Elegía a Salvador (aniversario)

Defunción: 1 de febrero de 2023

Muchos días, muchos años, largo tiempo ya, casi tan largo como mi vida, te conocí en Osuna., ¿Dónde ocurrió? ¿Cómo fue? Da igual. Lo que importa es que se estableció entre nosotros una íntima amistad, una amistad forjada con contactos frecuentes pateando las calles del pueblo, especialmente La Carrera, una amistad que evolucionó a lo noble, fiel, leal, incondicional y que devino duradera e inacabable.

El destino traza caminos en número incontable que obliga a los humanos a valorarlos y tomar decisiones, y tú, sopesando la idoneidad de las múltiples posibilidades, tomaste la tuya y te dijiste: «vámonos pa Cái». Y allá que fuiste llevando del brazo a Carmelita, la mujer que te prendió el corazón y que te acompañó hasta que el viento dejó de soplar a su favor.

Nuestra amistad, bien urdida y arraigada, pasó de lo presente a lo ausente, pero no decayó en la ausencia. ¿Para qué el teléfono, el C.e., el Messenger…? La tecnología fue providencial y nos mantuvo en contacto permanente.

¿Lo recuerdas? Junto a otras personas muy apegadas a mí, te elegí consejero y corrector de mis escritos, presentaciones y vídeos antes de hacerlos públicos. Yo te los enviaba y tú me los devolvías con algunas anotaciones y consejos. Y todo hay que decirlo, con tus loas y felicitaciones

Habíamos llegado ya a esa edad en la que se sufren carencias orgánicas que se adueñan de las facultades, comprimiéndolas y reduciéndolas. Es entonces cuando, poco a poco, uno va cayendo en la atonía. Tú, por tu parte, fuiste distanciando tus respuestas hasta que un día las tecnologías enmudecieron. Recelando de algún contratiempo y preocupado por tu suerte, te llamé y el teléfono permaneció en silencio. No obstante, yo insistí hasta que una voz dolorida me reveló que te habías ausentado. Una ausencia, esta vez, silente, misteriosa.

Ante esta circunstancia adversa y dolorosa me sentí apesadumbrado, entristecido, sabiéndome ya desposeído del afecto con el que tú mullías mi vida.

Cualquier cosa que me recuerde la ciudad de Cádiz, me adentra ilusoriamente por Puertatierra, recorro sus calles, pienso en el teatro Falla, la playa de la Caleta… y te imagino viandante del brazo de Carmelita o sentados en una terraza contemplando el paso de las chirigotas y, con el pensamiento puesto en vuestro estado inexistente, me asalta un sentimiento de zozobra.

Desde donde quiera que hayas ido, desde el lugar ignoto que hayas elegido como morada perpetua, deseo y espero que tú, amigo Salvador Bernal Guerra, continúes enviándome guiños de nuestra vieja y entrañable amistad.

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