Defender el zampo

No hacía falta que inventase Apple unas gafas futuristas que siguiesen atrofiando nuestro cerebro, porque aquí continuamos con la miopía urbanita, pensando, quizás, que el sustento sagrado cuelga de las farolas, que se arranca de los bordillos, que crece en la calzada. Ha salido la gente del campo exhibiendo una losa tan grande a sus espaldas como la rueda de un tractor, escenificando una asfixia y un hartazgo que nos compete a todos, del que dependemos todos. El campo no se riega a base de los escupitajos de esa España de chupete y biberón que ve señoritos en todos lados, que generaliza de manera burda y chabacana porque entiende cualquier movilización como una afrenta al gran terrateniente que ostenta La Moncloa. Burros que aran el terreno de un hombre que no tiene otra cosa, con la que está cayendo, con el país hecho unos zorros, que hablar del temita de Eurovisión y decir que hay gente que preferiría que se cantase el Cara al Sol. El mismo perro que se ha convertido en la mascota de otro señorito, el prófugo, y que obedece sentándose y dándole la patita a la voz de ya.

Ahí está la puesta en marcha del envío de agua desde la desaladora de Sagunto a Cataluña en cuantito los insolidarios han levantado la mano. No importa que Juanma Moreno lleve cuatro decretos contra la sequía firmados en el BOJA, que haya estado años predicando en el desierto. A este sur sediento de cooperación, que le zurzan. Y mientras, el sector primario se revela ante la desaparición de los pequeños y medianos agricultores, ante la impotencia de los ganaderos, de los que piden una mirada más práctica y menos teórica, más real, alejada de los despachos cuquis y las cafeterías de té matcha, del desapego de Bruselas. “Estamos defendiendo vuestras cervezas”, rezaba una de las pancartas más famosas de estos días. Una frase rotunda, lo suficiente para convertirse en una proclama seductora que debe servir como puerta de entrada para que, fuera de coñas, nos demos cuenta de que ellos son los que nos surten también de la leche de las mañanas, del potaje del mediodía, de la fruta del postre, de la chacina de la merienda, del purecito y la tortilla francesa de las noches. También, conviene no olvidarlo, son los que le dan vida a esa España rural tan romantizada pero olvidada.

Por eso sobra intentar tapar este grito con la manta de la ideología o el ruido hueco del partidismo, porque no entienden de eso el tomate de Los Palacios, ni el garbanzo de la Vega de Carmona, tampoco el arroz de Isla Mayor. Porque están los de la mano encallada cerrando el puño de rabia e implorando al cielo que llueva, porque se han cansado de mirar al suelo, de saltar trabas, de que nadie aporte soluciones a este sinsentido. No obstante, yo mantendría lejos y me desentendería de los lumbreras que organizaron el esperpento de la calle Ferraz a mayor gloria de Sánchez, son expertos en desvirtuar causas justas, en apropiarse de empresas nobles y destrozarlas con sus astracanadas. La tierra seca es un mapa sin coordenadas, los surcos son las venas de la pobreza y la miseria. Como sigamos así, desnortados y perdidos, lo único que podremos echarnos a la boca será la manzana mordisqueada de Apple.

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