El invierno Falla

Invierno intermitente, de sol inesperado y lunas grandes. De tardes que son un susurro dicho al oído del tiempo. Invierno vestido de domingo, con noticias amargas, con informativos que se atragantan, con tuits de gente cabreada y gente alegre porque otra gente está cabreada. Invierno de muros imaginarios, de guerras reales, de cabrearse con el ojo, el estómago y la conciencia por acostumbrarse a digerir la barbarie y la miseria humana. Invierno oscuro y frío, como el futuro cuando se piensa sin imaginación, como el miedo del cobarde, como el orgullo del culpable. Invierno de terrorismo gourmet, de mentiras válidas, de oposición desnortada. Invierno de correr días, de acelerar calendarios, de espíritus hibernando.  

Pero también invierno de Carnaval, de Ovejas negras, de Colgaos, de Molina, de Jona. Ahí está el deshielo de la estación, cuando sube ese telón y suenan los compases eternos de la ciudad infinita. La del sagrado paganismo, la de la rebeldía en el ADN, la del talento irreverente. Y aparece la banda sonora del año entero. Ay, estos primeros días de repetir en bucle repertorios, de tararear melodías, de mascar letras, de bailar por el pasillo de casa. El ritual de gesticular frente al espejo, de silbar sin pito de caña, de meterte en el tipo. Esos despertares con el café calentando las manos y las actuaciones inaugurando el pensamiento, ese momento en el que entiendes y descifras el sentido de los versos o ese otro en el que te das cuenta de que estás en un vagón de metro diciéndole a la gente que te amamantaste con el calostro de la mar. 

Ya no sabría afrontar un invierno sin este regalo sonoro y espiritual, sin este oasis gamberro y valiente, sin este concurso encarándose con el mundo. Se me caería la salud si no me inyectase este veneno de libertad, que pinta las penas de colores, que afina el humor y la carcajada, que enmarca lo cotidiano. Es muy complicado encontrar algo que te haga pensar, cantar y disfrutar, que te remueva por dentro, que te ataque la conciencia y te acaricie el alma, que te acompañe. El Carnaval es un farol al final del túnel, la voz sin interferencias del que no se calla y busca la manera más hermosa de expresarse. La poesía sin pose, la intelectualidad sin esnobismo, la canción que además de sonar, dice. 

Son preciosos estos días de renovación de fetiches, de cagarme en los muertos de los anuncios de Youtube, de compartir y comentar coplas con mi padre y mis amigos. Me pasa que me dan ganas de andar sin rumbo, con los cascos a tope, que hasta el móvil me dice que me voy a reventar el tímpano, y perderme en popurrís y pasodobles. Quemarlos hasta que me den coraje para luego guardarlo en el frigorífico de la memoria hasta que llegue el momento vital en que los necesite. Sé que la mayoría de gente que escribe tiene como meta vital publicar un libro, yo sueño con ser capaz, al menos un año, de llevar algo que merezca la pena al Falla. Vamos a por los Cuartos de Final.

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