La niñera

La Casona de Calderón

Son las siete de una fría mañana de este invierno, y estoy sentado en una estación de autobuses intentando no recordar. Pero los rostros y las voces de los hombres que al otro lado de la calle salen de sus coches para formar un corro que crece por momentos, no me ayudan a conseguir mi propósito.

He aquí lo que recuerdo.

Era sábado, ella sonrió, y aquella sonrisa iba dirigida hacia mí. Esquivando borrachos y bailarines cansados llegué a su lado. A esa hora de la noche quedaban ya pocas personas en la pista de baile. Hablamos, esperé a que terminara su copa, y entonces le hice la pregunta: ¿Quieres venir conmigo a dar una vuelta?

Lo que más y mejor recuerdo de los sábados de aquel verano es verla cerrar sus ojos cada vez que acercábamos nuestras bocas para besarnos. Sin necesidad ya de preguntas previas, salíamos de la discoteca, caminábamos por una, dos, tres calles aún sin asfaltar de aquel polígono, y allá, al fondo, entre una cochera y la parte trasera de una carpintería, un trozo de tierra abandonada y oscura.

Aquí, dijo. Cogió mi brazo y entramos.

¿Tienes uno?, preguntó. Yo abrí mi cartera, lo saqué con cuidado, y se lo mostré.

Hacía calor. Mucha. Gotas de sudor resbalaban por mi espalda.

Por la mía también, dijo.

Apoyó su espalda en la pared. Sonrió. Y entonces cerró sus ojos, y yo sentí la frescura de su piel en mis manos.

Los hombres hablan entre ellos. Van abrigados, con gorras y braga al cuello. Algunos fuman. Desde aquí puedo ver cómo el vaho y el humo salen de sus bocas.

Sigo mirando. El de más edad está en el centro del corro. No lleva guantes, ni gorra. Sí lleva mascarilla, y mueve las manos mientras habla. Sé qué dice en este momento. Lo que ordena, lo que planifica. Tú y tú a una hilera, y tú y tú a la otra. Tú prepara los fardos y vas repasando los suelos con las mujeres. Tú estarás las dos primeras horas con la máquina. Durante unos meses formé parte de ese corro veinte años atrás.

Son dos niñas, dijo. Las hijas de mi hermano.

La discoteca cerró sus puertas hasta el próximo verano, los sábados en aquel polígono acabaron, y ella y yo continuamos viéndonos.

He estudiado mi carrera en Granada, siguió contándome. Me ha costado mucho esfuerzo, pero la he terminado a principios de este verano.

Quise felicitarla. Decirle algo como… No pude. No era el momento. Pensé que necesitaba hablar, y que alguien la escuchara.

Mis padres dicen que tengo que cuidar a mis sobrinas por las mañanas, dijo. Como este año ya no tengo que volver a Granada, debo estar lista para cuando mi hermano y mi cuñada las dejen en casa antes de ir al campo a trabajar.

Me miró. Quizás esperaba a que yo dijera algo.

Su hermano y su cuñada tenían dos hijas. La mayor de tres años de edad, la menor acababa de cumplir dos. Tanto el padre como la madre de las niñas trabajaban de lunes a sábado en la campaña de la aceituna. Algunas semanas, también los domingos.

Quizás conozcas a mi hermano, dijo.

Aparto la mirada de los hombres, para dirigirla hacia los coches. Hacia las sombras resguardadas del frío y adormiladas en los asientos.

No lo conocía. Lo conocí meses después. O mejor dicho, me hablaron de él. Sin graduado escolar, moto para arriba y moto para abajo, carnet del coche a los dieciocho, y la novia embarazada de su primera hija antes de que ambos cumplieran los veinte.

En todo el tiempo que nos vimos, nunca le pregunté qué sentía cada mañana estando al cuidado de dos niñas, y ella nunca volvió a hablarme sobre su hermano, ni sobre que sus padres le repitieran cada sábado no tardes en recogerte, que mañana domingo debes quedarte al cuidado de tus sobrinas. Nosotros no hablábamos de esas cosas. Nosotros nos dedicamos durante aquellos meses a beber y bailar cada sábado, a cenar cada domingo en la antigua pizzería de la calle San Pedro.

¿Tienes uno? Algunas noches era yo quien preguntaba, en otras preguntaba ella. Algunas noches era yo quien lo sacaba, con cuidado, de mi cartera; otras noches lo sacaba ella, con cuidado, de su bolso o de algún bolsillo de su pantalón.

Oigo el sonido de un autobús deteniéndose a mi espalda. Cojo mi mochila, y me dirijo hacia la puerta de salida intentando olvidar al hombre, al corro, y a las sombras en el interior de los coches.

También intento olvidar preguntas.

Me acomodo en el asiento pegado a la ventanilla. El autobús reanuda su marcha. Entramos en la autovía.

¿En qué momento dejó de sonreír? ¿Por qué no hice un mínimo esfuerzo por saber qué pasaba por su mente la primera vez que la vi besarme con los ojos abiertos?

Está amaneciendo.

Al otro lado del cristal, hombres y mujeres trabajan entre los olivos.

Podré dormir algo durante el viaje. O eso intentaré.

 

Álvaro Jiménez Angulo

 

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