Las cuevas

«A lo mejor estamos muertos a ojos de los demás. Pero tal vez continuemos viviendo, con normalidad, pero invisibles, silenciosos». Así habla un personaje de La desconocida, reciente novela escrita al alimón ―alternándose en la redacción de cada capítulo― por Rosa Montero y Olivier Truc. No sé si sus palabras pueden aplicarse a mi situación, si estar lejos de Osuna desde hace tantos años ha hecho que no exista a ojos de los demás, pues mis pasos no generan sino silencio y mi cuerpo no proyecta sombra en unas calles por las que no transito más que en el ámbito de la memoria.

Si a Daniel, el Mochuelo, el niño protagonista de El camino, la novela de Miguel Delibes, le afligía tener que abandonar su pueblo y perder sus entretenimientos y juegos variados, cambiantes y un poco salvajes y elementales, yo soy presa de la añoranza de ese universo mágico compartido con los amigos durante la niñez, etapa en la que, por no haber padecido aún los embates que propina la vida, uno mantiene la ilusión de que jamás saldrá de los límites de su pueblo. 

Mientras nuestras madres cosían, sentadas junto a un aparato de radio que emitía discos dedicados, los niños jugábamos en la calle; porque, como dice Delibes, «es fácil hallar diversión, a esa edad, en cualquier parte» y nuestros juegos también eran variados y cambiantes, ajustados muchos de ellos a la estación del año: las bolas, el trompo, el pilla-pilla, el escondite…; o cambiábamos cromos de futbolistas y tebeos, que comprábamos en la papelería de Ferrón.

Eran años sin televisión, ni ordenadores, ni tabletas, ni consolas… La radio, en su triunfal reinado, congregaba en su torno grupos deseosos de escuchar los seriales radiofónicos ―el primero que recuerdo es Lo que nunca muere―, programas de entretenimiento como Cabalgata fin de semana, o de finalidad solidaria como Ustedes son formidables. Los niños, si acaso, nos conformábamos con Diego Valor. Pero esos eran programas que se emitían a la caída del día o ya por la noche. Y los domingos, en las primeras horas de la tarde, Carrusel deportivo.

Nuestro espacio eran calles por las que iban y venían afiladores, lañadores, ropavejeros, chatarreros… Periódicamente, aparecía un vagabundo, personaje solitario en el que veíamos un aspecto siniestro. Cuando Manolito, el Loco, otros lo llamaban Manolito, el Tetas, atravesaba el Arco de la Pastora, calle Alfonso XII abajo ―yo vivía entonces en el cuartel― dejábamos cualquier juego y comenzábamos a burlarnos de él, provocando que nos persiguiera arrojándonos piedras o el garrote que siempre lo acompañaba. Si no advertíamos su presencia, una vez que nos había sobrepasado, se volvía y gritaba retador: «¿Qué, hoy no os metéis conmigo?»

En ocasiones, los juegos se disfrazaban de inocentes aventuras. Traspasábamos las invisibles puertas del campo y, tras cruzar el Lejío, nos perdíamos entre los olivos, buscando nidos. Ya adolescentes, a la salida del instituto, nos íbamos a los Paredones; o, remontando la calle San Cristóbal, nos adentrábamos en el camino de las Canteras y las Cuevas. En el laberinto de la Canteras buscábamos el hilo de una Ariadna que nos marcase el camino. Sucumbíamos a la atracción de la Cueva del Caracol, envuelta en el halo de lo telúrico y nido de historias llenas de misterio. Incluso algunos alimentaban la leyenda de que, desde sus profundidades, que creíamos insondables, era posible llegar hasta otra cueva que abría su boca en el Asilo. 

Ahora, cuando voy por mi pueblo, apenas me reconozco. No veo niños que jueguen como nosotros jugábamos, porque los tiempos han cambiado y los antipáticos automóviles les han robado el espacio de esparcimiento que eran las calles. Hoy los niños apenas juegan en la calle. Es posible que ya nadie salga a buscar nidos. Tal vez los Paredones hayan dejado de ser lugar de reunión. Las Canteras no son sitio para corretear y esconderse porque se han transformado en un jactancioso centro de celebraciones. Y la Cueva del Caracol, convertida en aprisco para el ganado, ha perdido su seductor misterio. Solo queda igual la perenne ruina de la ermita de la Vía Sacra.

Recorriendo la Cañada Real de Granada, mi sueño se desvanece y descubro que ya no soy niño ni puedo pretender que el tiempo vuelva atrás: que, paseando por mi pueblo, es como si estuviera muerto a los ojos de los demás. Ojos extraños me ven, pero no me miran ni me reconocen como a uno de los suyos. Y tal como en el cuento La leyenda de los durmientes, de Danilo Kiš, mi reacción se asemeja a la del personaje que «quería volver a colocar su inmaterialidad en el tiempo, su conciencia y su cuerpo en el corazón del tiempo, quería volver atrás, a un tiempo anterior a este sueño y a esta caverna». Porque, pasados los años, me voy sintiendo ante una caverna y un sueño aún más pavorosos que lo que se contaba de la Cueva del Caracol

 

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