No pasa nada

Y si pasa, se le saluda, que diría Antonio Burgos.

A pesar de las movilizaciones de las últimas semanas, sólo comparables con las grandes manifestaciones en los días más duros de ETA, uno tiene la sensación de que el Gobierno goza de una indulgencia máxima. Quizás, al abrigo de la tropelía de los acuerdos para la investidura, asumimos determinadas actuaciones y nombramientos con una naturalidad que avergonzaría a cualquier dirigente de un país con un sistema y una democracia normal. No pasa nada.

El número de ministerios, impensable para cualquier órgano de una entidad mercantil, las competencias y el nivel de alguno de sus titulares, donde prima el mérito político sobre el técnico, traslada la intencionalidad del jefe del ejecutivo. Viendo perfiles como los de Óscar Puente o Sira Rego nos vienen a la memoria aquellas confesiones de Zapatero a Iñaki Gabilondo en 2008, en las que aseguraba que “nos conviene que haya tensión”. Parece que el aprendiz sigue la estela del maestro. Y no pasa nada.

Pero quizás lo más grave de lo ocurrido estos días es la fusión de los poderes del Estado en el ministro Bolaños. Su imagen negociando la investidura con el indultado Junqueras, donde la ley de amnistía y el conocido lawfare han sido piezas clave para el acuerdo, no genera mucha confianza en el mundo jurídico, digamos todo lo contrario, como demuestran las declaraciones, comunicados y manifestaciones de los últimos días. Poner al frente de una cartera tan sensible como la de Justicia a quien ha negociado tal despropósito parece más una chulería que una responsabilidad. Pero no pasa nada. 

Un Estado de derecho no lo es porque lo digamos sino porque se ajusta a unas normas que se aplican a todos con independencia, incluido el propio Estado. El mundo nos brinda ejemplos de sistemas políticos de apariencia democrática y Estados de derecho que ya no lo son. No queramos parecernos a ellos. 

Leía el otro día, a raíz de todas estas cuestiones, que el escándalo de hoy tapa al de ayer y el de mañana al de hoy. El sopapo del Tribual Supremo al Fiscal General del Estado por el asunto de Dolores Delgado ya es casi historia porque nuevos líos lo suceden. El Presidente del Gobierno vive en una continua provocación, convencido de que esa tensión le viene bien. Le vendrá bien a él, pero no a los ciudadanos ni a España.

En el año 2017, las actuaciones en Cataluña provocaron un enorme desgarro en la sociedad catalana. Compañeros, amigos y familiares se vieron distanciados por un conflicto innecesario. Hoy ese conflicto se ha trasladado a toda España. Cuántas discusiones en grupos de WhatsApp están enfrentando a amigos o compañeros. El aprendiz quiere hacer de la política una rivalidad, bandos enfrentados en la defensa de unos colores, donde la razón no existe y sólo predomina la fidelidad a un pensamiento impuesto. Esto no es fútbol, donde la pasión lo justifica casi todo. Esto va de convivencia y de respeto a las reglas que todos nos dimos en uno de los grandes ejemplos de consenso que ofrecimos como país. No permitamos que quien quiere destruirlo lo consiga. No permitamos que no pase nada.

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