Treinta y tres pinganillos

La icónica foto de los 33 pinganillos de Vox escenifica a la perfección lo sucedido hoy. La guerra de los nacionalismos. El de la España intransigente, que niega toda realidad que salga de su marco mental, contra el vasco, el catalán y el gallego. Todos iguales de extremos, ridículos y dañinos. Los de Abascal, fieles a su cita con el caos y la pataleta, han decidido echarle alcohol al fuego. Es de lo que viven los nacionalistas, del despiporre y la performance. Y, ojo, que la de hoy me ha parecido de las mejores que les he visto ejecutar. Es innegable que es potente la imagen de los cachivaches apostados en el escaño vacío del presidente, pero es contraproducente. Y ellos lo saben. De la misma manera que saben que la necesitan para vivir en el corto plazo. Se desintegran, y en su afán por evitar la debacle, vuelven a darle a sus oponentes, si es que el PSOE y los independentistas lo son, un balón de oxígeno. Son el niño haciendo ruido para que les hagan casito, son los exaltados que se marchan de una discusión creyendo que así la ganan, son la gasolina de Sánchez. Rehuir un debate, por más flagrante e injusto que te parezca lo que hace y argumenta la parte contraria, es perder. Si tu discurso y tu postura es que se están utilizando las lenguas para dividir a los españoles y para dificultar el entendimiento y la convivencia, perfecto, defiéndelo, debate. Ahora bien, si lo que en realidad te preocupa es el titular, el teletipo y el protagonismo, adelante, haz el cani una vez más. Dale alas a los que dices combatir. De esta manera, sigues alimentando la división, el entendimiento y la convivencia que dices defender. 

Hoy hemos vivido la confrontación entre dos postulados que quieren dinamitar España. Dos nacionalismos de golpes en pecho. Dos facciones que quieren un país a su medida. Borja Sémper ha intentado poner cordura con el discurso más inteligente de la mañana. Ha hecho un tramo de su intervención en euskera, reconociendo la persecución que sufrieron antaño las lenguas, pero ha puesto negro sobre blanco el disparate del teatrillo de los pinganillos, que no solo queda en un triste gesto de cara a la galería de un gobierno en funciones que transacciona con sus secuestradores, sino que además dificulta el entendimiento entre españoles y el dinamismo de las sesiones. Esto, lo del entendimiento entre españoles, ha quedado claro en una escena a las puertas del Congreso, donde Oriol Junqueras ha caído en su propia paradoja cuando ha lanzado el dardo de la amnistía a Sánchez en un perfecto y fluido castellano. Para que no haya dudas ni malentendidos, para que nos enteremos todos. Así se las gastan, la pela es la pela, y para lo que nos interesa, somos capaces de hacer el esfuerzo de hablar en español.

Esto no va de un ataque a las lenguas, somos muchos los que celebramos la riqueza cultural y animamos a defender la identidad. Esto va de ser prácticos y usar el idioma que nos une a todos, de no pasarse por el arco del triunfo el reglamento del Congreso, y de no cambiar radicalmente de postura porque babeas por 7 votos. Ahí está el tema, porque, no nos engañemos, si Sánchez no necesitase de Puigdemont, jamás habría existido el esperpento de hoy. Esto no entraba en los planes de nadie. El presidente ha decidido intentar salvar el matchball sabiendo que lo más seguro es que Europa le desmonte el tinglado. Y lo hace mientras asumimos la presidencia de la UE. Es un ridículo, otro más, espantoso, pero el sanchismo es tacticismo y cortoplacismo.

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Realmente, lo que venían a defender hoy PP y Vox venía a ser lo mismo. Pero unos de una manera y otros de otra. Unos con la palabra y el argumento y otros con el jaleo y el show a la manieri de Rufián en sus mejores épocas. En las bancadas, de izquierda a derecha, hoy debería haber habido un debate coherente y sosegado sobre el multilingüismo, y no el concierto de grillos que hemos presenciado, más parecido al comedor de un colegio de infantil que al hemiciclo de un país normal. Se puede estar a favor o en contra de que se hablen varias lenguas, pero me parece precipitado abordar esto cuando no son capaces ni de tratarse con el mínimo respeto y educación que se despacha entre los propios representantes públicos. Al final, es un debate estéril porque con tanto ruido no vamos a saber si se habla una cosa u otra. Yo, como los de Vox, al rato de ver el bochorno, me he levantado del sofá, he apagado la tele, y he dejado el mando delante del escaño donde descansa mi televisor. Pero yo no tengo un compromiso con la tele, ni me pagan por rebatirla, y cuando trato de defender mis puntos de vista, no huyo malhumorado. Hoy iba a estar de acuerdo con ellos, pero ni aún hablando el mismo idioma, he conseguido entenderlos. A España no hay quien la traduzca, porque los que hablan por ella, gritan unos encima de otros.

Santi Gigliotti
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