Identidades

Las ciudades son como los palimpsestos, aquellos manuscritos antiguos que se reutilizaban después de borrar el texto anterior, que nunca desaparecía por completo. Las sucesivas generaciones van demoliendo y edificando encima de lo derribado, a veces reaprovechando lo ya construido. Quedan huellas, a veces muy claras. Basta comparar dos panorámicas de Nueva York separadas por cien años para advertir los cambios ocurridos en muchos solares, de manera que hoy se mezclan edificios relativamente bajos, construidos a partir de la expansión del ascensor moderno, presentado públicamente en 1853, con otros muy modernos, de hierro y cristal, que se levantan en el sur de Manhattan, enhiestos y formidables en altura, como arrogantes desafíos a las leyes de la física. Si esto es visible en una ciudad como aquella, tan pobre en historia como para no haber cumplido aún los cuatrocientos años, imagínense qué pasará en las ciudades del sur de Europa, muchas de ellas milenarias. No tenemos que ir muy lejos. En la misma Sevilla puede uno callejear por el centro y encontrar de buenas a primeras, encajonados entre edificios modernos, los restos de un templo romano —en la calle Mármoles—, con varias de sus columnas aún en pie y dispuestas en su lugar original, como si todas las turbulencias históricas sufridas en los dos últimos milenios no hubieran bastado para abatirlas; no podemos decir lo mismo, por desgracia, de espacios como las plazas del Duque, la Magdalena o la Encarnación, donde en la segunda mitad del siglo XX y primeros años del siglo XXI se han levantado las construcciones más horrorosas que pueda imaginarse, a menudo para ocupar el lugar de antiguos y bellos edificios. Es posible admirar ciudades como Nîmes o Verona, donde aún se mantienen en pie, y en uso, grandiosos anfiteatros, puertas de murallas y templos romanos, algunos tan íntegros que parecen recién construidos. Podemos volver al sur, esta vez a la luminosa calle Alcazabilla de Málaga, y deleitar nuestro espíritu en la contemplación de un teatro romano arrebatado —ironías del destino— a una Casa de la Cultura hoy inexistente. O a Osuna, ese museo al aire libre admirado por viajeros de todo el mundo, donde entramos en la iglesia de Santo Domingo pisando las piedras que conformaban la antigua Fuente Nueva, algunas de ellas moldeadas por el constante paso del agua, haciendo de un material tan duro algo cálido, casi humano.  

Uno de los lugares emblemáticos de Roma es la piazza Navona. Puede que el lector se haya parado a pensar en ella, en la extensión que ocupa y en la forma de su planta, realmente singulares. Si lo ha hecho sabrá que posee esa configuración, tan peculiar, por ocupar el lugar donde se alzaba el Estadio de Domiciano, de planta muy parecida a la de un circo romano —un rectángulo con uno de sus lados cortos en forma curva—, pero sin la espina central ni los establos donde se alojaban los caballos y se guardaban los vehículos que participaban en las carreras. Tenía este estadio capacidad para 30.000 espectadores. Italia es un país hermano, al que siempre hemos reconocido como muy cercano, al que nos unen muchas tradiciones y con el que compartimos numerosos rasgos culturales. Existió una ciudad en la Hispania romana llamada Tarraco, hoy Tarragona. Si el viajero que la visita es de los que buscan hacerse selfies para compartirlos en las redes sociales, visitará la población, verá tres tiendas, se asomará al Balcón del Mediterráneo y poco más; se irá como vino. Pero si es de los curiosos, investigará. Y conocerá la plaza de la Fuente, la plaça de la Font, construida, como la piazza Navona, aprovechando el espacio generado por un gran edificio de uso lúdico edificado también en época de Domiciano, un circo con capacidad para 25.000 espectadores, milagrosamente conservado en los sótanos de la ciudad y en su trama urbana. Entonces sabrá de dónde viene y notará, emocionado, el hálito de la historia rozándole la piel. 

Somos latinos, enriquecidos por distintas culturas pero latinos, hijos del Mediterráneo, por donde navegaban las cóncavas naves homéricas. No soy partidario de rechazar lo anglosajón por sistema —nos dejaríamos llevar por un pernicioso nacionalismo cultural—, pero sí de ponerlo en su sitio y aclarar nuestros orígenes, dónde están nuestras raíces más profundas y vigorosas. Y no hay que ir muy lejos para encontrarlas.

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