El limbo de septiembre

El limbo de los primeros de septiembre. Morenos destiñéndose, reencuentros, ciudades abrazando coches y personas. Son los minutos de la basura del verano, el tiempo de descuento de unas vacaciones que, aunque terminadas, se alargan en espíritu. El calor que se niega a irse, el mar que se despide de los que se fueron, que sigue mojando los pies de los que se quedan y vuelven a sentirse dueños. Marquesinas que son alarmas, vallas publicitarias que nos recuerdan que la libertad era solo una pausa de la responsabilidad, marketing repelente que funciona. Y atascos, y claxon, y asfalto. La bici montada en el techo, la voz de Pepe Domingo escapándose de algún vehículo, la cena triste.

Pero se vuelve a la ciudad con ganas de ver, de contar, de tocar. Los bares de siempre tienen ese algo de comida materna, esa cerveza que se echa de menos, ese ambiente hogareño. Aún están las playas en las pieles, queda alguna tobillera, pulseras de discotecas y festivales, zapatos blancos. Se habla mucho de los amores de verano y muy poco de esos proyectos en reposo, de esos casi algo que se postergaron ante la previsión de la distancia estival. Tensiones no resueltas que se quedaron en el aire, que encuentran ahora, en el renacer paulatino de la rutina, una oportunidad. Locales donde se bailan por última vez los hits que llevamos dos meses masticando, donde el invierno, dibujado en el horizonte, cambia las preferencias y las aspiraciones. El amor primero requiere frío para ser él el que produzca la calidez.

Es nuestro verdadero año nuevo. El fin del año, es un agujero. La desaparición del verano, un boquete. En el tiempo y en el corazón. También para el bebé y para el jubilado. Son fechas tan señaladas que nadie se refiere a ellas como fechas señaladas, porque, salvo en las odiosas marquesinas, las cicatrices del verano no tienen un fin establecido, perduran en el clima y en el cuerpo más que cualquier árbol, portal o iluminación. Porque aquí no hay nada que montar o que recoger, solo hay que esperar a que se largue, a que el trabajo haga mella en la anárquica sensación que trae el disfrute sin reloj.

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Soy de los que piensa que la huella de la faena es la que hace que sea completo el placer del descanso, pero también de los que aspira a trabajar para vivir y no al revés. Por eso me parece lícito y necesario estirar el verano hasta el límite, aclimatarse poco a poco a lo que viene, saborear un hábitat, el nuestro, que en apenas dos meses parece haber mudado su piel. El entretiempo, las anécdotas, los recuerdos. La mastodóntica urbe que se vuelve pueblo, la ciudad chica que se vuelve grande e interesante. Los minutos antes de la tormenta, el boli oxidado que después de dos letras vuelve a sacar tinta, el sudor, las manos que chocan. La vuelta, la despedida de lo que sabemos que volverá, el cigarrito en el portal. El limbo de los primeros de septiembre.

Santi Gigliotti

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