Tierra de castillos

Hoy viajamos al pasado. Señor de Almansa fue Juan Pacheco, aquel influyente cortesano que hizo lo posible para que su ubicuo hermano Pedro Girón, maestre de Calatrava y señor de Osuna entre otras muchas poblaciones, se desposara con la infanta Isabel, medio hermana del rey castellano Enrique IV. Aquella unión entre Pedro Girón —de cuarenta y tres años— e Isabel de Castilla —de quince— se frustró en el último momento por la inesperada muerte del Girón, según algunos envenenado, aunque este extremo, como tantos otros de relatos históricos de hechos tan lejanos, resulta inverificable; solo podemos avanzar en la narración dando credibilidad a las fuentes históricas. Tres años después, en 1469, Isabel casó con Fernando de Aragón, formando la pareja que acabó siendo conocida como «Reyes Católicos» tras la concesión a Isabel del título de Católica por el papa Alejandro VI, pontífice, por cierto, nacido en Játiva y antepasado de María Josefa Alonso-Pimentel, condesa duquesa de Benavente y duquesa de Osuna, madre del príncipe de Anglona y abuela de Mariano Téllez-Girón entre otros muchos interesantes personajes de la España decimonónica. La denominación «Reyes Católicos» tuvo un gran éxito en la historiografía tradicional y condicionó toda la historia posterior de nuestro país, donde hemos sido más católicos, apostólicos y romanos que los mismos italianos. Aquel Juan Pacheco del que venimos hablando, marqués de Villena, fue uno de los reformadores del castillo almanseño, el principal, pues le dio un aspecto muy parecido al que ahora tiene, con su esbelta torre del homenaje.

El castillo de Almansa se yergue altivo sobre un espolón de roca que parece brotado de la llanura por un cataclismo antediluviano. A sus pies, sobre todo por su cara oeste, se extiende la población, hoy cercana a los veinticinco mil habitantes, de calles y avenidas cuajadas de plátanos de paseo mandados sembrar por un munícipe sabio. Desde el punto de vista demográfico, la población ha experimentado un aumento sostenido desde los tres mil habitantes que poseía a comienzos del siglo XVIII. Fue entonces, el 25 de abril de 1707, cuando tuvo lugar en sus inmediaciones una de las batallas más decisivas de la historia de España. 

Aquella primavera un ejército formado por los defensores de los derechos al trono español del Archiduque Carlos se dirigía desde Alicante al encuentro de las tropas defensoras se los derechos de Felipe de Anjou. Ese primer ejército, en el que no había españoles, estaba formado por unos quince mil hombres, principalmente portugueses, británicos y holandeses, aunque también contaba con unidades de franceses hugonotes, y tenía de su parte a la mayoría de los habitantes de la antigua corona de Aragón. El otro ejército en liza, llamado de las Dos Coronas, recibía apoyo principalmente de las tierras castellanas. Estaba integrado por tropas españolas y francesas, aunque también contaba con unidades formadas por irlandeses católicos. Este segundo ejército sumaba veintiocho mil hombres. Su mando estaba encomendado a James Fitz-James Stuart, I duque de Berwick y I duque de Liria (1707) entre otros títulos, hijo ilegítimo de Jacobo II, último rey católico de Inglaterra. Berwick servía a Luis XIV, quien defendía los derechos al trono español de su nieto Felipe. 

En aquella guerra se enfrentaban dos formas de entender la política y la religión. La casa de Osuna formaba parte sin titubeos del bando borbónico por los importantes cargos palaciegos que los Téllez-Girón desempeñaban en la corte madrileña. Francisco de Paula Téllez-Girón y Benavides (1678-1716), VI duque de Osuna y titular de la casa en aquel momento, había sido gentilhombre de Cámara de Carlos II y estuvo desde el primer momento muy cerca del joven rey Borbón, antes incluso de que pasara la frontera entre los dos países para ocupar el trono español. 

Aquella primavera de 1707 los dos ejércitos se encontraron en Almansa y entablaron una batalla campal. La contienda fue ganada por el ejército de las Dos Coronas y parece que decidió el resultado de la guerra, hasta aquel momento inclinado a favor de los partidarios del Archiduque Carlos. Sus consecuencias inmediatas fueron locales y sanitarias: nadie se ocupó de sepultar los más cinco mil cadáveres que quedaron tirados alrededor de Almansa, y las aguas de arroyos y pozos resultaron envenenadas. Sus consecuencias remotas fueron, y son, políticas: aún alientan en ciertos partidos nacionalistas que condicionan la política española desde finales del siglo XIX.

Existe en la población albaceteña un museo de esta importante batalla. Al frente de él, y desde sus inicios, se encuentra Herminio Gómez Gascón, un señor muy ilustrado que hará las delicias del visitante. Allí, en Almansa, a los pies del castillo.

 

Fotografía de @mcurenna.

 

Víctor Espuny.

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