El quiosco de Antonio

Diciembre, el último mes del año, empieza con Curro Romero cumpliendo primaveras. Noventa redondas y eternas primaveras. Con sus almohadillas cayendo sobre el albero, con las matas de la gloria en la mano. Será por eso por lo que dicen que, en cuestión de arte, no se sabe dónde está el principio de qué ni el final de nada. Se sabe, eso sí, quienes dejaron su huella en el siempre. Son muy pocos los elegidos que pueden pasear la inmortalidad en vida, y el Faraón de Camas es uno de ellos, por no decir que es el despunte de lo sobresaliente, el uno entre esos ellos, la recurrencia de lo excelente. El primero del mes de la Navidad no era mal día para acurrucar a un genio en el tiempo, justo cuando la calidez nos hace tiritar. 

Está Sevilla para ponerle un piso, que no sea turístico con vuestros muertos, en la propia Sevilla. Está la joía para meterla en un cuadro, para lanzarse a la calle. Hagamos como si no estuviera así siempre, que es la única manera de intentar que las maravillas no se pisen. Ciudad camaleónica, de fiestas tan de guardar que cuando te quieres dar cuenta ya no están. Rincón de rincones alérgico al vacío, en constante evolución hacia una perfección que no existe. 

Y no existe porque Sevilla, al igual que Curro, es genuinamente mortal. No es nuestra ciudad inmune a lo contemporáneo, es, si acaso, una víctima languideciente de una falsa modernidad que golpea y destiñe nuestro encanto. Ayer cerró sus puertas el quiosco de Antonio en la calle Mateos Gagos. Ese pequeño local frente al colegio San Isidoro que era punto de congregación de un sitio al que antes se le podía llamar barrio. Pasado mañana será un piso turístico, otro más. Seguimos entregando nuestra ciudad sin oponer resistencia, despojándola de su singularidad, matando nuestra personalidad. Estamos rindiendo nuestros símbolos, dejando que se desintegre nuestro paisaje. 

Antonio me vendió de chinorris estampitas de fútbol, tazos de Pokemón y bollycaos, cuando los bollycaos iban por dentro hasta los topes de chocolate. Desgraciadamente, en eso nos estamos convirtiendo; en un dulce sin relleno, en una modelo polioperada, en un pan sin miga. Esta semana he conocido al maestro Barbeito, fue un encuentro fugaz y, como me ocurre cada vez que conozco a un referente, balbuceé tres tonterías y sonreí como un idiota. Impresiona. Hoy, solo me queda el consuelo de recordar esas palabras suyas que le decía a Sevilla: “Aunque te abofeteen la belleza, quedará tu belleza.” Eso, y todos esos niños, padres y vecinos que rodearon a Antonio y corearon su nombre ayer. Siempre, hasta en los momentos más complicados, queda la belleza de Sevilla. Cuidémosla, para que siga siendo irresistible. Para poder seguir poniéndole pisos (metafóricos, eh).

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