La paradoja de la oveja negra

Hace exactamente un año salí desde estas mismas líneas a partir una lanza por Antonio Martínez Ares tras haber cantado con su ‘Ciudad invisible’ un pasodoble sobre la exhumación de Queipo de Llano. De aquellas, muchas personas lo tacharon de rojo redomado, de bufón populista, de carnavalero previsible y sumiso. Hoy, el péndulo desquiciado de nuestros tiempos, empujado por la galopante aversión a la libertad de pensamiento y la cordura que sufrimos, hace que el mismo coplero se haya convertido, a ojos de muchas personas de izquierdas, las mismas que hace dos días le aplaudían como focas, en un traidor acabado y desenfocado, en un progresista de boquilla, en, ojo cuidado, un facha alineado poco más que con los postulados voxeros. Del mismo modo, aquellas personas que lo apedrearon por celebrar que sacasen los restos, ahora celebran su arrojo. Es todo absurdo. 

El motivo de esta supuesta y disparatada conversión es la letra que Ares le dedicó a la amnistía en Cuartos de Final. Un pasodoble valiente y alejado de lo que muchos querían escuchar, cantado, casi en su totalidad, en catalán, y que desnuda las tragaderas del presidente Sánchez con sus socios independentistas. “Soy rojo, pero no confío en tu palabra, cada uno tiene lo que se labra.” Habla de cómo los siete votos de Junts han dejado a nuestro país a merced de los caprichos de unos extorsionadores profesionales, que chantajean al Gobierno con hacer saltar por los aires la legislatura si no se arrodillan ante sus demandas. Una crítica sustentada en hechos, pero alejada de los oficialismos ideológicos, escrita desde el fuego cruzado de las dos tribus que habitan a ambos lados del muro. Pues bien, a muchos les descolocó. 

En este presente del conmigo o contra mí, del yo estoy aquí, a favor de algo que hace dos tardes me repugnaba, porque hay unos enfrente a los que no jalo, del mismo pelaje, por cierto, que a los que ahora defiendo a ultranza, hay gente que se ha mosqueado y que ha decidido llamar desertor a alguien que durante años ha alzado la bandera de las proclamas sociales de la izquierda de verdad, no de esta marca blanca, aborregada y servil, que se ha acostumbrado a tragar sapos a velocidades inhumanas. El mayor éxito de Sánchez, además de borrar el umbral de la vergüenza y convertir la memoria en una estratagema para resentidos, ha sido aniquilar el espíritu crítico del progresismo, matar el nervio introspectivo y autoexigente de una base social históricamente inconformista y reivindicativa. 

Sánchez ha conseguido, tras perder las elecciones, que no gobierne la derecha, pero por el camino está destripando a la izquierda. Y Martínez Ares lo sabe, de ahí este canto a contrapelo de lo que todas las demás agrupaciones están trayendo: “denles la amnistía y lo que haya que darles porque Abascal caca y los 300 descerebrados de las manifestaciones de Ferraz representan a todos los que están en contra de este pulso al Estado de Derecho.” Los mismos grupos que en otros pasodobles claman contra que el Gobierno no mire hacia Andalucía. Un sinsentido. 

Todo esto revela, una vez más, la honestidad del poeta y la genialidad de la obra de un maestro que este año presenta sobre las tablas del Falla a su Oveja Negra. Un nombre que está escogido con los cinco sentidos. Antonio no engaña a nadie, desde el principio sabe a lo que viene, de hecho, lo deja bien claro con estos versos premonitorios de la presentación en los que se define “como el guijarro en el zapato/un traidor para los callados.” Era consciente de lo que iba a pasar y aun así ha decidido decir lo que piensa, sin reparos, sin vaselina, sin miedo. Eso es ser un rebelde, nadar a contracorriente, predicar a base de balidos en el desierto del sectarismo. Alejarse de un rebaño adormecido que sabes que se te echará encima. Ojalá a izquierda y derecha se tomase nota. Ojalá los que ayer le aplaudían y hoy le critican fuesen capaces de ver más allá de lo que esperaban, de sacudirse la chatarra ideológica y empaparse de lo que les dice alguien que escribe para hacer pensar, que no se casa con nadie. Que Martínez Ares es un facha era lo último que nos quedaba por escuchar. La enfermedad polarizadora sobrepasa la gravedad. Luego cuando en semifinales le dedique una bala a Ayuso, al Rey o a Vox lo volverán a adorar. Cuando se canse y se vuelva a retirar, lo echarán de menos. Pero da igual, como nos ha enseñado el pastor Sánchez, un día puedes llamar a alguien delincuente y al siguiente hombre de paz. Pues con esto, igual.

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