Santos inocentes

Hace unos días, en una visita a la Catedral, reparé en una obra que no había visto antes o, al menos, no recordaba. Se trata del Altar del Nacimiento, de Luis de Vargas, situado en la pequeña capilla que se encuentra junto a la puerta de San Miguel.

Esa imagen, junto a la del Niño acostado delante del imponente altar mayor, me hizo pensar en la fiesta de los santos inocentes, aquella que de pequeño celebrábamos para gastar bromas a amigos y familiares y hoy nos hace reflexionar sobre el mayor fracaso de nuestra sociedad.

La matanza del cruel Herodes -sólo blanqueado por la emoción que nos imprime cada Domingo de Ramos-, permanece viva en esta tragedia que seguimos sufriendo y de la que nadie quiere hablar. Diariamente se sigue eliminando la vida humana ante el silencio de casi todos. 

En una cultura como la nuestra, donde sacamos derechos de debajo de las piedras, donde todos exigimos con contundencia, pero nadie se obliga con generosidad, resulta increíble el silencio cómplice ante el más importante de ellos. Sin el derecho a la vida decaen todos los demás, pierden su razón de ser. 

Llama poderosamente la atención que una sociedad cada vez más sensiblona, más sentimental, donde cualquier video o canción en redes parece despertar emociones, admita con tanta indiferencia el mayor ataque a la naturaleza humana. Pocas cosas hay más humanas que ver, a través de una pantalla, al niño que crece en el vientre de una madre. Quien ha escuchado nervioso el latido de su corazón o ha visto como esa criatura, de escasos centímetros, es una personita en el seno materno, no puede aceptar la barbarie que nuestras leyes permiten.

Los datos son escalofriantes, superiores incluso a los de la pandemia que hemos sufrido. En el año 2022, se produjeron en España 98.316 abortos y, de ellos, únicamente el 5,66% fue por razones de grave riesgo para la vida o salud de la madre y el 2,80% por riesgo de anomalías en el feto -no incompatibles con la vida-, pues estas fueron el 0,31%. Es decir, hubo casi 90.000 asesinatos sólo por la decisión de la madre -por supuesto el padre no tiene ni voz ni voto en este asunto- para, supuestamente, poner solución a un problema. La vida no es el problema, lo es la mentalidad utilitaria que nos hemos dado, donde la especie animal tiene más derechos que un niño y hasta donde existe el día mundial del aborto. Defender la vida hoy, en esos términos, supone exponerte a un linchamiento sociológico donde facha, radical, retrógrado o integrista es lo más suave que te pueden llamar. Esto no va de derecha o izquierda, de religión o ateísmo. Va de defender el pilar básico y esencial de cualquier sociedad. El primer derecho de un niño es dejarlo ser niño, dejarlo nacer.  

Hemos hecho del aborto un método anticonceptivo más. La responsabilidad individual ha desaparecido de nuestra guía. Pensamos que nada tiene consecuencias y que para todo hay una solución. La frivolidad está presente en muchas de nuestras actuaciones y no somos conscientes de la trascendencia de las cosas.

Alzo mi voz contra esta barbarie. Y lo hago por compromiso, responsabilidad y, por supuesto, agradecimiento por los tres hijos que la vida me ha dado. Y me acuerdo de esos santos inocentes a los que se ha arrebatado su derecho a nacer.

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