Las entrevistas que le faltaron a Quintero

Admiro la capacidad de quien es capaz de actuar de espaldas a la galería, es decir, de quien vive de cara a sí mismo. Algo especial tiene la espontaneidad de quien pasea su pasión sin correa, dejándola libre de convencionalismos y complejos estrechos. A menudo somos falsificaciones de nosotros mismos hechas por la sociedad, una suma de trazos comunes de los que hemos acordado no salirnos, porque funciona, porque es sumamente cómodo aferrarse al marco que nos han autoimpuesto. Están los que quieren llamar la atención a toda costa, influencers de pacotilla que copian a otros influencers de medio pelo, gente que se toma demasiado en serio a sí misma y que hace gala de una falsa modestia que les queda grande por todos lados. Y luego están quienes se hacen famosos sin quererlo, porque su singularidad nos resulta tan chocante que nos hace gracia, que nos sorprende, porque no vemos más filtro que la desmesura, porque no hay más guion ni pretensión que la que les nace. Somos Quijotes medicados, huyendo de los molinos de lo cierto, peleando con según qué vientos. 

En este mundo tan prendado de sí mismo, tan atado a estándares y a correcciones, tan propenso a teorizar sobre «lo que funciona», aún hay gente que se cuela por la rendija de lo puro y nos reconcilia con la verdad. Esta semana he visto buceando por las redes como se viralizaban tres chavales de Córdoba que, en el campo de futbito de su pueblo, con una cámara regulera, un balón y sus ganas de echar el rato, jugaban a darle al larguero y soltar «factous» (sentar cátedra sobre algo). «Equipos como er Chersi o el Manchester Sity no serían nadie en la historia der furbo si no hubiera sido por los dineros», decía Anto, mirando a los ojos del colega que grababa, como sintiéndose incómodo al hablarle al objetivo del móvil. Esa es una de las cosas que siempre me pregunto; en qué coño piensan esos creadores de contenido clásicos cuando hacen vídeos con sus churris dándose regalos o cogiéndose de la mano por la calle. Me refiero, en qué punto de la movida deciden secarse las lágrimas de emoción o desengancharse para ir a pausar la grabación. No sé, me parece algo similar a lo de celebrar un gol siete minutos después de que entrase por la portería porque lo estaba revisando el VAR. Ridículo, sin gracia. Por no pensar en que haya varias tomas. «Baby, repetimos, cuando tú me des el regalo y yo me ponga a gimotear de la ilusión, te tienes que poner de cuclillas y decirme: eh, eh, eh, cari, ¿te ha gustado?» Cosas así. 

Por eso nos reímos tanto cuando aparecen vídeos como el de Joaquinito «El Alegría» discutiendo con su entrenador y negándose a jugar de defensa porque él es delantero. Porque son destellos mundanos que están en especie de extinción, personajes tan a nuestra medida que nos resultan extravagantes y cómicos. Nos hemos partido con el «que yo soy delantero, carajo. Me voy a que me fiche el Cádiz», pero sin embargo nos hemos tomado muy a pecho que En-Nesyri hiciese lo mismo con Quique Sánchez Flores. La pasión, la rabia, el odio, el miedo, el amor. Todos estos sentimientos, cuando nos poseen, nos dejan desprovistos de las poses con las que nos protegemos. Por eso ahora que se intentan domar y administrar los ramalazos, en esta continua filmación de todo, flipamos en colores y nos volvemos adictos a ver a gente a la que graban sin saber que están siendo grabados, o que se graban sin pensar en términos de likes o impactos. 

Pasa lo mismo con Angelito «El Aguaó», flamante ícono del underground sevillano. Sus audios son pregones escritos a cada palabra, conceptos que une en cadena, juntando palabras que para él suenan a punto y aparte. La suya es la historia de una obsesión vitalicia, de vivir 365 días pensando en una semana. Angelito es esa metaSevilla que respira en el sueño eterno de la gloria, que hiberna en el recuerdo de una chicotá. No es casualidad que transmita ese fervor, él se ha entregado a lo que le revuelve, y eso es ya más valiente y honesto que lo que hace mucha gente seria, si es que eso es algo honroso. Angelito lleva toda la Cuaresma llevando huevos a las monjas para que no llueva, diciendo que hay que coger avionetas con yoduro de plata y descargarlo en las nubes. Algunos lo llamarán chaladuras, yo lo llamo creatividad. Me hace gracia ver a gente riéndose al escuchar a Angelito, soltando carcajadas con cierta displicencia, como haciendo gala de una superioridad moral o intelectual que no es tal. Todos esos piensan o han pensado cosas parecidas. Todos llevamos un Angelito dentro, pero muy pocos los sacamos. 

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Cuando veo a los chavales de Córdoba, a Joaquín «El Alegría» o a Angelito «El Aguaó» pienso en aquella lejana Colina desde la que se le hacía la autopsia a la sociedad, en la que se le daba voz a esa gente que vive en las praderas anexas a la realidad de cartón piedra que nos fabrican a los que vamos por ahí presumiendo de saber mucho. Pienso en ese micrófono dorado, en esos ratones coloraos que pintaban reflexiones tan simples y certeras que equivalen a más de un trillón de tuits. Jesús Quintero los hubiese llevado a ese lugar donde solo brilla lo auténtico, los habría citado en sus silencios y habría sacado del pozo la genialidad de cada uno. Me lo imagino dándole vueltas a los hielos, saboreando un pitillo humeante: «¿Angelito, tú por qué crees en Dios?». Se le quedaron incomprendidos a los que extirparles las claves del hoy, ahora manda el ruido y el grito, el llanto hueco y la carcajada que no sabe de lo que se ríe.

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