De la Magdalena al Duque (y II)

Eduardo andaba ligero, con pies de joven. «Ya no queda mucho para la plaza del Duque, donde quiero llevarle, la más bonita de Sevilla. Párese un momento». Nos detuvimos a tiempo de cruzarnos con dos jóvenes sevillanas que venían de misa, veladas y con el rosario y el misal en la mano. «¿Qué le parece esta vista?». «Preciosas». «Me refiero a los edificios». «Preciosas edificaciones, decía». «Pues no va a quedar ni una en pie». A mí aquello me parecía tan increíble que ya no dudaba de la falta de razón de Eduardo. A pesar de eso seguí escuchándole, divertido con sus locuras. Llegamos a la esquina de la Farmacia Central, torcimos a la izquierda, anduvimos unos metros y nos situamos en la esquina de la plaza.

Parejo y Cañero Intermedio fijo

«Este hotel que vemos es uno de los mejores de la ciudad. La edificación será sustituida por uno de esos edificios funcionales y antiestéticos que llenarán la plaza entera. En este de aquí, por cierto, se venderán los pollos con más mala cara de Sevilla. La calle de la derecha se llamará Alfonso XII». Lo de los pollos no lo entendí muy bien, la verdad. Seguimos paseando y nos colocamos en el centro de la plaza, a los pies de una estatua del pintor Velázquez, que había venido a sustituir una fuente, y lucía, perfectamente proporcionada, en aquel espacio armónico. Subida en su pedestal, la figura del pintor admiraba los edificios de su entorno. Algo semejante ocurría con la estatua de Murillo colocada en la plaza del Museo, a poca distancia de allí.

Eduardo parecía cansado y nos apoyamos un momento en el pedestal de la estatua. Al hacerlo advertí ante nosotros la fachada de otro palacio. Le pregunté por él. «Es la casa de los Sánchez-Dalp, ejemplo de proporción y respeto por el conjunto de los edificios de la plaza. En su construcción y decoración interior —azulejos, fuentes, puertas, muebles, rejas, lámparas— trabajaron los mejores artesanos sevillanos». Quise tantear el terreno. «Seguro que se conservará mucho tiempo». «Pues, no señor. Será derribada para levantar otro de esos edificios de empresas nacidas en la calle Preciados, en este caso relacionada con la sastrería inglesa. Esa calle de Madrid, desde luego, parece un nido de destructores de edificios antiguos». «¡Válgame Dios!» le contesté intentando ocultar la guasa que me invadía. Aquello era increíble, nadie podía imaginar que edificios tan encantadores pudiesen ser destruidos. Tal como Eduardo lo ponía, parecía que la ciudad iba a olvidar el gusto por la belleza y las proporciones humanas, acogedoras, para levantar edificios ideados por personas frías, de unas dimensiones que solo sirvieran para empequeñecer a los viandantes en una ciudad hecha a escala de las personas. Seguimos caminando hasta el final de la plaza.

Ante nosotros se levantaba un edificio antiguo de torre mirador situada en la esquina y larga fachada coronada por cresterías góticas. La construcción tenía algo de italianizante y festiva. Me quedé alelado, mirándola: impresionaba. En el piso superior, un balcón de piedra al que se abrían las habitaciones más nobles de la casa, se adelantaba, poderoso, sobre la calle. Le pregunté a mi pesimista cicerone, seguro ya de lo que me diría. «Esto que ve usted aquí es el antiguo palacio de los duques de Medina Sidonia. También será destruido para levantar el gran edificio comercial de la gente de Madrid». Yo me reía, incrédulo, para mis adentros. Que destruyeran este edificio y levantaran un enorme mamotreto sin gracia alguna en su lugar me parecía ya de auténtica locura.

De vuelta hacia el hotel, con Eduardo callado y cabizbajo a mi lado, me dio por pensar. ¿Y si él no estaba tan loco? ¿Y si realmente llegaban esos comerciantes de Madrid con la chequera preparada y un número incontable de ceros a su disposición? ¿Y si la gran mayoría, tan manipulable, pensara que los edificios antiguos eran señal de atraso y resultaba necesario derribarlos para estar a la altura de un tiempo nuevo y, supuestamente, mejor? Antes de despedirnos le di las gracias efusivamente. Luego contemplé cómo se alejaba entristecido, avejentado de repente. Esa noche dormí intranquilo pero a la mañana siguiente, después de mucho cavilar, pensé de nuevo que Eduardo estaba trastornado: ¿cómo se iba a permitir la desaparición de edificios tan hermosos?

 

 

Fecha aproximada de cada fotografía: Confluencia de O’Donnell y La Campana (1920). Gran Fonda de Roma (1920). Casa de los Sánchez-Dalp (1965). Palacio de los duques de Medina Sidonia, luego del marqués de Palomares y, finalmente, sede del comercio textil «Almacenes del Duque» (1965). Vista de la plaza de la Magdalena con palmeras (1890).

 

Las fotografías provienen del archivo del diario ABC, la fototeca del Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla, distintos blogs (elpasadodesevilla.com y sevillaentusxanos.blogspot.com principalmente) y grupos de redes sociales donde estas fotografías circulan de forma libre.

 

Víctor Espuny

 

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