¡Mama, cómprame unas botas!

No sé si todos los adultos hemos criticado alguna vez a los chavales por su inclinación a las marcas –¡unas Adidas!, ¡unas Puma!, ¡unas Reebok!,…- y, al mismo tiempo, hemos dicho eso de que “antes” no había tanta tontería, ni tanta marca, ni tanto poder adquisitivo para andarse con caprichos. 

Pero como en el zapatero de mi memoria guardo algunos ejemplos de haber querido en mi infancia y adolescencia-juventud un determinado tipo de calzado, me inclino a pensar que también “antes” había algo de esto. (“Antes” es un tiempo inconcreto que no se sabe muy bien dónde comienza ni hasta dónde llega ni cuántas generaciones abarca,… Es como cuando mi padre decía: “De toda la vida…”.)

Bueno, pues recuerdo que, estando todavía en el colegio, yo quería tener unas botas de futbolista, que tenían para mí –y supongo que para el resto de los niños- el mismo efecto hipnótico que las cebras, con esa alternancia de rayas blancas y negras en los laterales. Y supongo -nuevamente- que tanto le di la tabarra a mi madre y tanto le calenté la cabeza que me compró unas. No recuerdo dónde se compraron; puede ser que en la zapatería de los Soria, por la parte alta de la calle Navalagrulla, que es donde yo creo que se compraba todo el calzado de la familia; al menos mis botas de batalla diaria de “La cadena” –esas que tenían pelito y eran de color marrón oscuro- y mis zapatos “Gorila” –esos con los que te daban una pelota verde de goma del tamaño aproximado de las de tenis-, al menos estos, digo, se compraban allí. Lo que sí sé con toda seguridad es que, como la economía familiar no estaba para dispendios, no eran botas de fútbol originales, auténticas. Serían de plástico en vez de cuero o materiales más nobles, pues al poco de usarlas tenía los pies “picados”, que no sé si este término viene en el diccionario, pero que era como si los pies se hubiesen muerto y se estuviesen descomponiendo, de forma que tanto los pies como las botas apestaban de forma insufrible, tanto que los polvitos Peusek apenas podían arreglar el problema.

Yo quería ir al colegio con mis botas de futbolista. Pero lo curioso era que a mí, los compañeros que confeccionaban el equipo que iba a jugar en el recreo, no me ponían nunca. En la clase éramos unos cuarenta. Y para que yo jugase tenía que enfermar el equipo titular y parte del equipo suplente. A lo mejor por eso quería yo ir al colegio con mis botas de futbolista, para que los que elegían los equipos con aquello de “Echo la burra en el barbecho / La eché pero no la encontré” -¡extraña retahila, vive Dios, para elegir!-, deslumbrados por mis botas de rayas blancas y negras, me eligiesen.

Después, siendo un muchacho, conseguí que me comprasen unas botas de montar. Terminadas en punta, me llegaban casi hasta las rodillas, eran marrones y había que darles grasa de caballo. Me las podía poner, pero no me las podía quitar. Así que, cuando salía por las noches de bureo o de fiesta, dormía como mueren los valientes: con las botas puestas. La cabeza en la almohada y los pies con las botas fuera de la cama, para no ensuciar la tapadera. -Muy considerado, ciertamente, pero muy incómodo.- Hasta que alguien no se levantaba por la mañana y me ayudaba, no me quitaba las botas.

Estarían de moda las botas de montar, o harían elegante, o lo harían a uno más “flamenquete”. Porque el caso era que yo no tenía caballo, ni yo montaba, ni ná de ná.

Lee también

Después, ya de joven, tuve unos zapatos negros con cordones que eran muy blanditos y cómodos, planos, una cosa intermedia entre calzado de vestir y zapatillas de deporte. Pero una novia que tuve me dijo que eran “zapatos de muerto”. Y ya les cogí aprensión, porque no había vez que me los pusiera o me los quitara o los viera que no me dijese a mí mismo: “Son zapatos de muerto y a ella no le gustan.” Y los tuve que tirar.

Total, que en todas las épocas cuecen habas.

© 2023 COPYRIGHT EL PESPUNTE. ISSN: 2174-6931
El Pespunte Media S.L. - B56740004
Avda. de la Constitución, 15, 1ª planta, Of. 1
41640 Osuna (Sevilla)