El lugar de Mesopotamia

El mundo de la docencia y las conferencias ha cambiado notablemente. Hemos pasado de acudir a la disertación de una persona, que apoyaba su discurso en un guion que solo ella miraba —ocasionalmente, cuando era imprescindible, mostraba mapas o reproducciones de obras de arte—, a la asistencia a una sesión de powerpoint. El antiguo orador, una persona capaz de atraer y sostener nuestra atención durante un periodo prolongado de tiempo solo con sus gestos y su palabra, prácticamente ha desaparecido. El arte de la elocuencia, materia que debía formar parte de los estudios de cualquier persona a la que se quiera educar bien —una técnica conocida y sostenida desde la antigüedad clásica (el diccionario la define como «facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir»)—, ha dejado de interesar a muchas personas. En los países anglosajones, desde donde parece venir todo lo bueno y lo malo desde hace doscientos años, se cuida un poco, todavía: durante la enseñanza media se aprende a debatir, o se aprendía. Pero la realidad es tozuda. Desde hace varias décadas, cuando uno acude a una conferencia o clase se encuentra sentado frente a una persona que mira un ordenador, donde lee en voz alta el contenido de las páginas que van pasando también en una enorme pantalla. Concluida la clase, en su caso, el docente manda a los alumnos el archivo del powerpoint que ha pasado en la pantalla y él ha estado leyendo. A este le añade a veces algún pdf que pueda resultar de interés, algo cortito, no se vaya a aburrir el alumno, pobrecito. Eso es todo. La enseñanza universitaria ha dado un cambio en los últimos cuarenta años, puedo dar fe de ello, impresionante. Un cambio a peor. Es preciso recuperar la palabra, la magia del discurso hablado, su poder multifuncional. Resulta completamente necesaria una «despowerpointización» de las clases y los actos públicos, aunque a estas alturas, después de una inercia de décadas, sea muy complicado conseguirlo. Si la persona que pronuncia la conferencia o clase no posee facilidad de palabra o, por falta de práctica, todavía no ha superado el miedo escénico, resulta infinitamente preferible que lea un texto extenso y los asistentes al acto tomen notas, si lo desean, a que vaya pasando pantallas en las que aparecen imágenes acompañadas de unas pocas frases que él va leyendo. Parece que ahora, después de varios milenios de cultura escrita, nos hayamos vuelto simples, inhábiles, incapaces de leer o de comprender un mensaje que solo usa la palabra, y necesitemos alguien que lo haga por nosotros. Textos, además, y por lo general, muy cortos para el tiempo de contemplación, que bastaría para leer otros que quintuplicasen su tamaño. No quiero pensar que el uso de estos métodos de exposición esconde una incapacidad manifiesta por parte del interviniente, cosa que también podría ser. Desde luego, eso sí, su empleo demuestra una falta de respeto a la inteligencia del público, que acude al acto buscando algo de cierto nivel. Pero, aunque sean mayoría, no todos los docentes y conferenciantes abusan de esta manera de exponer. En descargo de los primeros hay que decir que tampoco tienen tiempo para preparar las clases con rigor por el increíble aumento de exigencias burocráticas que han sufrido en las últimas décadas. Entiendo que un partido en el poder crea conveniente para su supervivencia la existencia de un creciente cuerpo funcionarial puramente administrativo, una legión de votantes fieles que debe justificar de alguna manera su contratación, pero no abrumando con papeleo a los ciudadanos, en especial a los docentes, que tienen a su cargo la formación intelectual de los adultos del futuro. A los profesores hay que dejarles respirar: necesitan tiempo para investigar y preparar las clases adecuadamente. Y, por cierto, su sueldo no guarda proporción con la importancia de su cometido, una misión fundamental, constructora de la base —el fundamento— intelectual de las personas. Es una vergüenza la escasez de recursos dedicados a educación. Imaginen de dónde se podría detraer el dinero, de qué partida.

Otro aspecto llamativo en la forma actual de transmitir la cultura es la pérdida de los referentes intelectuales, de la autoridad. Para explicar la forma del planeta o enseñar a los niños dónde está Mesopotamia ya no se recurre a una esfera del mundo, aquella que solía estar en la mesa del maestro y todos queríamos tocar. Las pizarras de tiza parecen haber pasado también a la historia, y tantas otras cosas, sustituidas por métodos más eficaces, a menudo digitales. Pero ese cambio tecnológico, bueno en principio —no se trata de ser tecnófobo—, ha traído con él la muerte del conocimiento. La fuente fidedigna, de prestigio, la auctoritas, ha perdido su valor. Hoy tiene más peso en la búsqueda de información sobre cualquier tema la contenida en las webs mejor posicionadas en la página de resultados del buscador de turno. El ciudadano medio, esto es, la inmensa mayoría, queda satisfecho con la lectura de un texto escrito por cualquiera e ignora el trabajo de aquellas personas que han dedicado al estudio de la materia en cuestión toda una vida, los verdaderamente preparados, las autoridades en la materia. El uso de aplicaciones como ChatGPT solo va a empeorar el problema. 

El relato distópico más pesimista se quedará corto. Los manipuladores vencerán y, lo peor de todo, también convencerán, pues conquistar a una masa aborregada es bien sencillo si sabes manejar sus emociones y dispones para ello de la tecnología adecuada.

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