Cambios

Pasear de manera despreocupada pero atenta, observando lo que te rodea, es un placer siempre. En Osuna todo sigue igual, como si allí el tiempo se hubiera detenido para bien de la figuración histórica. Faltan algunos habitantes, pero han llegado otros, que parecen haberse integrado bien. Ahora veo mejor las virtudes del pueblo. Y los pequeños defectos, subsanables. Uno de ellos es la permisividad con los dueños de canes que no recogen las deposiciones de sus mascotas. Otro, común a muchos municipios, pero no por ello menos llamativo, es la falta de rigor en el contenido de los azulejos con información histórica colocados junto a edificios o plazas de relevancia histórica. Ya sé que muy pocos se paran a leerlos, pero el que lo haga puede irse con una información equivocada. En el instalado en la Plaza Rodríguez Marín, por ejemplo, se lee «Tras los cambios en el nomenclátor provocados por la modificación tras la Transición Democrática, se le asignó el nombre de Rodríguez Marín y hasta allí se trasladó el busto de Rodríguez Marín, que anteriormente presidía la Plaza Mayor». Mi vocación de servidor público —todo el que escribe en cierta forma la tiene— me invita a recordar que el busto del Bachiller de Osuna se colocó ante la iglesia de Santo Domingo en 1968, no tras la muerte del dictador. Este asunto del azulejo me recuerda un artículo mío publicado en este medio el pasado día 7, dedicado a la necesidad de homenajear la memoria del pianista José Romero (1936-2000). En él, y siguiendo una creencia que había tenido siempre, aseguraba que Romero había nacido en el número 46 de la calle Aguilar, donde existía, y aún funciona, una panadería. Ese dato es erróneo. Poco después de salir el artículo, y ser compartido en redes, me lo hizo saber un lector de más edad que la mía. No me dijo cuál era el domicilio exacto, pero sí que no era aquel. Aquello me impactó porque el rigor histórico se ha encontrado siempre entre mis principales objetivos a la hora de escribir no ficción, como es el caso. Tenía que comprobarlo. Para ello he acudido al Registro Civil, la fuente más fehaciente de todas, y en él he podido comprobar que el compositor, concertista y erudito nació en el número 10 de la calle Barbabaeza, a cincuenta metros del número 46 de la calle Aguilar, cerca, pero no allí; creo de utilidad este dato para determinar el lugar donde ha de colocarse el azulejo conmemorativo. Pero la novedad no está solo ahí. He comprobado, con evidente sorpresa, que la fecha que se da de su nacimiento en tantas publicaciones, el infausto 18 de julio de 1936, también es errónea: nació en julio del 36, sí, pero el 27, no el 18. Esa fecha equivocada se lee, por ejemplo, en la necrológica de Romero publicada por el diario El País el 19 de febrero de 2000, al día siguiente de su fallecimiento, tan temprano, sin haber cumplido los sesenta y cuatro años, o en El piano flamenco, génesis, recorrido diacrónico y análisis musicológico, imprescindible obra, por otra parte, de Jaime Trancoso González. Los lectores más jóvenes puede que no conozcan al músico del que hablo, pero pueden encontrar fácilmente grabaciones suyas tanto en YouTube como en Spotify, donde figura su LP Formas musicales andaluzas (1976), remasterizado en 2022. Si van a la Biblioteca Municipal ursaonense pueden encontrar también artículos sobre Romero en el El Paleto 2ª Época  (al menos en los números 2 y 6). El segundo de ellos, correspondiente el mes de mayo de 1980 —la publicación era mensual—, consiste en la reseña de un nuevo LP. Su anónimo autor demuestra conocimientos teóricos del arte de Orfeo, algo inusual en aquella época, cuando aún no existía conservatorio en el pueblo y el aprendizaje musical reglado era algo poco menos que milagroso. Los redactores de aquel periódico sabrán quién fue el autor, probablemente el pintor y músico Cristóbal Martín, por desgracia ya fallecido.

Las últimas semanas me han deparado también la lectura de Torre y escaleras de la Colegiata de Osuna, de Juan A. Pachón Romero, Francisco L. Díaz Torrejón y Miguel Rangel Pineda. Ejemplo de obra rigurosa y bien documentada, este libro ayudará a los interesados a comprender por qué la torre y las escaleras de la Colegiata deben ser recuperadas. Las escaleras tendrían mucho menos impacto visual, son  menos polémicas, pero serían muy prácticas para llegar al templo y su andén sin necesidad de dar el rodeo por la cuesta de San Antón o el Camino de los Cipreses. Y la torre, desde luego, merece la restitución de su apariencia original, que no corresponde exactamente con la conocida por las fotografías anteriores al derrumbe de 1918: era de estilo renacentista; pueden comprobar cómo quedaría en la ilustración que acompaña este artículo. Entiendo que las personas que contemplan la Colegiata a diario sean más reacias a su transformación, pero la torre, sin duda, ganaría en esbeltez, y el conjunto colegial en armonía. Se lo dice un ursaonense que ahora mira el pueblo, como nunca, con ojos de enamorado.

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