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Todo comenzó un «Viernes Santo»
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Todo comenzó un «Viernes Santo»

Buenos Aires, Argentina, 1989. Mi novia de nombre Blanca, trabajaba en un negocio de la calle Lavalle, llamado Mauro Sergio, donde se vendían sweters, y otros abrigos de invierno.
Un día del mes de octubre ingresa al comercio un matrimonio español (“A” y “C”),  para comprar unos “jersey” para su familia. 
De ese ocasional encuentro surge la invitación para visitar Osuna; “allí tenéis casa y comida por el tiempo que queráis”, dijo “A”. 
Blanca arribó a la ciudad ducal en febrero de 1990. Lo hizo en tren proveniente de Madrid, con combinación en la estación Bobadilla. Ese día del invierno europeo, a las 19.00 hs descendió del transporte;  lo hizo sola, ningún otro viajante  la acompañó.
Era ya de noche, con mucho viento y el lugar desolado. A lo lejos divisó una silueta femenina. Apuró su paso y logró darle alcance. Gracias a su colaboración pudo llegar a la casa de “A” y “C” en la calle San Cristóbal.
Yo desde Buenos Aires hablaba telefónicamente con mi novia los fines de semana. Siempre era atendido muy amablemente por “C”. En una de esas conversaciones aviso sobre mi intención de viajar en su búsqueda y enfrentar juntos la aventura de la migración.
Llegué un Viernes Santo de 1990 y sin mi maleta que se quedó en Barajas. Me recogieron en el antiguo aeropuerto de San Pablo en Sevilla y con el famoso “furia” (Citroen 3CV) emprendimos el camino por la autovía hacia nuestro destino final, Osuna. 
Ya en la casa nos esperaban para almorzar el resto de la familia, sus hijos “M” y “Ch”, la abuela,  la tía Ana, el primo Rafael y la esposa de este último Mercedes. 
Desde el primer momento fui recibido como un integrante más de la familia. 
Luego se sucedieron un sin fin de acontecimientos que gracias al acompañamiento de nuestra nueva familia pudimos enfrentar. 
Es bien sabido que emigrar es un hecho traumático. Ustedes los españoles lo han sufrido en carne propia.  
Diariamente viajábamos a Sevilla para trabajar. Cogíamos el autobús a las 6.45 de la mañana. Si al salir estaba lloviendo, “A” sacaba de su garage “el furia” y nos alcanzaba hasta la terminal. 
Si un domingo nos atacaba la melancolía, nos íbamos al campo a recoger espárragos o a visitar a los padres de “C” en Sierra de Yeguas. 
Esa contención se prolongó en el tiempo hasta el día de hoy.
En 1992 regresamos a nuestro país. Mi novia de entonces y yo nos casamos. “A”, “C” y “Ch” vinieron para  la boda. “A” fue el padrino. Nació nuestro único hijo Emiliano, y tuvimos el placer de viajar con él a Osuna en dos oportunidades.
“A” nos dejó en el 2012. Con “C” hablamos por teléfono por lo menos una vez por mes y con “M” y “Ch” estamos comunicados vía Whatsapp.
Esta historia es real. Parece una novela pero no lo es. Los personajes son de carne y hueso. Sus nombres por respeto a su intimidad prefiero mantenerlos en reserva. Queda en la voluntad del lector descubrirlos a través de sus iniciales y de otros datos que se proporcionan durante el relato.
Cada Semana Santa que se avecina recuerdo detalladamente éstas y otras vivencias. Somos una familia afortunada por haberlos conocido. También quiero agradecer a muchos otros ursaonenses que nos acompañaron en nuestro derrotero. Doña Isabel, su esposo, sus hijas, Luisa de la calle Cueto, y muchos otros. Les digo a todos ellos que los llevamos en nuestros corazones.
Por último agradecemos a Dios por habernos puesto en el camino a “A” y “C”. 
En la vida de cada ser humano son muy pocas las personas a quienes uno le debe un eterno agradecimiento. 
En nuestro caso son sin duda nuestros padres y a  “A” y “C”.
 
Rubén FARIAS
 
(Agradezco al pueblo ursaonense por el trato afectivo recibido en todo momento y a  “El Pespunte” por la posibilidad de hacer conocer nuestra historia vivida en Osuna, desde hace mucho tiempo “nuestro segundo lugar en el mundo”).
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