Mikunda

 

Tengo que confesarles que mi experiencia en la universidad fue decepcionante, no hacía más que memorizar sin ton ni son; aquello bajo mi punto de vista era un criadero de parados; mas tuve la fortuna de toparme en el último año de carrera, con un profesor que se llamaba Mikunda, era hijo de un exiliado político Checoslovaco que se había casado con una madrileña; dejó el seminario para contraer matrimonio con una musulmana, y ante tanta mezcolanza, su capacidad para transmitir conocimiento era inagotable. No había dogma que no aniquilara en cuestión de minutos, su sentido crítico era devastador; siempre nos invitaba a cuestionar lo establecido, a pensar por nuestras neuronas, a tener sentido crítico con lo que nos rodea; muchos estudiantes decían de él que estaba loco, pero a mí siempre me pareció que aquel loco, estaba muy cuerdo.

Recuerdo que casi a final de curso, Mikunda nos dijo, -¿Sabéis lo peor de todo?, lo peor de todo, es que ninguna filosofía ha sabido dar respuesta al sentido de la vida, ¿por qué estamos aquí?, ¿qué sentido tiene todo esto?-. El dichoso problema existencial que hacía que Unamuno en sus visitas al claustro de San Esteban, el famoso convento de los Dominicos de Salamanca, se asomara al brocal del pozo y gritase desesperado “¡Dios, Dios, Dios!”.

Y arrastrando dicha ardua reflexión, cual cadena de condenado; aún me mantengo en contenciosa lid conmigo mismo, tratando dar respuesta a la gran incógnita que atenaza al hombre; pero tuve la fortuna (¿azarosa? no sé) de participar como oyente en una conferencia organizada por el Colegio de Abogados de Sevilla, sobre protección de menores, y escuchar la magistral ponencia de un prestigioso psiquiatra sevillano, sobre el mal del mundo, el cual nos dijo: «el hombre es un ser gremial, necesita de los demás y vivir en sociedad, por eso se ducha y se perfuma todos los días para agradar a sus semejantes; mas cuando el hombre se abre a los demás, por una cuestión de necesidad vital, y alguien le traiciona, dígase por poner un ejemplo, desvelando un secreto previamente confesado, el individuo se cierra en sí mismo y se convierte en un amargado, que para no recibir más golpes, se coloca inmediatamente una coraza para protegerse; y esa coraza sirve y evita golpes, pero también evita abrazos y recibir afectos, por lo que el amargamiento no sólo perdura, sino que se recrudece; así pues, pretendiendo el amargado que su hijo no se convierta en lo mismo, le niega la enorme acción educadora de la disciplina, el sacrifico, el mérito, etc. colmándolo de caprichos improductivos conseguidos todos ellos sin esfuerzo alguno, lo que motiva que el niño a la larga no busque la sonrisa, si no la carcajada, cultive todo lo fácil, no afronte correctamente los reveses de la existencia y su vida sea una auténtica búsqueda del exceso sin saber afrontar con entereza e inteligencia situaciones de escasez que en la vida, vienen por sí solas. Por lo que el problema expuesto es un círculo vicioso de difícil solución».

Quizás todo sea más sencillo, es decir, que el sentido de la vida sea sólo el hecho de vivirla, sin más, pues nadie conoce el amor, si antes no experimentó el desamor, y nadie conoce la sensación del calor si antes no tuvo frío, al fin y al cabo el conocimiento siempre es empírico; todo es llenar las alforjas del alma con vivencias cuyo sentido en este momento se me escapa a mi limitadas entendederas, pero mi fe, y también mi intuición, me dicen que todo tiene un sentido, un magistral sentido que me es vedado a estas alturas del camino. Por ahora sólo se trata de experimentar, pues, ¿no es acaso un apasionante experimento vivir la vida?; en cuanto al problema de nuestra sociedad, la solución es simple, pero a la vez difícil, ama al prójimo como a ti mismo, trátalo siempre con respeto y educación, aunque sólo sea por egoísmo y por garantizar el bienestar de tus descendientes, pues seguir el lema de sálvese quien pueda y el todo vale, creo que no es la solución y mucho menos, el camino. 

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