Mejoras pendientes

El visitante se encuentra en Gandía y muy cerca del palacio ducal, monumento asociado en su imaginación a María Josefa Alonso-Pimentel (1750-1834), IXª duquesa de Osuna, XIVª duquesa de Gandía, etc. El palacio se llama ahora oficialmente Palacio Ducal de los Borja. 

La visita está a punto de comenzar. La guía tiene unos treinta años y viste de manera informal. Parece una persona amable. Nos convoca en el patio, ese elemento tan propio de las residencias levantinas de familias acomodadas, un espacio donde los carruajes se detenían y del que partía una escalera cubierta que daba acceso al piso noble. La guía nos da allí una charla sobre generalidades relativas a la visita, qué podemos hacer y qué no, dónde está el ascensor y dónde las escaleras practicables, cosas así. Luego nos pide que la sigamos y nos introduce en el edificio por una puerta esquinera. Subimos dos pisos y entramos en una gran sala rectangular. Esta tiene los muros cubiertos por paramentos textiles y el techo cruzado por vigas cuyo grosor descomunal hace suponer la tala de árboles más que centenarios. Un zócalo de antiguos azulejos, algunos sevillanos, recorre los muros a una altura considerable. Entre los paramentos se abren ventanas por las que entra abundante luz natural que ilumina unos postigos bellamente labrados. En uno de los testeros de la sala hay un estrado con varios asientos, el central como de más importancia: estamos en la sala de audiencias, llamada hoy Salón de Coronas. A ella se accedía subiendo la escalera que arranca desde el patio y hoy día no se usa para preservar los azulejos centenarios que adornan las caras verticales de sus peldaños. La guía se coloca de espaldas al estrado y comienza a hablar. Hace historia del palacio y de la familia Borja, que dio a la Iglesia dos papas y un santo, san Francisco. El palacio pertenece desde finales del siglo XIX, desde la debacle patrimonial de los Téllez-Girón, a la Compañía de Jesús. Acabado el discurso, la guía nos invita a pasar a la sala siguiente, antiguo dormitorio de san Francisco convertido por los jesuitas en una capilla de estilo neogótico y bóvedas pintadas con estrellas doradas sobre fondo azul. La visita continúa por otras salas de gran interés para el historiador y el amante del arte —como la versallesca Galería Dorada—, pero el viajero ya no puede concentrarse en las explicaciones. En su mente ha quedado flotando el discurso escuchado en el Salón de Coronas, difícil de comprender si no es ocupando el lugar del otro, de los otros. Y no le llama tanto la atención lo que ha escuchado —la guía ha supuesto que el apellido de los Téllez-Girón era Osuna y los ha tachado de viciosos y despilfarradores— como lo que no ha escuchado. Al llegar al XI duque de Gandía, fallecido sin descendencia, ha comentado que el título comienza a transmitirse por línea femenina y de ahí ha pasado a hablar de «los Osuna». Ni una palabra para María Josefa Alonso-Pimentel, la duquesa de Osuna que era duquesa de Gandía y tenía tanto aprecio a sus raíces gandienses que puso Francisco de Borja a su primogénito; la misma señora que hizo lo posible por apoyar a Goya, a Boccherini, a Haydn y a muchos otros artistas fundamentales para la cultura europea; la misma que sobrevivió a su marido casi treinta años y supo tanto gestionar un patrimonio inmenso como crear una familia cuyos miembros destacan en la historia de España (el príncipe de Anglona, la marquesa de Santa Cruz, el duque de Sesto y un largo etcétera). Esa señora que dio a Madrid la Alameda de Osuna y es alabada por munícipes matritenses de todos los signos políticos, la misma cuya biografía ha sido objeto ya de varios libros, esa señora, tan influyente entonces y ahora, no existe en el Palacio Ducal de los Borja, ni para los visitantes, ni para los guías. Cuesta entender esta omisión si no es producto de una orden llegada desde arriba, desde la Compañía, que aconseja a los guías centrar las explicaciones en la figura de San Francisco de Borja. Pero todo reduccionismo empobrece: los responsables deben reconocer que la figura de María Josefa añadiría interés a la visita. Su mención, sin duda, es necesaria también allí, en tierras valencianas.

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