Poesía a puñetazos: John Wick 4

Que las infinitas escaleras que suben a la iglesia del Sacré Coeur en París como escenario de Keanu Reeves en su traje impoluto vertiginosamente ejecutando tipos a diestro y siniestro, a pistoletazos y puñetazos, sea en espíritu un natural proseguimiento de lo que el artículo de la semana pasada comentaba sobre Chaplin y los grandes genios pioneros del cinematógrafo es suficiente razón para hacer un último clamor en palabras a una de las más alucinantes y extraordinarias sagas de acción que se recuerden, así como de su cuarta entrega que sobradamente pasa el listón como una de las mejores películas que pasaron por la gran pantalla en 2023: John Wick 4. 

El chiste sobre los comienzos del ahora icono de acción moderno encarnado por el gran Keanu Reeves acerca del asesino imparable que comenzó su venganza a gran escala –grande no, grandísima– a partir de que asesinaran a su perro está justificado a medias. ¿Por qué? Porque así como suena, es tan disparatado como brillante. Pero ante todo, es original, un factor que conllevó a esa primera entrega a alzarse sobre miles de películas de acción de misma etiqueta y que resultan casi siempre aburridas. Un giro de tuerca sobre la trama de venganza bien construida y que, sorprendentemente, empujaba a todo aquel que la viera a seguir a John Wick hasta el final con una venda en los ojos, porque ese perrito no era una mera excusa argumental, sino el regalo póstumo de su mujer que falleció. La última muestra de cariño desde el más allá de la única persona que lo quiso, arrebatada a sangre fría por unos matones rusos que no eran más que un recordatorio de la implacable y cruel vida que para siempre iría unida al protagonista. A partir de ahí, la propuesta daba rienda suelta al verdadero meollo de la saga: la acción. 

La escalada imparable de la franquicia ‘John Wick’, nacida en el miedo al abandono en la distribución DVD y ahora convertida en una franquicia referente en la reinvención de las action movies, es sólo superada por la gradual ambición en la apuesta magistral de sus películas. El equipo que se ha mantenido detrás de la producción de las cuatro películas dirigidos por Chad Stahelski (coordinador de dobles de riesgo convertido en director) han conseguido expandir el lienzo del género hasta límites inimaginables sin bajar el listón en ningún sólo minuto (las cuatro entregas acontecen seguidas en el tiempo). Desde aquel momento en que Keanu Reeves se despojara de toda formalidad y mostrara bajo la mampara de su ducha los tatuajes en su espalda que sugerían que no estábamos ante un cualquiera, la escenografía de las situaciones violentisimas en las que John Wick se desenvuelve no han hecho más que descolocar más y más lo que un encuadre puede abarcar. La primera entrega arrasó también por la forma en la que la acción se presentaba, como si hubiera un respeto implícito en los cineastas ante la misma, rodada en amplios planos generales y sin cortes. La coreografía era inmaculada. La poesía en el movimiento en la forma de disparar y en el cuerpo a cuerpo no dejaba de mejorar porque cada adversario al que Wick se enfrentaba era más duro que el anterior, y por ello tenía que ingeniárselas para hacer las mayores brutalidades con la mayor eficiencia posible. Las luces vivas de neón y la música electrónica se añadían y se adherían de manera tan natural que la acción mutaba en poesía. Sin alejarse apenas del género musical, que junto con la acción  pienso que, en su mejor expresión, son las dos caras de una misma moneda (véase el ‘West Side Story’ de Spielberg) Y así, sucesivamente, la saga no ha dejado de ir a mejor, a más grande, más violenta, más estética.  

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John Wick 4 es una culminación de todo aquello que sus predecesoras han establecido. Una demostración ante todos aquellos que reducen al cine de entretenimiento como sólo eso están, en efecto, equivocados. Hace unos días decía el director Denis Villeneuve (“Dune”, “Prisioneros”, “Blade Runner 2049”) que detestaba el diálogo y que él siempre abocaría por el lenguaje visual puro y duro. Con esto estoy de acuerdo a medias, pero sí es cierto que a menudo pasa desapercibido el hecho de que el cine es un lenguaje visual ante todo. John Wick 4 aboca por eso a golpe de puñetazo y de balas incendiarias. Una olla a cocción de fuego abrasador y más furiosa que todos los ‘Rápidos y furiosos’ que parece un tablero a rebosar de ideas de la imaginación de un crío dibujando garabatos. Como si nadie hubiera rodado una puñetera película de acción jamás y este fuese el primer experimento. Desde el claro homenaje a Sergio Leone (y no sólo en los duelos) y a Lawrence de Arabia, el luchador ciego de Donnie Yen (inmenso), los perros, los ninjas, los arcos y flechas, los nunchakus, los coches, Scott Adkins en traje engordado y dientes dorados, la radio a modo de ‘The Warriors’, hasta la secuencia del plano cenital de Keanu Reeves pulverizando a todos de habitación en habitación con un arma que dispara fuego. Y claro está, el espectacular canto de amor a la fisicalidad ya casi perdida que comenzaba en Chaplin y Keaton con dobles de riesgo inundando la pantalla cayéndose y recibiendo golpes por los 197 escalones del Sacré Coeur. Más que una simple película de acción palomitera “sin guión” – entre comillas porque el guión no es diálogo, es estructura – es una dedicatoria trabajada hasta el último aliento por las maneras más clásicas de hacer cine. El cine de los dobles, expertos de artes marciales y volcamientos de coches. Acción desmedida en repetición hasta tal punto de hacer desaparecer las palabras durante larguísimos ratos como si de repente se transformara en muda. Es tal la exhibición de cine, que está nominada a 0 Oscars. Como si estuvieran por encima de esto.

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