Sobre ‘descubriciones’

La Casona de Calderón

Esta semana ha salido a la luz una de esas joyas que merodean por el divertido territorio tiktokero. En el vídeo aparecen Judith y Javi, una pareja de hermanos, amigos o novios de los que acostumbran a pulular por estos lares; caras de plástico, sonrisas del chino y filtros bronceadores. Judith, que es la que hace las veces de portavoz y lleva la voz cantante, explica aparentemente ilusionada la “descubrición” del joven Javi, que se limita a sonreír orgulloso mientras mueve su tupé. Sí, no se inquiete, “descubrición”, no descubrimiento. Tamaña invención merecía un nuevo término que estuviese a la altura de las circunstancias. Antes de revelarnos el flamante hallazgo, para mayor tranquilidad del espectador, se apresuran a dejar claro que la “descubrición” está al alcance de cualquiera, el único requisito es poder desembolsar un euro. Después de toda esta pompa y ceremonia, se disponen a revelar el codiciado misterio.

El caso es que Javi, nuestro imberbe Da Vinci, en una jornada de investigación por los pasillos del Mercadona descubrió en la sección de panadería un pack de diez panecillos ¡a un euro! ¡un leuro! Por supuesto, ante semejante ganga, no dudó en llevárselos. Pero esperen, que la cosa no acaba aquí, al llegar a casa, el chaval tomó asiento cuál meme de Bernie Sanders y estuvo largo rato estrujándose las neuronas. De repente, se levantó y fue a la cocina como una exhalación. Abrió sus pepitas de oro de levadura y, ni corto ni perezoso, las metió en la sandwichera. Sinceramente, no llego a entender como un tío tan joven es capaz de hilar tan fino, no me quiero imaginar la complejidad de un proceso creativo como éste. Al cabo de dos minutos a nuestro amigo le dio por sacar el pan. Et voilà, no se lo podía creer. Por eso, llamó corriendo a Judith, que al verlo se llevó las manos a la cabeza ante la genialidad de su amigo. Sin embargo, ella también quería ser participe de este proyecto y se propuso rizar el rizo: ¿por qué no le echas un poco de aceite por encima? Innovar, a veces, es una tarea complicada, pero hay momentos en los que uno tiene que tirarse a la piscina. Tras el jolgorio inicial, nuestros dos protagonistas, en un arrebato de solidaridad decidieron compartirlo en Tik Tok. Todo el mundo tenía derecho a saber que habían descubierto el pan tostado.

No me quiero imaginar el cortocircuito que les podría producir a estos dos si un día en su acelerada carrera como inventores, conocieran el bollo, el pan de hogaza, el mollete de Antequera con aceite y bien arropadito de jamón o la viena andaluza, que como le leí a @Lobo41015, uno de los mejores tuiteros de Sevilla, Malacara mediante, es la piedra angular de la alimentación barriera. Nos reímos mucho de este vídeo, pero, sin embargo, creo que lleva un mensaje subliminal que nadie ha sido capaz de captar. Me parece que estos dos genios, lo único que hacían era plantear a través de una irónica metáfora una tesis cuasi filosófica, que nos hiciera reflexionar acerca del desgaste que sufren nuestros hallazgos, sobre la necesidad de redescubrir las cosas que nos marcaron, sobre el desprestigio al que sometemos a todo lo que damos por hecho, a lo que un día fue una revelación y ahora se instala en lo mundano.

Cuántas veces han fantaseado con la posibilidad de olvidar aposta, de sacar de sopetón el USB de la memoria, de aliviar la carga informativa de las buenas vivencias, de mandar a la papelera de los recuerdos los momentos felices para poder vivirlos otra vez, sin esperárnoslo. Quién no ha imaginado poder borrar de su cabeza aquella canción que quemó para volverla a escucharla por primera vez y volver a poder reproducirla hasta que le vuelva a dar asco, quién no intentaría reiniciar su cabeza y volver a disfrutar del encontronazo con las personas que le marcaron. Lo malo es que todo esto lo haríamos a ciegas y correríamos el riesgo de alterar el destino. Las primeras veces, son primeras por que son únicas.

Pese a ello, me encantaría volver a estrenar en mi cabeza Spirit, Gladiator, El patriota o En el nombre del padre. Volver a conocer a Daniel Sempere, a Julian Carax o a Fermín Romero de Torres. Observar el estadio del Betis con los ojos del desconocimiento, volver a revolcarme en los campos de albero con mis dos pies izquierdos. Ponerme unos clavos y andar como un pingüino, hacer nervios en una cámara de llamadas, salir tirando en los 3000 metros para llegar al 800 con la lengua fuera. Tomarnos entre diez una botella de Negrita, estar orgulloso de una rebeldía ridícula, pintar nuestros nombres en las paredes y salir corriendo, para luego reparar de que eres tan tonto que has dejado tus datos en la escena del delito. Inaugurar otra vez enamoramientos que se pasaron, aspirar el olor sintético del tartán, darle un mordisco a un bocadillo de chocolate.

Nos encantaría volver a pisar donde ya hemos pisado, pero tenemos el inconveniente de que las pisadas dejan huellas y de que las huellas difícilmente se borran. Afortunadamente siempre podemos recurrir al disco duro de la cabeza y revivir nuestras vivencias, e incluso jugar a piratearlo, cambiar las escenas, elucubrar qué hubiera pasado si hubiéramos actuado diferente, ahondar en unos designios que por mucho que queramos ya sucedieron y que son los que nos han cincelado hasta el día de hoy. No podemos vivir el pasado, pero tampoco predecir el futuro, y eso es lo bonito y lo feo, lo bueno y la malo, lo que nos hace ingenuos e inconformistas. La vida es una viena andaluza que rellenas de lo que quieras, los recuerdos son las migas y tu eres el que da bocados. Vamos, más o menos creo que es a lo que se refieren Judith y Javi, ¿no?

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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