Niña en mitad del caos

Llora una niña con la cara manchada de tierra, de sangre, de guerra. Su padre la abraza. Lloran juntos. Poca vida para tanto asco, pocos años para descubrir que el ser humano es el más estúpido de los animales, el que es capaz de destruir conscientemente, el que hace de su fanatismo adulto una espiral de odio y de caos. Llora la niña y ve por las calles, lo que eran calles, a gente que se ha acostumbrado a vivir sin pensar en el siguiente segundo, en lo que puede impactar al lado suya, en las cosas que se dejarán si no vuelven a abrir los ojos. La supervivencia lo inunda todo, el amoldarse al lodazal, el hacer la vista a lo inhumano y el oído a los ruidos del infierno. 

Suena esa alarma, pero ya no suena como el primer día, ahora es normal. Suena a rutina en mitad de la odisea. Tiene edad, la niña, de reír a diente mellado, de jugar con amigas y llegar a casa destrozada. Tiene edad de ser caprichosa, de que sus padres la consientan, de que la mimen. Tiene los años de la inocencia que se agota, ese limbo entre el ayer y el hoy, entre la nena y la mujer. Pero los intereses y los dineros no entienden de edades, solo de beneficios a costa de ruinas, solo de victorias a cambio de miedo. La niña no ha perdido la niñez, no se la ha dejado en la discoteca o en la parte trasera de un coche. A la niña le han arrebatado la niñez, le han borrado el destello divertido y travieso de su mirada. 

Ya no hay niña, solo hay una persona a medio hacer, madurando entre polvo y escombros. No tiene ese miedo irracional de las crías más chicas, tampoco el aplomo del que ya se ha mojado los labios con la independencia y la libertad personal. Está en la jungla de los hombres, abrazada a su padre. Ha muerto alguien que conocía, alguien que jamás tuvo tiempo para reflexionar e imaginarse que algún día moriría. Piensa que antes estaba y que ya no está, piensa en que ella podría también dejar de estar. Deja de pensar. Lo efímero filtrándose sobre lo convulso, la seriedad dominando los silencios. Silencios internos para alguien que estaba acostumbrada a hablar y gritar. Su padre la abraza, pero llora igual que ella. Ver llorar a su padre le da miedo y a la vez le consuela, pero también le da pena, y le vuelve a darle miedo. 

Todo son emociones rebotando entre sus sentidos, un cóctel de veneno. Pero está allí, y ya no le quedan lágrimas. Llora sin llorar, vive sin saber su vivirá. Tiene edad, la niña, de reír a diente mellado, pero la guerra le ha hecho que su subconsciente acepte que vive en el alambre, que el peligro ahora es un lugar por el que transitar, su propio hogar. Ella no entiende ni quiere entender el porqué de tanta sinrazón, de tantos cuerpos inertes en el suelo, de tanta pena en los ojos ajenos. No lo entiende, pero tampoco quiere que se lo expliquen. Quiere que se callen las sirenas, quiere despertarse mañana y que su padre no llore, que quien se fue no se haya ido, que haya vuelto. No te he dicho si es en Israel, Palestina, Ucrania o Rusia. Da igual, llora una niña con la cara manchada de tierra, de sangre, de guerra.

Santi Gigliotti

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