Sábado naranja de Velá

Sábado naranja de Velá. Sevilla se derrite en las aceras, hierve como el café de pucherete de las abuelas. Quienes quedamos en la ciudad hibernamos durante el día en oficinas y salones, tirando de aires acondicionados y botellas de aguas congeladas con pequeños icebergs dentro. En las calles desiertas solo hay guiris de calcetines blancos y gorras horteras, embadurnados de cremas solares que guardan en mariconeras de National Geographic. No hay nada que hacer más que esperar que la noche suavice el infierno. El Instagram me avisa de que ya he visto todo el contenido de las personas a las que sigo. El móvil ya no tiene nada que decirme, la tele es una cotorra que me tiene embotada la cabeza. 

A eso de las nueve y media me echo a la calle y quedo con los tres colegas que aún resisten en esta urbe convertida en sauna. Hoy al menos es de esos días de finales de julio en los que no hay que andar enclaustrados en un bar. En Triana ya ha comenzado la Velá de Santa Ana. La fiesta de quien aún no ha catado verano o de quien directamente no lo va a probar. En bermudas y camiseta llegamos hasta Plaza de Cuba para girar hacia la calle con el nombre más bonito de Sevilla. Ahí está la hilera de casetas, el runrún de la gente morena sin haber pisado la playa cortando el bochorno, la calle alumbrada por guirnaldas de luz. El olor es una mezcla de sardinas, caldo de caracoles, marihuana y calle del infierno. Una explosión de sensaciones que pide una cerveza. 

Entramos en una caseta con su correspondiente camarero al que se le sale la panza por el polo azul marino. La prenda tiene en un pecho el logo de Cruzcampo y abajo la silueta del puente de Triana. El gordo nos carga tres vasos de plástico hasta arriba de birra y salimos a fumar. No conocemos a casi nadie, desde luego que no vemos a ningún grupo al que poder unirnos y echar la noche. El ambiente es ecléctico: señoras mayores, cuarentonas de labios rojos, borrachos con guayabera, canis con camiseta Calvin Klein. Bebemos y charlamos, nos contamos cosas que ya nos hemos contado. Reímos con alguna ocurrencia y con un jipi que canta como un gato atropellado y no se cansa de hacer el mongolo con una guitarra a la que le faltan dos cuerdas. 

Estamos así, matando el tiempo y sudando hasta que aparece ella con su amiga. Y digo que aparece porque viene directa hacia nosotros. Los tres pensamos que alguno la conocería de algo. Pero no. Se nos planta enfrente y me dice: “me gusta tu camiseta”. Me quedo helado en medio de este puto desierto. Nunca me han entrado de esa manera, bueno, en realidad nunca me han dado el trabajo hecho. Digamos que no soy de esos por los que una tía arriesgaría su orgullo sin conocerme. No me considero feo, carajo, pero es que ella es demasiado guapa. Ojos de pastilla Juanola, pelo largo marrón, sonrisa blanca como equipación del Madrid. Viste una camisa también blanca con mangas cortas, unos pantalones bombachos de niña pija que le quiere dar un toque jipi al outfit y unas Converse. Tardo en reaccionar, pero le digo que muchas gracias y que si quieren tomar algo con nosotros. “Claro, para eso hemos venido. ¿Creías en serio que me gustaba tu camiseta?”. Se parte en mi cara y otra vez me recorre el frío. 

Sacamos las cervezas de donde el gordo y bailamos un poco fuera. Cuando le voy a hacer las preguntas de rigor rollo a qué te dedicas, de dónde eres y todas esas idioteces. Ella me corta, lo único que me dice es que se llama Laura. Y a Laura le ha dado por mí. Entre vacileo y cigarro me lleva a los callejones de Pureza. Allí desaparece el frío y suben los grados que realmente hacen.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

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