Elogio de las bibliotecas

Las hay pequeñas, de pueblo, donde al entrar le miran a uno buscando un reconocimiento que no llega. «Este hombre no es de aquí», piensan, y siguen con la lectura de su periódico, de sus apuntes, de su libro. Las hay grandes, de ciudad, donde el número de habitantes desborda las posibilidades de cuantificar, clasificar y ordenar de la más cotilla de las personas, donde nadie se extraña de tu presencia porque todo el mundo está en lo suyo. Las hay con poca luz natural, o luminosas hasta necesitar estores que impidan el paso de este sol del siglo XXI, que parece dispuesto a marcarnos la piel. Las hay llevadas por funcionarios —estatales, autonómicos, municipales— simpáticos, atentos, muy profesionales, conscientes de que las bibliotecas deben estar consagradas al dios del silencio y la concentración, personas que hablan bajo, que susurran por respeto hacia los lectores, pero también las hay llevadas por funcionarios que parecen haber olvidado la necesidad del silencio, si es que alguna vez la aprendieron, y hablan con el mismo tono de voz que si estuvieran en mitad de la calle, junto a un ruidoso cruce de avenidas, funcionarios que están en ese puesto como pudieran estar en cualquier otro, personas que nunca progresarán en su trabajo porque no les gusta y la concentración de los usuarios de la biblioteca les importa un pimiento. Los conozco, los he sufrido, y he tenido que comerme mis reclamaciones porque sabía que dependía de ellos para conseguir el libro o el periódico de la hemeroteca histórica que fuese, porque el que va allí está en sus manos, y el empleado de la biblioteca, señor de su universo, se sabe poderoso. Hay bibliotecas situadas en pequeños pueblos de la sierra, integradas en el mismo edificio del ayuntamiento, compartiendo instalaciones con la policía municipal, la casa de la cultura y la oficina de turismo, bibliotecas que solo abren los martes y los jueves de cinco a siete pero poseen un inesperado fondo de novela extranjera. Las hay situadas muy cerca de paseos marítimos, en primera línea de playa, en un solar defendido con honestidad de la especulación inmobiliaria, donde uno levanta la vista del libro y se llena el alma de la inmensidad del mar, donde llega el sonido de las olas y uno vuelve a leer poesía después de tantos años. Las hay históricas, artísticas —bibliotecas británicas, portuguesas, italianas—, donde uno necesita estar un rato mirando a su alrededor antes de empezar a leer porque cree hallarse en un museo de la palabra escrita, y quiere empaparse del alma de aquellos muebles y aquellos antiguos libros. Las hay situadas junto a parques o jardines, donde el canto del petirrojo te rescata de la lectura de un libro sobre el bombardeo de bibliotecas belgas y alemanas durante la Segunda Guerra Mundial para recordarte que la vida sigue a pesar de todo, y te baña el corazón de bondad y belleza. He aquí que entonces se materializa ante ti, en esa biblioteca cualquiera en la que puedes estar ahora, la persona de Romain Rolland, con sus cristalinos ojos azules, incapaces de ocultar nada, con su descuidado bigote, nacido para proteger su capacidad de verbalizar pensamientos, y comienza hablar de lo que une a dos bandos enfrentados, de la necesidad de ver a los demás en las guerras como hermanos, personas sufrientes, como tú, capaces, como individuos, de estar por encima de la guerra, más allá de la contienda, de buscar lo que nos une y olvidar resentimientos e historias antiguas, de evitar, sobre todo, la barbarie. Vengan bibliotecas y váyanse las guerras, guerras entre pueblos, entre países vecinos, donde mueren personas inocentes, engañadas, llevadas al matadero como carne de cañón, hombres y mujeres jóvenes, en la flor de la vida, que en su ingenuidad se dejan matar por defender los intereses materiales de personas desconocidas que se cuidan mucho de acercarse a un frente de guerra, los mismos que explotan la idea de la patria en beneficio propio; váyanse las guerras, donde los bombardeos no discriminan a nadie y mueren niños, esos seres puros, que tienen toda la fuerza del mundo en la mirada. Y vengan bibliotecas.

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