El dolor del olvido

El pasado martes, durante la celebración de la Eucaristía en recuerdo de Alberto y Ascen, me vinieron a la memoria las palabras que el Cardenal Fray Carlos Amigo pronunció en el Funeral celebrado en la Catedral, hace veintiséis años: “desde nuestra fe cristiana podemos perdonar y hasta deseamos poder quereros como hermanos. Pero vosotros, los que tanto dolor y tanto mal nos habéis causado, no nos podéis pedir que renunciemos a la justicia y a buscar sin descanso, y por todos los medios legítimos, la paz que tanto deseamos”. Justicia y misericordia, vino a decir nuestro recordado Cardenal. A lo que yo, humildemente, añadiría: y recuerdo. El olvido es la victoria de los asesinos.

Los datos son estremecedores. 853 muertos, 2632 heridos, 86 secuestros, más de 3500 atentados y 7000 víctimas. Y, por si fuera poco, 377 crímenes sin resolver. Más de 40 años de terror desde aquel primer asesinato del joven Pardines en 1968, hasta los últimos de 2009 de Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salva. Guardia Civil el primero, guardias civiles los últimos. En medio de esa tragedia, más compañeros, policías nacionales, locales, ertzainas, mossos, políticos, catedráticos, jueces, fiscales, ciudadanos anónimos, niños El exministro Juan Ignacio Zoido, durante su etapa en Interior, recordaba cada noche a las víctimas del terrorismo y eran muy pocas las libres de tragedia. Yo escribo hoy en memoria de Alberto y Ascen, pero casi todos los días del año hay un triste aniversario que recordar.

Decía Ignacio Camacho, en aquellos días de dolor sevillano, que a una persona se le mata dos veces, con la muerte y con el olvido. Muchos jóvenes, universitarios, no son conscientes de la tragedia que ETA ha supuesto para nuestro país. El 60% no conoce a Miguel Ángel Blanco y el 70% no sabe quién es Ortega Lara, dos símbolos inolvidables de estos años de plomo y terror.

Sufrimos en la actualidad otro tipo de terrorismo, el del blanqueamiento de los hechos, de sus autores y de quienes los apoyan. Antes, en aquella tierra muchos actuaban como si ETA no existiese y ahora como si nunca hubiera existido. Y a los que dieron la cara, ya sabemos cómo les fue.

No podemos permitir el olvido. Es inadmisible que nuestros planes de estudio no recojan esta tragedia de la historia de España. Patria, el libro de Fernando Aramburu, que tan bien relata el dolor de aquellos años, debería ser lectura obligada en todos los colegios. Muestra de manera impecable el desprecio a las víctimas y la soledad que sufrieron. Es necesario que las nuevas generaciones conozcan lo que ocurrió. No debemos asumir el relato de la lucha del pueblo vasco, simplemente porque es falso. En España no hubo lucha, hubo terrorismo. No era un pueblo oprimido sino un grupo de asesinos que mataba sin motivo ni razón. Como padres, tenemos la obligación de contar a nuestros hijos lo que sucedió, los que estaban en un bando y los que se quedaron en el otro. Aquí no haymedias tintas. O con las víctimas o con los verdugos. Se lo debemos a los que perdieron su vida y a sus familias. El olvido es la victoria de los asesinos y ese triunfo nunca lo debemos entregar.

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