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Perico Girón se enamora (III)

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Los señoritos eran cinco, dos varones y tres hembras. La mayor de todos se llamaba Josefa Manuela. Luego venían Joaquina, Francisco de Borja —el heredero—, Pedro e Isidra Manuela, Manolita. El maestro Goya hizo un retrato de la familia en 1788 pero ahí falta Manolita, que no había nacido aún. Goya iba mucho por casa y fue retratando uno a uno de manera individual a todos los miembros de la familia menos a Pedro, que iba a seguir un camino distinto hasta para eso.

Al señorito Pedro lo llamaba la madre Perico y nosotros señorito don Perico. Nació un tiempo después de haber subido yo las escaleras y encontrarme con don Cayetano por primera vez. Empezó a caminar con apenas once meses y con año y medio, por muy peregrino que parezca, era capaz de mantener una conversación. Desde el primer momento fue el preferido de la madre, y eso se notaba. Era el más fuerte. Y el más listo. Había nacido durante un viaje de la madre por tierras de Zamora, cerca de Benavente. Allí le vinieron a la madre los dolores del parto y no hubo sino echar el carro a un lado del camino, salir los hombres de él y ocuparse del parto la dueña Dolores, que servía a la condesa-duquesa desde que esta era niña. Contaban que el niño había nacido de dos empujones de la madre y era al nacer hermoso, de grandes y abiertos ojos negros.

A los tres años, y junto a su hermano, Perico empezó a recibir clases de Diego Clemencín, un estudiante murciano que dejó el seminario para venir a ocuparse de la educación de los señoritos y ya no volvió más a él. Entonces Perico era un niño regordete de pelo rizado y expresión risueña que costaba mantener sentado de tan inquieto como era. Durante los primeros años de educación —hasta los quince—, los dos señoritos recibieron clases de lógica, metafísica, latín, griego, francés, inglés, italiano, redacción, filosofía, derecho, bellas artes, letras humanas y divinas, dibujo, pintura, baile, piano, violín, matemáticas, física, fortificación, estrategia militar, poliorcética, política y economía. Muchas de las materias eran impartidas por el mismo Clemencín. Otras, como dibujo, pintura, baile, piano o violín, que requieren habilidades extraordinarias, fueron encomendadas a maestros consumados de esas artes. Aquellos niños recibieron la educación más esmerada que cabía en la España de entonces, lo que viene a ser lo mismo decir que recibieron una de las educaciones más esmeradas posibles.

Sobre el año 1800, el duque don Pedro recibió el nombramiento de Embajador de su Majestad Carlos IV en la corte de Viena. Don Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco era por entonces un hombre cuyo aspecto no correspondía a su edad. Los años de su juventud habían sido pródigos en hechos bélicos y él había participado en muchos, como correspondía a su posición y su rango. Una guerra siempre es una guerra e implica incomodidades y riesgos para todos, también para los poderosos. La duquesa era mujer amante de su marido. Poco después de casados, tras una sucesión de embarazos que no llegaron a buen término, y de hijos muertos a los pocos meses de nacer, había hecho por estar a su lado para mitigarle las penas de las batallas. No había servido de mucho. Con aquella edad, cuarenta y cinco años, el duque tenía el pelo ya completamente cano y una barriga demasiado pronunciada debido a su gusto por la comida y las largas sobremesas junto a los habituales de la casa. Entre estos se contaban Iriarte, Goya, Clemencín, Moratín, Jovellanos y don Ramón de la Cruz, que aun viejo y achacoso frecuentaba el palacio por el aprecio que tenía a los duques y los duques le tenían a él. Perico Girón y sus hermanos habían tenido familiaridad con todos ellos, no había niños en Madrid más ilustrados.

El viaje a Viena comenzó por París, a donde se encaminó toda la familia en pleno enero. El sequito estaba formado por treinta personas entre las cuales tuve el honor de figurar. La jornada fue larga y difícil. Los caminos estaban tan malos, los puentes tan destruidos por el empuje de las aguas, los bosques tan infestados de ladrones, que tardamos casi tres meses en llegar a París. En Burdeos permanecimos más de diez días, obligados por la necesidad de reparar los coches. Acostumbrados al Manzanares, el Garona, ancho y turbulento, nos impresionó como no haría ningún otro río en la vida, ni el Sena ni el Danubio, que finalmente solo contemplamos en grabados. Llegamos a París con el peso de un miedo terrible a los revolucionarios. Nada más bajarnos de los coches, frente a la residencia de los Infantado en rue Saint-Florentin, encontramos esperándonos a don José Nicolás de Azara. Don José Nicolás, embajador de su Majestad en París y amigo personal de Napoleón Bonaparte, era un viejecito bondadoso y conciliador que nos animó asegurándonos que los más peligrosos ardores revolucionarios se habían consumido ya.

—Ahora está todo en manos de Bonaparte. No hay nada que temer.

Eso nos dijo, y no saben lo que nos acordamos de sus palabras en los años venideros.

(Continuará).

La imagen es un detalle de La reina María Antonieta y sus hijos, óleo pintado por Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun en 1787 y conservado en el Palacio de Versalles.

Víctor Espuny

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