La fuente seca (Anotaciones de un pasado algo extraviado)

Nubes gris plomizo se ciernen sobre las montañas dejando caer una lluvia espesa y constante que cala y empapa la tierra, introduciéndose en sus entrañas y rellenando profundas oquedades, galerías y grietas formando grandes depósitos de agua. Más abajo, por la ladera, manan las aguas limpias y cristalinas y discurren por cauces que forman ellas mismas recorriendo valles estrechos o amplios y, en su transcurrir, van dando vida a rica y colorida flora herbácea y arbórea, así como a una variada fauna, silenciosa vida terrestre, aérea y acuática, unas veces, y sonoro croar de batracios y gorjeo de volatería, otras.

Las personas y sus animales domésticos, como cualquier forma de vida, necesitan del líquido elemento para su subsistencia. Con el punto puesto en la vivificadora agua bajan al arroyo de manera recurrente a beber, a sorber aquel elemento que calmará su sed, poniéndolos en el camino de la vida.

El ser humano, como especie dotada de la facultad de pensar y discurrir, siguiendo el curso de la historia se aleja de la primitiva edad y se organiza en sociedades formando núcleos poblacionales. Para tener a mano el tan preciado elemento, utilizó sus armas inteligentes y agudizó su ingenio para construir acueductos que lo conducían y acercaban a su hábitat.

Llegada a la población, el agua era alojada en aljibes o depósitos y puesta a disposición de la vecindad, a la que se la hacía llegar a través de conducciones con terminal en alguna plaza pública. Allí se erigía la fuente, un artificio con agua chorreante que ha dado servicio a la humanidad durante más de un milenio hasta bien entrado el siglo veinte.

Fueron las mujeres quienes asumieron la tarea de acarrear el agua a los hogares. Subían los cántaros a sus cuadriles y se encaminaban a la fuente, donde la espera formando cola era amenizada con animados parloteos. Una a una iban colocando las bocas de los cántaros bajo el alegre y cantarín chorro y, una vez rellenos y rebosantes sus panzudos vientres se les colocaba las corchas y vueltos a cargar en el cuadril para desandar el camino de regreso a casa, en cuya cocina eran colocados en cantareras o, su contenido, vertido en tinajas, de las que se sacaba con un jarrillo de lata.

Además de para el consumo humano, el agua era utilizada para el aseo personal. Éste no figuraba entre las prioridades de las personas, pero figuraba, aunque, frecuentemente, con una dispensada moratoria. Para el lavatorio de cara y manos se disponía del lavabo, un artilugio dotado de jarro para el contenido del agua, palangana, y cubo para el desagüe. Para el baño era necesario un barreño de cinc en el que se sumergía el cuerpo hasta donde cabía y, donde no, se rociaba con un jarro. Toda esta agua resultante, junto con la del fregado, lavado de ropa y suelo, era desparramada en un estercolero o vertida en un sumidero y, en ocasiones, en el escusao, un ingenio imprescindible en los hogares al que se entraba despacio y del que se salía corriendo. El producto de su servicio diario se iba acumulando año tras año en el foso y, cumplimentado el llenado final, era extraído por poceros. Se le unía el estiércol y, ambos, eran transportados y esparcidos en el campo, donde la tierra cumplía la tarea de convertirlos en fertilizante. Todo un proceso natural y ecológico.

Las ciencias avanzan que es una barbaridad y el progreso va sin freno ni tregua a una nueva etapa que supera un período en el que la fuente fue necesidad preeminente y que ya queda obsoleta, pues es sustituidas por tuberías que transportan el agua a los hogares, en los que se construyen modernos, limpios, higiénicos e inodoros cuartos de baño con bañera o ducha que acogen el cuerpo por completo: lavabo, bidé e inodoro, todos con sus grifos y desagües. A éstos, en la cocina, se les une el lavavajillas, la lavadora y el fregadero, que, conjuntamente y a través de modernas conducciones, vierten sus emponzoñadas aguas al arroyo, río o mar.

Por su parte, con la modernidad, la fuente cumplió su misión de dar de beber al sediento, quedando como objeto ornamental en la plaza. Sus aguas, ahora cautivas en un cubículo, saltan con fuerza en chorros hacia el cielo, como buscando escapar, pero, vencidas por su propia pesantez, se desploman y vuelven a su prisión.

La fuente, aquella por la que discurría el agua en libertad, la que llenaba los cántaros, la que mojaba los labios sedientos, la que refrescaba el rostro sudoroso, cayó en desuso. La fuente ya no es necesaria. Y el cántaro, la cantarera, la tinaja, el lavabo y el barreño, ¿para qué? Perdida su primitiva función, el barro es reducido a cascajos con destino al estercolero; la madera alimenta el fuego de la chimenea, y el zinc del barreño… ¡qué se yo! El lavadero y el fregadero a mano son sustituidos por flamantes y formidables máquinas. La fuente no es ya necesaria. Nadie bebe sus aguas. Abandonada, de su caño agotado y agonizante, sólo se desprenden ya gotas lánguidas y melancólicas como lágrimas de duelo, presagio del inminente final de su existencia. Su pervivencia será sólo una ilusión sin esperanza. El ir y venir de las mozas con sus cántaros en los cuadriles y sus vivarachos parloteos en la cola, nunca volverá.

La fuente se ha secao.

Antonio Palop Serrano

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