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Tú que podrías acabar con tantas guerras

Rigoberta Bandini no sospechaba que poco después de su Ay Mamá íbamos a presenciar las imágenes más vergonzantes del delirio humano. La figura de una madre es determinante en nuestra vida, bien por su presencia, bien por su ausencia o bien por su intermitencia. Históricamente ha sido la figura sobre la que se sostiene emocionalmente la familia, ese concepto hoy día cada vez más plural al mismo tiempo que cuestionado. Pero siempre ha existido una realidad: el poder disuasorio de una madre no tiene parangón con ningún otro.

Cuando vi una fotografía del alcalde de Kiev vestido de soldado para defender su ciudad y su país sentí, de nuevo, que la vida tal y como la conocíamos seguía arrastrándose hacia el desastre. Ese hombre no era un desconocido para mí, y no precisamente porque siguiera de cerca la política ucraniana. Vitali Klitschko y su hermano Wladimir son tremendamente conocidos en el mundo del deporte, más concretamente en el boxeo. He aquí, quien escribe, alguien a quien nunca le interesó el mundo de este deporte por resultarle innecesariamente violento, dañino y terrible de ver. Curiosamente esta percepción sobre este deporte cambió radicalmente hace años cuando me fue explicado: sus técnicas, sus normas, y entendí una -hasta entonces- insospechada ética dentro de esta disciplina. De repente me vi madrugando para ver los campeonatos en televisión, pero no para los de cualquier rango: sólo captaban mi atención los pesos pesados, tanto en las secciones masculinas como en las femeninas. Fue entonces cuando conocí a los Klitschko.

Donde antes veía violencia comencé a ver deporte. Y compañerismo. A veces incluso ternura. Precisamente conocer la promesa que los hermanos Klitschko le hicieron a su madre fue la que más ternura me inspiró: Nadezhda Ulyanovna Klitschko -la madre de estos dos hermanos- les dejó claro que jamás debían pelear entre sí en el ring. Algo que cumplieron rigurosamente en todos sus años de carrera profesional. Porque los hermanos no deben pelearse, y porque no hay mayor autoridad que la de una madre. Una autoridad que no procede de la violencia ni de la superioridad de ninguna fuerza física, sino del amor más puro y auténtico que existe. Solo quien nos ama puede protegernos, y solo quien nos protege tiene derecho a exigirnos. No hay otro camino.

Wladimir y Vitali han sido ambos campeones del mundo en peso pesado y, para más inri, Vitali se ha convertido en el primer campeón del mundo en boxeo profesional en poseer un doctorado. Fuerza y cabeza -no solo física, sino también mental- se convierten en dos valores más que imprescindibles en estos tiempos convulsos. No importa que sean los más fuertes, los Klitschko siempre han sabido que existe una fuerza aún mayor que la que reside en sus cuerpos: el respeto a la voluntad de su madre.

Pero ahora todo ha cambiado. Ojalá pudiéramos volver atrás para verlos combatir sobre el ring, y no en una guerra. Despreciable como todas ellas. Ahora muchas madres son La Libertad guiando al pueblo ucraniano, y muchos padres, hermanos e hijos van con miedo, y con fuerza o sin ella, a un destino en todo caso terrible, injusto y doloroso. La cordura no ha podido evitar el desastre. Porque la autoridad inducida por el miedo que ejerce un “político” dista mucho de la autoridad real inducida por el ideal del bien común que transmite una madre como la de los Klitschko.

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Solo nos queda esperar que más pronto que tarde -aunque desde el momento en que muere el primer civil ya es demasiado tarde- la libertad vuelva a imponerse al puro estilo Delacroix.

Liberty Leading the People. 1830. Oil on canvas, 260 x 325 cm.

María Arregui Montero

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