El otro

Una de las ideas más valiosas de nuestra cultura es el respeto a la diversidad. El mundo está poblado por personas de todas las maneras imaginables. Esto es una riqueza que conviene mantener, un don de la naturaleza que conviene disfrutar y, en ningún caso, debería ser motivo de disputa, persecución o desprecio. En una ciudad mediterránea de este maravilloso país llamado España, cerca de la oficina donde trabajé varios años, existe un establecimiento donde la gente acude a hacerse tatuajes. Las personas llegan, exponen su deseo de ser tatuadas, se tienden en una camilla a la vista de todo el que pasa por la calle e incorporan a su piel un dibujo que antes no tenían. Una de las personas empleada allí, un hombre de edad indefinida entre los treinta y los cincuenta años, tenía tatuado cada centímetro visible de su cuerpo —ya se ocupaba él de ir bien afeitado y llevar camisetas de manga corta y bermudas para que se vieran bien los tatuajes—, pero, no contento con eso, cuando se quedó sin piel disponible, se rapó la cabeza y se tatuó también el cuero cabelludo. Luego, aún insatisfecho, se colocó piercings en las orejas, la nariz y los labios, deformando completamente el ser que era, como si no quisiera parecerse a sí mismo. Hoy día no lo reconocería su madre si pasara por allí. Pues bien, ese hombre, que no quiero ver como atormentado —de hecho, no lo parecía—, resulta valioso y merece todo nuestro respeto aunque no compartamos sus gustos. Lo mismo podríamos decir de tantísimas personas diferentes a nosotros en apariencia, que luego todos tenemos la sangre del mismo color y necesidades de cariño semejantes. 

Según los expertos, el planeta Tierra acoge en la actualidad a más de 8.000 millones de personas, cada uno de su padre y de su madre, no hay dos iguales. Incluso entre los gemelos nacidos del mismo óvulo pueden encontrarse diferencias, a menudo en el iris del ojo, y definitivamente en el carácter, pues siempre habrá uno más dado a la acción y otro más introspectivo e inclinado a la observación. Qué riqueza, lo humano: en su variedad nos ofrece un espectáculo que nadie debería perderse. La sociedad de consumo y de masas intenta uniformarnos, crearnos a todos los mismos hábitos, hacernos esclavos de las modas y, por consiguiente, vestirnos de la misma manera, hacernos ir a los mismos sitios y pasar de la misma forma nuestro tiempo libre, esa parte del día donde se descansaba y ha desparecido por la invasión de las compañías tecnológicas (trabajamos gratis para ellas). Frente a este intento de dominación de nuestra libertad hay personas que se rebelan, más de las que podamos pensar. Son los creadores, los imaginativos, aquellos que nunca han olvidado el niño que fueron y son capaces de jugar con otros y con las ideas que se les ocurren, con los hijos de su imaginación. Cuando aquel profesional del tatuaje transformaba su cuerpo seguía una moda de la forma más extrema posible, pero al mismo tiempo ofrecía su piel a la creatividad suya y de otros y expresaba su rebeldía a los comportamientos más conservadores.

Nuestras ciudades nunca han sido nuestras. Nosotros no tenemos ningún derecho de propiedad de las calles y de las casas de los otros. Los índices de natalidad de las mujeres europeas han descendido por razones que a nadie se le escapan —uno de ellos, nuevo de pocos años, es la preocupación por el futuro del planeta y, por lo tanto, por la vida de ese niño si nace—, pero todos los países desarrollados necesitan población, sobre todo trabajadores. Ese aporte demográfico está viniendo de otros continentes. Nuestras localidades se llenan de familias nuevas poseedoras de otras culturas que tienen el mismo derecho que nosotros a estar aquí y a hablar su lengua. Son diferentes, diversos, pero iguales a nosotros, tan humanos como cualquiera y merecedores de nuestro respeto. No vienen a quitarnos nada. Nuestra sociedad, ahora, es multirracial y de apariencia abigarrada, nunca ha sido tan rica ni ha estado tan llena de atractivos. La diversidad cultural es una riqueza que todos, sin excepción, debemos apoyar.

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