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¿Saben cuándo te sientes más andaluz/a?

¿Saben cuándo te sientes más andaluz/a?

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Cuando vives en otra tierra que no es la tuya. Es verdad que la nostalgia (morriña dirían los gallegos) hace que veas todo más entrañable y bonito, diferente a cuando vives aquí. El sentimiento de apego a esta tierra de los andaluces no nos aísla del mundo, al contrario, nos abre para acoger a quienes quieran venir y trabajar por esta tierra o nos lleva por esos mundos de Dios con la única intención de mezclarnos, asimilar otras culturas, hacerlas nuestras siempre a nuestra manera.

El patriotismo para la gente del sur es amar la tierra tal como es, adaptarnos a sus penurias y circunstancias, y aferrarnos a sus bondades. También pecamos en más de una ocasión de inmovilistas. Y es que la felicidad a veces está en valorar los pequeños detalles: una cerveza con un/a amigo/a, un rato de charla al sol, un paseo por caminos donde la naturaleza se muestra tal como es, una silla en la puerta a horas vespertinas; sentir los rayos de sol escuchando las olas en pleno invierno. Total, para echar el día atrás, no hace falta tanto. La ambición tiene poca cabida en esta forma de ver el mundo. Considerarlo un valor o no ya es otra cosa.

Sí, nos vanagloriamos para defender lo que consideramos nuestro, pero apenas el tiempo suficiente para no albergar odio innecesario. La envidia ya es otra cosa, a veces por este sentimiento, hablamos más sobre suposiciones que certezas. Y no llegamos a ser conscientes de que toda opinión está cargada de historia personal por lo que todo juicio acaba siendo una confesión.

Por eso, hoy Día de Andalucía, desde mi tierra, que añoré en tiempos de juventud en los que estuve lejos, prefiero pensar y sentirme orgullosa de aquellas personas que se dejaron la vida andando por terruños, que tuvieron pocas opciones de elegir y, aun así, acariciaban los olivos para sacar lo mejor de su fruto. Quiero creer en las mujeres que pelearon hasta el último día de su memoria para llegar a final de mes sin que faltara un plato de comida en la mesa y, cuando cobraban la paga doble, sus prioridades eran comprar garbanzos y aceite para todo el año; también quiero creer en esas otras a las que les tocó ser hermanas y madres a la vez sin una sola queja y siguen dándole gracias a Dios por tener el mejor compañero de vida.

Mi tierra son todas las historias de las que soy testigo día a día, la mayoría difíciles de publicar. Historias de familias que aceptaron la peor de las batallas para convertirlas en lo mejor de su vida; madres y padres coraje que no han dejado de luchar porque, en Andalucía, sus hijos/as disfruten de todos los derechos que les corresponden como seres humanos cuyo valor debe ser inapreciable, no sólo para ellos, sino para la sociedad entera. Familias que pasaron por la peor de las tragedias y el hecho de vivir se ha convertido en una larga batalla cada minuto del día, son aquellas que ya no buscan comprensión y siguen, año tras año, despidiéndose y besando el último rastro de la persona que los abandonó demasiado pronto, siendo fieles a su cita; o las que se sienten en paz por haber hecho todo lo que estaba en su mano sabiendo que nunca era suficiente. Con ellas tuve este año también unas charlas.

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Porque una tierra son muchas historias y diferentes formas de vivirlas. Por esta razón solo queda decir que no somos tan diferentes al resto de pueblos del mundo. Y podemos incluso pertenecer a otras tierras, aquellas en las que también fuimos felices porque, sin remedio, las raíces empiezan en nuestros recuerdos.

¡¡Feliz Día de Andalucía!!


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