Ecos de la Semana Santa de Osuna

«La tierra se abrió en canales y el cielo se oscureció la tarde del Viernes Santo». Todos tenemos vivencias que no se olvidan: que las radios enmudeciesen y cedieran el espacio normalmente ocupado por Juanito Valderrama o Jorge Sepúlveda a las saetas y a la música sacra; o que en los salones del Casino se hablase más de los predicadores ―oradores sagrados decían algunos― traídos por las hermandades a las novenas que preludiaban la Semana de Pasión. Pero a mí, la Semana Santa de Osuna me dejó un recuerdo aún más hondo: su poder de convocatoria.

La Semana Santa no tiene fecha fija como tiene, por ejemplo, la Navidad. Su celebración se rige por el caprichoso movimiento ―según nuestra apreciación― de la Luna. En cualquier caso, coincide con la llegada de esa primavera en que ―lo decía Machado en su poema― el pueblo andaluz canta pidiendo una escalera para subir a la cruz. Pero, aun careciendo de fecha precisa, la Semana Santa tenía más fuerza que la Navidad o que la feria para convocar a quienes estaban fuera y ser ocasión de emotivos reencuentros. Los hijos pródigos a su pesar, víctimas forzadas de la emigración, regresaban para reencontrarse con su familia, con sus amigos, con su tierra. Y, lo que no era motivo menor, en su regreso los guiaba la añoranza de verse otro año más con Jesús Nazareno

También yo me he sentido atraído algunas veces por esa convocatoria. Cuando mi cuerpo ha estado ausente, mi pensamiento no ha dejado de volar siempre hasta el pueblo respondiendo a los ecos que me enviaba. No sé si son los más potentes, pero los primeros que recibo encierran una gran paradoja: los ecos de un imponente silencio. Paradoja porque el silencio de las radios, el cierre de los cines y el enmudecimiento de las campanas se me aparecen mezclados con el hondo quejido de las saetas o el ronco sonido de las matracas que acompañaban el paso de la procesión del Cristo de la Misericordia

Si ocurre lo previsto, este artículo aparecerá el 27 de marzo, Miércoles Santo. Es una casualidad que me permite embarcarme en un imposible viaje al pasado y, mientras los lectores más madrugadores leen estas líneas, me imagino contando nervioso las horas que restan para vestir la túnica y capirote negros con que acompañaría en su nocturno recorrido procesional al Cristo de la Misericordia, el de los estudiantes. Son ecos que creía haber perdido, pero que se me revelan solo aletargados, en expectante espera del reencuentro anual.

Otros ecos hacen que sea la vista la que se sienta herida. Hoy, 27 de marzo, me asombra el contraste entre las túnicas negras, la oscuridad de la noche y el rojo hiriente de los claveles que ornan el monte sobre el que se eleva la cruz del Cristo de la Misericordia. Y en días siguientes, con ese negro y ese rojo se fundirán otras visiones: la mortecina lividez del Cristo de la Vera-Cruz, las nervudas manos de largos dedos de ese Jesús Nazareno que exhala un dolorido suspiro por su entreabierta boca o la tétrica imagen de la meditativa muerte ―la «Canina»―, acompañante del Santo Entierro. El contraste se acentúa al comprobar cómo la magnificencia barroca de las imágenes hace vano el intento de los velos de pasión por ocultar el espectáculo de retablos y altares.

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No era consciente en aquellos lejanos días de ese juego de oposiciones que me descubren los ecos que no cesan de llegar. Por ejemplo, que en el instante en que estalla la primavera y todo se remece hasta cobrar nueva vida tras el sueño invernal se celebre este ritual de muerte que es la Semana Santa. Ya digo que nada de esto lo pensaba antes, cuando lo que me atraía era el reencuentro con los compañeros de colegio que un día desaparecieron junto con sus familias buscando un bienestar que aquí se les negaba; como me atraían los primeros aromas de azahar, la ilusión de vestir aquella túnica, el deseo de disfrutar las torrijas que haría mi madre… Con todo aquello que vivía sin detenerme a pensarlo voy enriqueciendo hoy mi recuerdo gracias a los de ecos que puntualmente regresan, avivando mis sentidos mis sentidos y colmándome de dicha. 

No es solo el oído ni solo la vista. Los ecos me devuelven también sabores y aromas. Cierro los ojos y veo a mi madre y a mi hermana cocinando «potajes de vigilia» y guisos de bacalao, porque en aquel periodo de silencio hasta cocinar se evitaba. Ya desde días antes, una suerte de riquísima repostería inundaba el pueblo con el inconfundible olor de la canela, la miel, el azúcar, el ajonjolí y la matalaúva de las torrijas, las magdalenas y los ochíos, que escapaba de los hornos de las panaderías próximas.

Oído, vista, gusto, olfato… Una explosión de sentidos cuyos ecos recupero cada Semana Santa. También el tacto, pues las palmas de mis manos se estremecían con el untuoso y suave de la cera. Y, sobre todo, con el roce amistoso y amable de quienes habían acudido a la llamada del reencuentro y que pronto volverían a marcharse, no se sabe si para siempre…

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