exagerado, en la portada de un disco de Omar Montes.

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