Con mis horrores diarios

Escribí un poema hace un buen puñado de años –allá por 2001- que comenzaba como el título de este artículo: Con mis horrores diarios / yo me desayuno. Trataba de eso, de que cada día, al abrir el periódico a la hora de desayunar, se encontraba uno con un nuevo horror, una nueva tragedia, una nueva barbaridad del ser humano. Un desayuno negro y amargo como el café.

Hoy, más de veinte años después, nada ha cambiado. Hoy, cuando parece que ya no se pueden cometer maldades más perversas ni crímenes más horrendos, cuando parece que el ser humano ya no puede superar su propio récord de iniquidad, abro el periódico y me encuentro la noticia de que una madre dejó sola en casa a su bebé de dieciséis meses y se fue diez días de vacaciones.

Hizo un bonito viaje, tuvo unas buenas vacaciones: visitó Detroit, Michigan y Puerto Rico. Cuando regresó, ella misma llamó a la policía, la cual encontró a la bebé “envuelta en mantas sucias de heces y orina”; posteriormente, las autoridades pertinentes descubrieron que estaba “extremadamente deshidratada” y certificaron su muerte.

La noticia, el hecho, es tan brutal que la primera reacción de uno es negar: “no puede ser cierto”, “nadie puede hacer una cosa así”, “debe haber habido un fallo de comunicación entre la madre y la familia o la cuidadora”, “debe ser un periódico de estos amarillos, sensacionalista”, “me falta una pieza en esta información que explique tamaña barbarie”,… negar.

Pero la misma madre reconoció a la policía que dejó sola y desatendida a su hija para irse de vacaciones. Por su parte, una pareja de vecinos asegura que no era la primera vez que la dejaba sola, que había ocurrido varias veces y que, en una ocasión, les había pedido que cuidaran de su bebé un fin de semana, pero volvió un mes y medio después. 

Y, esta persona, ¿trabajaba, no trabajaba,…? Trabajaba, sí. ¿De qué, en qué? Da lo mismo en lo que trabajase, pero es que resulta que era asistente escolar; es decir, de algún modo, era responsable de niños, de algún modo los atendía y cuidaba de ellos.

Cabe preguntarse: ¿Realmente la prisión va a tener un efecto educativo y regenerador con esta mujer? ¿Realmente alguien en la sociedad quiere que se la reintegre algún día a una vida normal? Y cabe preguntarse: ¿Llegará a ir a la cárcel? ¿Cuánto tiempo estará en la cárcel? ¿La juzgarán por homicidio imprudente y ya mismo estará en libertad?

Se llamaba Jailyn. Tenía 16 meses. Dicen sus vecinos y vecinas que era una niña adorable, sonriente, siempre curiosa por las cosas. Ya no existe. Pasó sola en su casa diez largos días con sus diez largas noches. Ni en la peor pesadilla infantil podía soñar que un monstruo acabaría con ella de esa manera. Tan solo de pensar en su sufrimiento dan ganas de… y se quitan las ganas de todo. 

Cada día un horror nuevo, un café negro y amargo. Descansa en paz, pequeña.

 

                                                                 Antonio G. Ojeda

 

*Imagen propiedad de Getty Images.

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