El ratoncito Pérez

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Hoy he terminado el día con un diente menos con que lo empecé, y me he dicho a mí mismo, que ya que uno escribe cartas a la Administración de Hacienda, al Instituto Nacional de la Seguridad Social, a la Dirección General de Tráfico, etc. etc. y todas con parecidos y exiguos resultados, por qué no escribirle a este personaje que, al menos, te deja un caramelo relleno de amor y ternura a cambio de un diente que ya no sirve.

Porque hoy me ha venido a la memoria una noche del invierno del 1958 o el 59, cuya sola íntima evocación, me rescata de los momentos más esteparios de mi alma de ahora y me devuelve la paz tan necesaria.

Posiblemente, fue aquel el invierno más lluvioso que haya conocido, hasta el extremo que mi padre y yo, que por entonces tenía seis o siete años, nos quedamos aislados varios días en un cortijo por lo impracticable de los caminos.

Mi madre y mis hermanos estaban en Osuna.

Nosotros, nos habíamos quedado al cuidado del ganado: Había que sacar las cuadras todos los días, quitar las “tornas”, echar paja al menos dos veces al día…y dar agua, ¡como si faltase!

El agua caía y caía y no parecía que fuera a escampar nunca.

Así llevaba un día y otro, y en estas que a mi se me cayó un diente.

Mi padre que era un hombre recto, serio y bueno, en absoluto sabía expresar sus sentimientos.

Y mira por donde, aquella noche fue la oportunidad de descubrir la ternura que albergaba, y puesto que no era capaz de expresármela despierto, sí que lo hizo cuando él creía que yo estaba dormido.

Después de haber cenado lo mismo que almorzamos y cenamos el día anterior, dadas sus escasas habilidades culinarias, recuerdo que me envió a la cama a eso de las nueve de la noche, dejándome el encargo de poner el diente envuelto debajo de la almohada, “por si venía el Ratoncito Pérez”.

Él se quedó a la lumbre en compañía de una radio de transistores esperando que me durmiera.

Yo por mi parte permanecía despierto y callado, inquieto por saber qué pasaría con mi diente.

Cuando mi padre calculó que yo ya estaría dormido, se fue hasta el cuarto y con la mano temblorosa -en mi familia, el temblor nos lo pasamos de unos a otros- cambió mi diente por un caramelo.

A continuación me dio un beso.

Posiblemente uno de los besos más dulces que haya recibido en mi vida.

Mientras, yo me hice el dormido para que fuera el Ratoncito Pérez, y no mi padre, quien cambiara el caramelo por el diente.

Hoy, estoy seguro que a cambio del diente que no terminó el día conmigo, el Ratoncito Pérez me ha traído ese trozo de la memoria que me sabe tan bien como el caramelo de entonces…

Y el beso de mi padre.

Comentarios

AUTOR

Quizás también te interese…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *