Frances Haugen

En 1998, y como fin de la «guerra del tabaco», las principales empresas tabaqueras de los EEUU llegaron a un acuerdo para evitar acabar en los tribunales. Aquel convenio les supuso el pago de 206.000 millones de dólares, que ingresaron las administraciones de los diferentes estados para compensar los gastos ocasionados en el sistema sanitario por el consumo de tabaco. Era una cantidad enorme, superior a la del presupuesto nacional de la gran mayoría de los países. ¿Desaparecieron las tabaqueras? No, siguen existiendo y fomentando el tabaquismo pero, eso sí, aquel acuerdo supuso un antes y un después en los hábitos de consumo de los fumadores. Las cajetillas incorporaron advertencias sobre su carácter nocivo y muchas personas empezaron a plantearse seriamente dejar de fumar. Tanto hemos progresado que hoy nos parece mentira que se pudiera fumar en cualquier sitio.

La historia se repite. Ahora son las grandes tecnológicas las que experimentan un proceso parecido: en unos años parecerá mentira que se les permitiera colonizar nuestras vidas de la manera que lo han hecho. Se ha empezado por Meta, la dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp y otras aplicaciones menos conocidas. Meta ha sido demandada colectivamente por casi todos los estados del país y centenares de asociaciones y particulares. Las pruebas que aportan del daño que las redes sociales están haciendo a los menores son incontestables. Gracias a técnicas que parecen sacadas de centros de experimentación de época nazi, estas arrolladoras empresas han conseguido crear aplicaciones tan adictivas que los niños a los que se les han dado los teléfonos desde pequeños no parecen vivir para otra cosa que mirar la pantalla. No han tenido tiempo para crear criterios propios y detectar el engaño. Creen lo que ven. El daño que ocasionan esas pantallas en la mente de los pequeños es ya indiscutible. La autoestima de los ya adolescentes nunca ha sido tan baja. Los responsables de los centros de salud mental han constatado un fuerte aumento de los suicidios en edades tempranas. El niño enfrentado en soledad al cruel y monetizado mundo digital se siente menos que nada, incapaz de alcanzar los estándares que cree reales y obligatorios y contempla admirado en aplicaciones capaces de transformar de manera ficticia su inteligencia o su aspecto. Los resultados de los centros docentes completamente digitalizados son claramente peores de aquellos que siguieron usando los métodos tradicionales o han vuelto a ellos. En los colegios más avanzados se están suprimiendo los dispositivos electrónicos de las clases y los pupitres de los alumnos, sobre todo de estos últimos, pues los niños nunca han tenido más difícil estar centrados en aprender. Los adultos también estamos sufriendo los efectos de la digitalización en nuestras capacidades intelectuales, es cierto, pero en menor medida porque la revolución digital se produjo cuando nuestras mentes estaban ya formadas, al menos el área dedicada al control de la atención. Somos conscientes, hemos sido testigos, de lo que ha pasado, y es nuestra obligación moral intentar poner límites a esas poderosas empresas que vampirizan nuestra vida y, sobre todo, la de los niños. 

Y en esta lucha destaca como auténtica heroína Frances Haugen. El 5 de octubre de 2021, esta experta en ciencias de la computación, ingeniera electrónica y exempleada de Facebook, se enfrentó ella sola a una comisión del Senado de los Estados Unidos con la intención de denunciar no solo el daño que las redes sociales, sobre todo Instagram —la más basada en la imagen—, hace en las mentes de los más jóvenes, sino también el conocimiento de ese daño que la empresa, hoy llamada Meta, tiene. Para ello aportó documentos verídicos y concluyentes. Haugen había formado parte de un departamento de Facebook llamado de Integridad Cívica, encaminado a hacer de las redes sociales lugares seguros y limpios de falsedades. Parece que aquel departamento fue algo temporal, encaminado a lavar la imagen de la marca, pero sirvió para que Haugen conociera bien la empresa por dentro y diera el paso, magnífico, épico, dignificante de la condición humana, de prestar declaración en contra de la empresa por su falta de escrúpulos morales. Te pueden acusar de hacer daño, sí, pero mucho peor es que demuestren que sabes el daño que infringes y no haces nada para evitarlo. Y eso ha hecho Frances Haugen, nuestro David particular, enfrentado a un Goliat desmesurado y terrible. Esas grandes empresas tecnológicas deben pagar por el daño que están ocasionando, y van a hacerlo como colofón a esta «guerra de las pantallas».

La tecnología ha venido para quedarse, pero no a cualquier precio ni avasallando a las personas. Pobres niños, abducidos por los dispositivos móviles, y pobres de nosotros, que hemos dejado que eso pasara. Aún estamos a tiempo.

 

La imagen recoge un instante posterior a la comparecencia de Frances Haugen en octubre de 2021 ante el Senado de los Estados Unidos (Foto de Drew Angerer).

© 2023 COPYRIGHT EL PESPUNTE. ISSN: 2174-6931
El Pespunte Media S.L. - B56740004
Avda. de la Constitución, 15, 1ª planta, Of. 1
41640 Osuna (Sevilla)