Partir

Debe ser cosa de los años que no, o casi no percibo la diferencia entre aforismo y refrán. Sin embargo, de alguna parte de mi cerebro me llega un soplo susurrándome que, a diferencia del aforismo, hay refranes que pueden ser cuestionados, al menos en parte.

Sin que yo pusiese intención en ello, se me puso delante el refrán «No se es de donde se nace, sino de donde se pace». Y la siguiente reflexión sobre el mismo me condujo a la conclusión de que me asiste por lo menos una razón para poner en solfa dicho refrán.

El sentido figurado dado al verbo pacer en este refrán, no debe limitarse al estrecho concepto de nutrirse, alimentarse. Hay que contemplar también relaciones de trabajo, relaciones sociales, de ocio… con las que el refrán llenaría el amplio ámbito de la vida humana. 

Hay circunstancias que, por razones de subsistencia, de mejoramiento, obligaciones profesionales, entre otras, inducen a personas a cambiar de emplazamiento. A éste se llega temeroso de no encontrar lo que se busca, pero también esperanzado en el propósito de mejorar su futura vida. 

Durante el posicionamiento inicial comienza el periodo de adaptación a los usos y formas de vida del nuevo lugar y, poco a poco, se le va cogiendo apego al sitio y a su gente, se enraízan mente y corazón e, incluso, se forma familia. Y nace asimismo el sentimiento de pertenencia, es decir, de ser ya hijo de la tierra de acogida.

Parece que el refrán se ha cumplido, pero, en realidad, aquí es donde quiebra. El individuo trae raíces de su origen, donde despertó a la vida; donde dio los primeros pasos; donde jugó sus juegos infantiles; del colegio, del instituto, donde dejó familia y amigos. Experiencias que determinaron su carácter y peculiaridades personales, las cuales yacen en la capa más honda del palimpsesto de la memoria, en la que permanecerán prisioneras del tiempo.

Acá, allá, acullá, no importa adónde vayas, la naturaleza te atrapará en su ciega tarea y te aplicará su ley inexorable. Sus días transcurren sin detenerse generando un pasado en el que situamos nuestra juventud, un bien que se pierde para dar paso a la madurez y ésta, a la vejez.

La vejez puede partirse en ancianidad andante o activa, por una parte, y decrepitud incapacitante, por otra.

Antes de llegar al extremo, y en prevención de desventuras imprevistas, es aconsejable anticiparse y buscar soluciones para afrontar las dificultades que irremediablemente se presentarán en un estado de vejez avanzada. Entre las soluciones cuentan ponerse bajo la asistencia de cuidadores, o el ingreso en un centro de mayores para ser atendido por profesionales. No obstante, es frecuente que algún miembro de la familia rechace las soluciones antes señaladas y asuma valerosa y generosamente poner bajo su custodia el cuidado de su envejecida ascendencia, inmersa ya en la soledad. 

Momento de partir. Es fácil adivinar el sentimiento suscitado por el abandono del hogar con todas sus pertenencias, la tertulia, el aperitivo en el bar de enfrente, la farmacia de abajo, la peluquería de la esquina, la tienda, las calles tantas veces transitadas… Es sentir la melancolía que anuda la garganta y humedece los ojos.

Sin embargo, a medida que se dobla el destino, una nueva perspectiva aparece en el horizonte: la prometedora percepción de convivencia con la familia unida en el mismo hogar. Entonces el camino se orla de colores, la luz rutila en el horizonte y la melancolía languidece y se disipa. Y sin vaciar mente ni corazón de las experiencias vividas, se tiene la agradable sensación de que en la muda habrá compensación de lo perdido con lo ganado. Una nueva oportunidad para el contacto físico y afectivo cotidiano y permanente con la familia.

– Un beso, buenas noches. – Buenos días, ¿te apetece un zumo? -Un beso, volveré a la hora de comer. – ¡Eh! Y vosotros, ¿adónde vais? Portaos bien. -Descuida, abuela…

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