En defensa de nuestros chiquillos

Ya hay que estar muerto por dentro para poner en el disparadero a un niño, ya hay que ser un cobarde para hacer bullying desde un perfil en redes sociales en el que ni siquiera sale tu nombre o tu cara, ya hay que ser imbécil para mofarte de lo que ni siquiera entiendes, ya hay que ser idiota para seguirle la broma a un imbécil. Esta vez la morralla tuitera ha decidido apuntar a Manuel Monje, cantaor jerezano de 12 años, que ha cometido el pecado de interpretar una saeta esta Semana Santa. El vídeo del chaval ha corrido sin piedad por la red acompañado de todo tipo de insultos y comentarios que rezuman la empanada y la andaluzofobia que envuelve a una sociedad española cada vez más desquiciada, irrespetuosa y analfabeta. Desde insultos a su físico, pasando por su manera de vestir, hasta ridiculizar su forma de cantar y expresarse. Repito, a un chaval de 12 años. Así de enferma está la peña, así de nublado está el patio, para que personas que, probablemente la mayoría sean adultas y tengan hijos, no encuentren otra cosa mejor que hacer una tarde que dedicarse a despellejar y humillar a un menor que no se ha metido con nadie.

Pues yo me voy a cagar, y perdónenme, en toda vuestra estirpe. Banda de desalmados, enfermos de ego en busca de la fama efímera de un puñado de likes, de una racioncita de casito para almas negras y desgastadas. No hay mejor indicador de que hemos perdido el norte que el observar cómo tres pajilleros, que se pagan un verificado, tienen la capacidad de iniciar una campaña de acoso ruin y miserable contra alguien que no puede ni contestarles. Ah, y lo peores que mucha gente lo comparte y se revuelca con ellos en el charco de bilis clasista, con esa carcajada cateta que los define. Pero no, aquí habéis pinchado en hueso, porque ese niño no es solo un niño, es un chiquillo, que es la forma que tenemos en Andalucía de añadir ese componente de cariño y amor a los bambinos de nuestra bendita tierra. Por ahí no vamos a pasar, no vamos a dejar que uséis y expongáis a nuestros chiquillos para esa absurda e histórica campaña que tenéis contra lo andaluz. Porque eso es lo que trasluce en la mayoría de los comentarios, además de cero empatía y humanidad, un asco y unas ganas irrefrenables de burlarse de lo nuestro, de nuestras creencias, de nuestros valores. De ese pensamiento erróneo de que nos miran por encima de algún hombro que ya es hora de que disloquemos.

En estos tiempos en los que vivimos, nos toca afrontar la paradoja de que a muchos por la mañana se les llene la boca hablando sobre la importancia de la salud mental, de la necesidad de concienciar sobre el suicidio, y por la tarde despellejen a cualquiera que no les guste, que no entre en sus parámetros de modernidad o que no sea lo suficientemente progresista o chabacano. Porque se han reído de Manuel por vestir como un viejo, por cantarle a un cristo, por perpetuar sus raíces. Ese es uno de los problemas, el desarraigo, ese inexplicable afán de señalar a cualquiera que decida no renegar de lo antiguo, el verse en la necesidad de criticar y echar por tierra todo lo que no se comparte o comprende. Porque esa es otra de las bases de este penoso asunto, que se está atacando lo que no se chanela, no sé si por envidia o por mera incultura.

Entiendo que se rían de una saeta, porque allí de donde son ellos, han cedido y no han sido capaces de resistir, de cultivar la sensibilidad. Lo entiendo porque no saben apreciar la expresión del dolor saliendo de las cuerdas vocales, el ruego cantado, el rezo distinto. No saben, y este es otro de los temas fundamentales, callarse. No han vivido ese silencio sonoro cuando una calle oscura es iluminada por una voz que rebota por las paredes. No son capaces de llegar a comprender que el quejío es una fatiga quitada, que por la garganta de Manuel salía la fuerza de un pueblo entero. Ellos no tienen una forma genuina de arrancarse la pena y eso es lo que les jode. De ahí que lo único que hayan encontrado sea vomitar odio en internet. Y quieren, qué lache, que Madrid sea la capital del flamenco. Todos estos indigentes culturales, ratitas de teclado en el móvil, son los que luego acompañan sus fotos en Instagram con baladitas aflamencadas y vienen a la Feria «porque son muy fan de las rumbitas». Pues ya os lo adelanto: quedaos mejor en vuestra puta casa. Yo entiendo que tengáis el oído atrofiado con el reguetón, que no os dé el gusto, puedo llegar a entender incluso la hipocresía. Lo que no comprendo ni consiento son las faltas de respeto gratuitas. Porque yo no voy a meterme ni con los que hacen castillos humanos en el aire, ni con los que tiran petardos, ni con los que corren delante de toros. Tampoco con los ricos que son tan pobres que no tienen ni siquiera sentires populares que les definan. Eso sí, no voy a tragar con que escupáis sobre lo de aquí, y menos usando a nuestros niños.

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Se nos está yendo todo de las manos, mientras nuestros políticos siguen jugando a echar leña en la hoguera de la polarización, nosotros les alabamos el gusto y les copiamos. Quizás sea más importante que en vez de que nuestros representantes públicos se dedicasen a contabilizar cuántas veces les insultan a ellos, estuvieran en rebajar de verdad los decibelios, en tratar de apaciguar a una sociedad que está ahormándose al nivel de una caterva de irresponsables que viven de la trifulca. Pero no, parece que nos conformamos con que nos sermoneen con patrañas ideológicas, con las bondades de unos valores que no se aplican ni ellos. Mientras hablamos de concordia, de convivencia, de avances sociales y demás chatarra vacía, intangible e insustancial, se intenta humillara un chaval bajo el pretexto del humor. Mientras España entera vuelve a estar pendiente de los caprichos de la Cataluña mimada e insaciable, se vuelve a atacar a Andalucía y a su gente. De lo único que es culpable Manuel Monje es de tener un talento que no le cabe en el cuerpo, de representar a una Andalucía a la que siempre se ha querido acomplejar por miedo a que vuele libre. Él no es un niño repelente, es un chiquillo que repele la fealdad, el sinsentido y la mediocridad de una España que se siente orgullosa de su ignorancia. Por ahí no vamos a pasar, sacad vuestras sucias manos y vuestros celos envenenados de nuestros chaveas. Gloria a Manuel. Que se mueran los feos y los odiadores.

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