Ruleta rusa

A mí esta historia de los cuatro niños perdidos en la selva colombiana y encontrados con vida a los cuarenta días me tiene echado a pensar. Me recuerda al avión que se estrelló en Los Andes en 1972, con el equipo de rugby a bordo. Me recuerda también otras terribles historias de niños: Julen, de dos años, el que cayó a un pozo de ciento diez metros de profundidad en Málaga y no pudo ser rescatado con vida, Omaira –también colombiana-, muerta en Armero por la erupción del volcán Nevado del Ruiz, después de permanecer tres días atrapada entre el lodo y los restos de su propia casa, la niña del napalm, de nueve años, corriendo desnuda y quemada por aquella carretera de Vietnam rodeada de otros niños igualmente aterrorizados, Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años encontrado ahogado en una playa de Turquía en 2016,…

Ahora, esta tremenda historia de los cuatro niños colombianos vuelve a emocionarme, conmocionarme y echarme a pensar. Algunos hablan de “milagro”. ¿Milagro en el sentido religioso? ¿Milagro como forma de hablar? Para mí, ruleta rusa. En la avioneta que se estrelló iban tres adultos y cuatro niños. Los tres adultos murieron, los cuatro niños sobrevivieron. ¿Por qué? Ruleta rusa. Perdidos en la selva amazónica, la mayor con 13 años, el más pequeño con 1. ¿Cómo es posible que todos hayan sobrevivido y durante tanto tiempo? Ruleta rusa.

Estamos vivos, pero todos somos jugadores no voluntarios de este juego en cuyo tambor hay una bala que se llama muerte. Y el juego no para nunca, el tambor del revólver no deja de girar, siempre está funcionando. No sabemos lo que el gatillo nos tiene preparado al salir de casa o al entrar en ella, al volver la esquina, al cruzar una calle, al coger el coche, el tren, el avión, cuando hagamos una visita al médico, cuando a nuestra expareja se le crucen los cables,…

Es esto de que pierdes el equilibrio en una escalera y te matas, o te caes de un sexto piso y sobrevives. Esto de que te ahogas comiendo pipas o con una espina de pescado, o te presentas a un concurso de engullir huevos duros, salchichas gordas o hamburguesas y sobrevives –al ahogamiento, la indigestión, los triglicéridos y el colesterol-. Esto de que estás solo en la vida, con muchos años, comido de dolores y sin ilusión ninguna por seguir viviendo y duras más que un martillo enterrado en paja, o tienes una vida plena, tienes pareja, hijos, ganas de hacer cosas, y te mueres de forma fulminante. Esto de que conduces con prudencia, sin beber alcohol, respetando los límites de velocidad y todas las normas de circulación, pero un día un conductor borracho, drogado, sin carnet, sin seguro,… te lleva por delante. Es esto de que cientos de migrantes se lanzan constantemente al mar en busca de una vida mejor o, simplemente, de vida. Unos llegarán vivos a alguna costa, otros llegarán muertos, y otros no llegarán. ¿Quiénes sí? ¿Quiénes no? Unos serán avistados y recogidos, otros estarán a la deriva hasta morir. ¿Quiénes sí? ¿Quiénes no? ¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿El destino? No. Ruleta rusa. 

Es esto de que vas al Hospital a una Cita que tienes y, ya que estás allí, aprovechas para comprar un cuponcito en el quiosquillo. –Humor negro me parece.- Y, ya, puede que lleves la suerte de un cambio de vida gracias a los millones que te pueden tocar y también puede ser que lleves la no suerte de un diagnóstico de muerte. Porque la muerte es una lotería que se ríe desvergonzadamente de las otras loterías: décimos, cupones, quinielas, boletos,… Ella es la que verdaderamente reparte la desgracia y el sino.

Es esto de que, por ejemplo, vas al Hospital a tu Cita-Consulta a recoger los resultados de una analítica. En el vestíbulo, una máquina te da un código para que te atiendan según tu Cita: F6G8. Te recuerda al juego de los barquitos. F6G8: ¡Agua! Es decir, nada, todo está bien. F6G8: ¡Cáncer! Tocado. O hundido –ya veremos-.

La naturaleza humana es muy dura pero es, al mismo tiempo, muy frágil. Atiende, sí, al instinto de supervivencia, pero esa naturaleza es, en muchos casos, arbitraria, es decir, no se atiene a la fe, ni a la ciencia ni a regla ni razón alguna. Por eso, somos marionetas cuyos hilos están en manos de los dioses, somos juguetes en manos del destino, somos peones de ajedrez en manos de la vida y la muerte echando una partida, somos cabos de vela que la de la guadaña apagará cuando a ella le parezca, somos jugadores no voluntarios en esta ruleta rusa que es la vida.

 

Antonio G. Ojeda

Osuna, 19 de Junio-2023

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