Valoraciones

El pintor Antonio Fillol Granell (1870-1930) nació en el valenciano barrio del Carmen y en casa de un humilde zapatero. Desde pequeño demostró sensibilidad artística y muy pronto empezaría también a demostrar sensibilidad social, don que hace a las personas especialmente incapaces de mirar hacia otro lado cuando tienen ante sí un cuadro degradante de la condición humana. Otros artistas poco conocidos cultivadores de esta temática fueron el belga Constantin Meunier —citado y comentado en esta página en septiembre de 2020 (véase un artículo titulado «La otra mirada»)— o el siciliano Onofrio Tomaselli, denunciante por medio de I carusi (1905) de la explotación laboral infantil en las minas de azufre sicilianas; la obra de Tomaselli, de gran formato y luminosidad, se expone en la Galería de Arte Moderno palermitana. También Goya nos dejó una pintura de denuncia social en tiempos tan tempranos como 1786, El albañil herido, hoy conservado en el Prado aunque no expuesto. Su boceto, El albañil borracho —este sí expuesto en la principal pinacoteca madrileña (sala 085)—, perteneció a la casa de Osuna desde que fuera adquirido por la condesa-duquesa de Benavente y su marido.

Antonio Fillol, pintor del pueblo, legó a la posteridad dos obras que marcaron su carrera al ser calificadas como inmorales por la sociedad biempensante. Una de ellas se conserva en el Prado. Se titula La bestia humana (1897). Según el contenido de la página del museo, se trata de una «obra en la que se refleja el compromiso del artista y su denuncia y desenmascaramiento de la explotación humana y la degradación personal, mostrando la prostitución como una realidad degradante. La pintura deja de ser un campo de representación neutral para convertirse en manos de Fillol en un arma de beligerancia y denuncia de la hipocresía social». En ella vemos un cuarto de losas gastadas y muebles desportillados. En la parte derecha del lienzo un hombre de mediana edad y mirada cínica está de pie ante una mesa con pasteles y licores por consumir; vestido de oscuro, enciende un cigarro. En la izquierda, una muchacha echada en un largo asiento de esparto oculta la cara con sus manos y lucha contra lo que parece inevitable mientras una mujer, de aspecto grosero, expresa con las manos su indignación por la resistencia de la muchacha. La obra recibió la segunda medalla en la exposición nacional de 1897 pero se privó al autor del premio en metálico por su temática. Fillol era un individuo incómodo, republicano y amigo de Blasco Ibáñez. Los tiempos cambiaron, el Prado acabo comprándola y hoy se expone en la sala 061A junto a obras de los también valencianos Joaquín Sorolla y Enrique Simonet, el último afincado en Málaga, donde cuelga, en la Catedral, su impresionante Decapitación de San Pablo. Fillol no tuvo la suerte de ser pensionado para estudiar en Roma como los dos autores anteriores, quizá por la incómoda honestidad de sus cuadros. 

La otra obra «inmoral» es la que ilustra este artículo. Se trata de El sátiro, pintada en 1906. La escena transcurre en un espacio limitado por muros anchos y desnudos. En ella aparecen una niña y nueve hombres, las diez figuras repartidas de forma equilibrada por el lienzo. A la derecha, en primer término, un anciano vestido con un llamativo blusón azul de labrador acompaña a una niña y le señala a uno de los cuatro hombres situados ante ellos en una evidente rueda de reconocimiento. La niña viste de rosa y muestra en su expresión corporal la gran vergüenza que está pasando. En el mismo lado del cuadro del anciano y su nieta se encuentran los funcionarios de justicia; en el otro, los presuntos delincuentes, la entrada de las celdas y un hombre, echado en la pared, que debe ser el carcelero. Antonio Fillol pintó el cuadro inspirado en una noticia aparecida en los periódicos, la niña, pobrecita, obligada a reconocer al criminal que había abusado de ella. El cuadro estuvo durante un siglo enrollado en casa de los herederos de Fillol —el mismo pintor lo ocultó, decepcionado por su mala recepción (fue calificado de indecente e indecoroso)— y hoy, ya restaurado, se expone en el Museo de Bellas Artes de Valencia. Su gran formato lo hace aún más impresionante. En su momento fue rechazado en la Exposición Nacional de 1906 por atentar contra los preceptos de la moral. Han pasado casi ciento veinte años y la pederastia —tan deformante de psicologías y caracteres— no puede seguir siendo un tema prohibido o inmoral. 

Si Fillol viviera hoy contemplaría su cuadro con orgullo, por fin expuesto, divulgado y cumpliendo su función.

 

La imagen es una reproducción de El sátiro (2m x 3m). Museo de Bellas Artes de Valencia.  

 

Víctor Espuny.

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