Tierra de rastrojos

La novela de este mes, de Antonio García Cano, está centrada en la vida de una familia de colonos pobres, arrendatarios de pequeñas parcelas, durante el periodo comprendido entre los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y finales de la década de los cuarenta. El lugar, sin definir con exactitud, se sitúa en el territorio delimitado por las localidades de Osuna, Lantejuela, Marchena y La Puebla de Cazalla. El protagonista, un hombre joven y saludable que sólo posee sus manos para sacar adelante a su familia, verá cómo todos sus esfuerzos de progreso resultan inútiles ante las barreras levantadas por un sistema injusto. En esta línea, la novela recuerda obras inspiradas por el mismo espíritu de lucha y reivindicación, como El rebaño hambriento en la tierra feraz (1935), del ecijano José Más, y Las uvas de la ira (1939), del estadounidense John Steinbeck, pero con la peculiaridad de estar escrita por alguien que conoció la explotación laboral y la injusticia desde la misma infancia y en carne propia. Tierra de rastrojos, por cierto, también ha sido llevada al cine (Antonio Gonzalo, 1980).

Muchos de los libros que uno lee acaban con el nombre del lugar donde fueron escritos y el periodo de tiempo que llevó redactarlos. Así, es corriente encontrar finales como «Toledo, primavera – verano de 2009» o, por decir algo, «Tarazona, 1998 – 2002». Son finales normales, no impresionan demasiado. Lo que ya no es tan normal es encontrar un final como el de Tierra de rastrojos: «Jaén, Prisión Provincial. / Segunda Galería, celda 21. / Años 1.970 – 1971». Y uno se pregunta qué pudo llevar a la cárcel al autor e investiga su biografía. La tienen ahí, en internet, en muchos lugares.

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Antonio García Cano (1927-2010) es un autor muy admirado por las personas que sienten la Andalucía señorial, que conocen su historia. El primero en elogiar su obra es Antonio Burgos, el autor del prólogo. El conocido periodista da la bienvenida a Tierra de rastrojos como la «primera novela estrictamente campesina del Sur» (pág. 10), esto es: la primera novela sobre el campesino andaluz, sobre la vida en las gañanías de los cortijos, en los tajos de siega a mano, en las chozas de los colonos, incluso en las tabernas, las iglesias y los casinos de los pueblos, escrita por un trabajador, por una persona que en su infancia cuidaba cabras y cerdos, que apenas fue a la escuela, pero era poseedor de una gran inteligencia natural. De hecho, resulta admirable cómo cuenta todo sin señalar a nadie directamente y disfraza los lugares para que sólo resulten identificables por algunos. En las biografías de García Cano se cuenta que nació en Fuente Tójar (Córdoba), que vivió parte de su infancia en Lantejuela, que trabajó de dependiente en El Saucejo, de camarero en Osuna, de dependiente de comercio en Sevilla, que perteneció al PCE y otras circunstancias vitales que le facilitaron la posesión de un buen bagaje cultural, pues la sabiduría de García Cano no era de la que se aprende en la Universidad. Era sabiduría práctica. De todas formas, y a la vista de su forma de escribir, estoy seguro de que en algún momento de su vida alguien con medios supo ver en él unas capacidades que debían fomentarse y le abrió su biblioteca. Ahí tuvo que conocer la gran literatura. García Cano escribe bien, con sencillez, sin abusar de adjetivos ni de cultismos, y además realiza un homenaje, con su uso, al habla de la zona, pues no es normal encontrar en las novelas que uno lee palabras como chiquichanca (persona, normalmente un niño, que está para los trabajos más humildes) o sardinel, que en la zona de Osuna pronunciamos sardiné.

La Andalucía representada en Tierra de rastrojos ha evolucionado desde 1971. Ha mejorado. Por mi edad puedo reconocer muchas de las situaciones descritas en la novela, pero estoy seguro de que los más jóvenes, sobre todo si viven en ciudades, ya no podrán hacerlo. Y es una suerte para ellos. No han conocido el gran éxodo de los sesenta y los setenta, que se llevó gran parte de la sangre más joven y emprendedora a Cataluña o el País Vasco, ni tampoco aquellas tabernas antiguas, sucias hasta decir basta, donde estaba prohibido escupir en las paredes. Esto ha mejorado, sí. Pero ahora se muere. Se muere porque las administraciones hacen caso omiso a las voces que se alzan pidiendo nuevas conexiones ferroviarias —parece que van a dejar enterrados más de 200 millones de euros ya invertidos en la plataforma del AVE— o el apoyo a empresas que puedan radicarse en la zona y creen puestos de trabajo. Mientras todo siga más o menos como estaba, con tan poca oferta laboral, la sociedad será subvencionada y languidecerá, falta de iniciativas, entre bellas fachadas señoriales. En algunos de estos pueblos el mayor empleador es el ayuntamiento, situación que vicia irremediablemente el sistema democrático, pues tendemos a votar a quien nos da de comer. La zona que describe García Cano en esta novela de manera magistral necesita el empuje de las administraciones y una gestión distinta, abierta a concepciones más actuales de la economía y la sociedad. La juventud, tan preparada, emigra a lugares donde poder desarrollar su prometedor potencial. Los pueblos se vacían.

En cuanto a técnicas narrativas, Tierra de rastrojos está contada en tercera persona omnisciente clásica. El lector poco acostumbrado a las novelas del XIX echará en falta durante la lectura mayor ilación de la trama y una acción más dinámica. Hay capítulos lentos, de espíritu que podríamos llamar documentalista, en los que el autor quiere dejar constancia de ceremonias o formas de vida cuya existencia presumía corta. Le asombraría saber hasta qué punto se perpetúan.

 

Antonio García Cano, Tierra de rastrojos, Dos Hermanas, Imprenta Sevillana, S. A., 1976 (2ª ed.; la 1ª es de 1975); 303 páginas. Prólogo de Antonio Burgos. Ilustraciones y portada de Francisco Cuadrado.

 

Ilustración: La siega en Andalucía, Gonzalo de Bilbao (1895).

 

Víctor Espuny

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