Aquel barrio

Durante décadas hubo una zapatería en una esquina del barrio. Era un negocio familiar. Tenía un escaparate maravilloso, abierto a dos calles, lo que supone una visibilidad mayor. Los dependientes, personas de edad, no poseían conocimientos de mercadotecnia ni de escaparatismo, solo pensaban en mostrar lo que había en su comercio para que la gente entrara a comprarlo. El escaparate, por consiguiente, estaba atiborrado de babuchas, chancletas, bailarinas, náuticos, merceditas, sandalias, manoletinas, zapatos de tacón, botas de mujer, mocasines, espardeñas, deportivas, escarpines, botas de montaña, botos de campo…, todo junto, sin dejar apenas espacio entre un artículo y otro. El barrio era por entonces una comunidad de personas de un nivel adquisitivo bajo —nivel adquisitivo, qué manera de clasificar a las personas—, gente sencilla, generosa, con espíritu de comunidad, que hacía piña cuando sentía que los poderosos abusaban demasiado. Los precios de las viviendas eran bajos, ninguna persona adinerada se quería ir a vivir allí. Pero un día unos grandes almacenes consiguieron la recalificación de unos terrenos del barrio que iban para parque y construyeron un edificio enorme y sin ventanas, uno de esos llenos de escaleras mecánicas y maniquíes donde siempre parece ser de noche. En vez de árboles y bancos donde sentarse al sol se levantó un mamotreto de acero y hormigón con unos letreros triangulares y verdes. Inmediatamente, los alquileres de los locales comerciales y las viviendas de la zona comenzaron a subir. Los vecinos de siempre empezaron a irse, no podían permitirse vivir allí. Los negocios antiguos, con carácter propio, únicos, comenzaron a desaparecer por las mismas razones: sus dueños no podían pagar los alquileres. Los más testarudos, o con caseros menos avariciosos, aguantaron, pero finalmente todos acabaron cerrando y siendo suplantados por franquicias de marcas comerciales. La zapatería resistió, ha resistido hasta hace apenas un mes. Después de una temporada de «Liquidación por cierre», en la que aquel maravilloso escaparate fue quedándose vacío, hace cuatro semanas los dueños dijeron basta. Habían sido muchos años pagadores de un alquiler y autónomos, esos héroes españoles. En cuestión de horas el local pasó a manos de una franquicia. Luego, y durante una semana, varias cuadrillas de trabajadores ataviados de ropa con el logo de la marca han estado trabajando en el local y lo han transformado por completo. El antiguo mostrador, de madera gastada, ha sido sustituido por uno mucho más corto y confeccionado con planchas de brillante melamina. El techo, reconstruido entero, se ha sembrado de foquitos orientables. Tras el mostrador se ha montado una pantalla de vídeo de dos metros por cuatro en el que aparece en bucle un anuncio de varios minutos. Es mudo. En él se visualiza un escenario monocromático donde jóvenes ataviadas con vestidos que resaltan sus cuervas y con expresión de suficiencia en la cara muestran los zapatos de la marca, los llevan, los señalan, indicando con sus actitudes que solo en esa tienda la fémina que quiera sobresalir debe comprar sus zapatos. Son mujeres con los labios inyectados, la nariz y los pechos operados, la dentadura «perfecta» después de no sé cuántos tratamientos de ortodoncia y blanqueamiento: la esclavitud impuesta por la imagen no para de crear falsas necesidades e intentar borrar la contemplación de la madurez y, por supuesto, la ancianidad. Desde la acera, aquellos antiguos escaparates atiborrados de artículos se ven ahora ocupados por un par de decenas de zapatos dispuestos de forma muy estudiada, en distintos niveles, espaciada, de manera que solo por mirar el escaparate uno se siente bien, en un mundo feliz. Son zapatos coloridos y fabricados para durar unos meses (hasta la siguiente temporada). Tras el mostrador hay una chica que no es del barrio ni conoce a nadie de los que entra en la tienda, pero eso a estas alturas a todos nos resulta indiferente porque tampoco conocemos a nadie de los que vemos por la calle, porque el barrio ya no es el barrio. Nada es lo que era. Hoy todos los vecinos de los ahora relucientes edificios van muy bien vestidos y llevan bolsos o cazadoras ostentosos, pero nadie da los buenos días. El dinero ha venido a transformar todo de tal manera que la convivencia ha empeorado, ya es inexistente. Antes la riqueza solía ir acompañado de la educación, las personas de las clases privilegiadas solían ser corteses, amables en el trato. Hoy no. Aquellos vecinos del barrio que llevaban los niños con churretes y daban voces por cualquier cosa, en el fondo eran personas honradas y de buen corazón, te hablaban mirando a los ojos, con nobleza, y eran capaces de pasar frío para que tú estuvieras caliente. Eran pobres, sí, pero valían más.

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