El olor de Chicago

Las primeras horas, una vez que llegas a la capital de Illinois, no estás seguro si se trata de un olor pasajero o si es el perfume que se entremezcla con la vitalidad urbana. Conforme vas paseando por sus calles y el día se hace más largo, eres consciente de que ese distintivo olor a cannabis es tan común como el olor a la famosa Deep-dish pizza. Este perfume no es un mero adorno en el paisaje de la ciudad, sino es la consecuencia de una decisión audaz que ha permeado no solo las calles de Chicago, sino también las ciudades de otros 21 estados, como California, Nueva York o Washington. Chicago, la ciudad que respira arte callejero entre sus rascacielos imponentes y monumentos que susurran historias de revoluciones sociales. Un lugar donde la arquitectura contemporánea y la esencia de su metro histórico conviven, atrayendo turistas con sus cámaras ansiosas por capturar la esencia de sus calles bulliciosas. Turismo, historia, cultura y arquitectura, características típicas de cualquier capital o gran ciudad de aquí de Europa, pero con la diferencia de ese peculiar olor a cannabis que inunda la ciudad de Chicago.

Este aroma, que se cierne en el aire de manera inconfundible, es el resultado de una medida tomada por las autoridades del estado de Illinois hace unos años con el fin de impactar positivamente en la ciudadanía americana. Es cierto que, aunque haya algunas personas que perciban dicha resolución como un avance, otros lo critican fuertemente, y ante todo ello es evidente que no solo la decisión de los estados miembros de los Estados Unidos, sino también las declaraciones hechas por el presidente americano Joe Biden a favor de este nuevo enfoque, puede abrir las puertas al diálogo sobre la legalización y regulación del cannabis en otros lugares del mundo, como España.

En nuestro país, el consumo de cannabis es una realidad palpable. Aunque el aroma no sea tan distintivo como en otras partes de los Estados Unidos, no es de extrañar que, al atravesar un parque o una plaza, o al acudir a un concierto o a un partido de futbol, ese olor tan característico que tiene la marihuana se mezcle en el ambiente. La presencia y el consumo de esta sustancia en nuestra sociedad es una realidad que no podemos pasar por alto. Por tanto, es imperativo que los líderes políticos y la administración no solo reconozcan esta situación, sino que deben abrir un diálogo serio y bien fundamentado sobre las consecuencias de su consumo en nuestra sociedad y discutir sobre su legalización y regulación.

Es importante tener en cuenta que las conversaciones sobre la regulación del cannabis deben abordar múltiples aspectos y no limitarse exclusivamente al uso recreativo de la sustancia. Se deben examinar otros aspectos como los beneficios medicinales, el impacto social, la seguridad o las implicaciones económicas. Porque sí, existe un incentivo económico detrás de esta regularización, de hecho, en EE. UU., se estima que para el 2026, la industria legal crecerá a 42.000 millones de dólares.  A pesar de estos argumentos que en primera instancia pueden ser considerados positivos para la sociedad, al mismo tiempo son objeto de cuestionamiento para aquellos que se encuentran en contra de la legalización y regulación del consumo y la compraventa del cannabis. La afirmación de que la legalización conducirá automáticamente a una disminución de la criminalidad no está exenta de escepticismo, puesto que no existe una correlación clara entre ambas variables. Además, el supuesto estímulo a la investigación científica sobre las propiedades medicinales puede generar dudas sobre la integridad de la comunidad científica, como ya está ocurriendo con los opioides. Sin mencionar, a parte, la clara imposibilidad de un consenso dentro de la comunidad científica, ya que existe una alta preocupación por los posibles efectos negativos en la salud pública y el bien social. Entre estos argumentos se destaca el posible aumento de la adicción, especialmente entre los grupos más vulnerables, al igual que se defiende que es complicado establecer unos límites claros para el uso responsable de una sustancia adictiva y con potenciales daños para la salud. Todo ello generaría desafíos en términos de seguridad y prevención. Todos estos argumentos resaltan la complejidad del debate sobre la legalización y regulación del uso y compraventa del cannabis, y destaca la necesidad de considerar de manera cuidadosa sus posibles repercusiones antes de tomar las decisiones.

Sin embargo, este artículo no pretende, ni por un segundo, posicionarse a favor o en contra del consumo del cannabis, sino que su propósito es llamar la atención hacia los problemas cotidianos que afectan a los ciudadanos. En un contexto en el que las disputas políticas eclipsan las preocupaciones reales de la sociedad, es esencial dejar atrás los problemas superfluos que solo les afecta a ellos.

La legalización del cannabis no es solo un tema de debate sobre la legalización de la compraventa de una sustancia, sino que es una invitación a priorizar los asuntos que realmente impactan en la vida de la ciudadanía. Es hora de que la clase política se sumerja en un diálogo sustantivo, abandonando las disputas partidistas, para construir un futuro más centrado en las necesidades y realidades de quienes confiamos en ellos para liderar.

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