El narco insumergible

Si algo nos ha enseñado la Historia, es que se puede matar a cualquiera. Con esa lapidaria frase, Michael Corleone sentaba las bases del mundo criminal, pero con un asterisco: los policías son intocables.

O mejor dicho, eran. Sin hacer spoilers de la legendaria trilogía de Coppola, parece que ese aforismo es cosa del pasado. O, tal vez, de estilo, códigos o simple pragmatismo. Asesinar a un policía era sinónimo de que el peso del Estado cayera de bruces sobre el malhechor. Hoy, todo eso ha cambiado. La lentitud del sistema judicial, el desinterés depositado en la lucha contra el narcotráfico y los pocos medios con los que Guardia Civil, Policía Nacional y Vigilancia Aduanera cuentan, contrastan con una política de muchos gestos y pocas nueces.

Tras la operación Nécora en 1990, el narco dejó de ser visto como un benefactor, y la gente se concienció de que el polvo blanco que lamía las costas gallegas era el pasaporte directo a la cárcel o el cementerio. Aquel operativo policial no se tradujo en el fin del problema, pero sí se le puso coto: se acabaron los vistosos pazos o los coches deportivos por la ría de Arosa. Al menos, de cara a la galería. Sin embargo, en el sur, este negocio tan lucrativo hizo que otros tantos también perdieran el norte: si Galicia estuvo a punto de ser la Sicilia española, Cádiz va camino de convertirse en nuestra particular Sinaloa. Los narcos disponen de gomas ―zodiacs de hasta doce metros de eslora como la que se llevó la vida de los guardias civiles― cruzando el Estrecho en tiempos de récord, drones e incluso submarinos para que el hachís llegue al sur de España y, desde ahí, a los mercados europeos.

Lo inédito de este caso ha elevado la situación de grave a preocupante. La coyuntura en Barbate, Algeciras, la Línea de la Concepción y en el campo de Gibraltar en general recuerda a la vivida en Galicia en los años ochenta. Los frutos de una tierra rica en algodón, trigo, maíz y vid han germinado en forma de esa pasta parduzca que proviene, no de la campiña de Cádiz, sino de la cordillera del Rif. Aquí cabe preguntarse a quién beneficia todo esto. La respuesta a esa pregunta, sea persona, institución o país, aclarará muchas dudas.

El paro genera narcotráfico y el narcotráfico provoca que los jóvenes, a sabiendas de un futuro laboral poco prometedor en la provincia con más desempleo de España, se embarquen en este tipo de actividades. Y con un añadido nunca visto: el infame jolgorio de quienes se creen impunes jactándose del sinsentido de las vidas truncadas.

No nos engañemos. Siempre hubo tráfico de drogas y siempre lo habrá. El tungsteno de estraperlo en la posguerra derivó en el Winston de contrabando, ya en la democracia. A la demanda inelástica de estas sustancias hay que sumarle una oferta ilegal que encuentra en torno a la cultura del narco su propio cortijo. Esto queda reflejado hasta en la ficción: pasamos del smoking de James Cagney al chándal de Tony Soprano. Y si el arte es un trasunto de la realidad, los luctuosos hechos del pasado fin de semana en Barbate superan cualquier ficción.

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