Primeras letras

El padre de Nino era una de esas personas para las que la ociosidad resulta una pérdida lamentable de tiempo. Dirigía una empresa y se pasaba el día en la oficina, trabajando. A Nino le gustaba ir a verlo por las tardes, fuera del horario laboral, cuando podía dedicarle más atención, aunque nunca le prestara demasiada. A esas horas la oficina estaba quieta, a oscuras, como dormida, con sus fabulosas máquinas de escribir en reposo. La mayoría de ellas eran muy pesadas, modelos de los años cuarenta y cincuenta (Remington y Underwood), iguales a esas que aparecen en las películas antiguas cuando la Policía le toma declaración a alguien. Nino las miraba durante el día, mientras los oficinistas tecleaban en ellas, y le parecían artefactos de una belleza insuperable. Todo lo que las rodeaba resultaba atractivo para él: las cintas tintadas, las cuartillas, las holandesas, los folios, el papel de calco, los sonidos de su maquinaria. La llegada del típex, que convertiría en millonaria a su inventora, la mecanógrafa tejana Bette Nesmith Graham, le pareció algo extraordinario, el fin de una época. Nino miraba a los adultos usar esas máquinas y soñaba con sentarse frente a ellas y ponerse a escribir a una velocidad de ensueño todo lo que se le ocurriese y necesitara contar. Entonces no lo sabía, era demasiado pequeño, pero la presencia de aquellas máquinas había determinado su destino: dedicaría su vida a escribir en ellas como si fuera empleado de alguien, en este caso su propio empleado. Y eso hace casi a diario. Se sienta ante un teclado —uno perfecto, que posee todas las grafías, colores y posibilidades imaginables— y se pone a escribir, como aquel niño que acudía fuera del horario de oficina a ver a su padre y escribía a espaldas suyas hasta que el sonido de la máquina le delató. 

Recuerda el momento como si no hubiera pasado toda una vida. Nino tenía siete u ocho años y el padre más de cincuenta. Era su padre un hombre alto, muy fuerte, de voz grave y cejas bien pobladas. La tarde había caído hacía rato y la oficina estaba sumida en una oscuridad apenas matizada por la luz mortecina que entraba desde el exterior. El despacho del padre se comunicaba a través de la puerta con el resto de las dependencias administrativas, repartidas entre otros despachos y una espaciosa sala central llena de mesas, puestos de trabajo. Llegó al despacho del padre, le dio un beso y le dijo que iba a ponerse a hacer los deberes en una de las mesas. Eligió la que tenía la máquina que más le gustaba, una Underwood de teclas circulares, un artefacto robusto, capaz de sobrevivir a varias generaciones de mecanógrafos. Era negra, brillante, con adornos dorados y un carro que anunciaba el final de línea con una campanita de sonido brillante. Encendió el flexo de la mesa, distribuyó por ella el material escolar y, durante unos minutos, hizo los deberes mirándola de reojo. Una vez acabados, y antes de que surgiera de la oscuridad que le rodeaba alguno de los monstruos que sin duda le acechaban y acabaría con su vida en un instante, buscó un papel, se puso de rodillas en la silla y lo metió en el carro como veía hacer a los oficinistas durante el día. Hecho esto, y realmente ilusionado, comenzó a escribir. No llevaría diez torpes pulsaciones cuando el padre apareció. «¿Qué haces, Nino?». «Escribo». «¿Y los deberes?». «Ya están hechos, papá». El padre le observó con aquella mirada burlona y cálida, tan suya. Luego extendió el brazo derecho y pellizcó el folio por las dos caras, con el pulgar y el índice. «Tienes que poner al menos dos papeles para que no se estropee el carro. Si no, se le quedan los tipos marcados». Eso hizo. Luego el padre volvió a su despacho y Nino continuó allí, intentando contar algo consistente. Y ahí sigue. Ha cumplido ya los sesenta y continúa buscando la forma de extraer del teclado las maravillosas historias que contiene. A veces, mientras escribe, se siente como aquella tarde en que comenzó a teclear en la vieja Underwood. Entonces busca con la mirada al padre y este revive por un instante a su lado, comprueba que ha puesto doble papel en el carro e intercambia con él, por fin, aquellos gestos cómplices de cariño que la vida, inclemente, en su momento les negó.  

 

En la imagen, máquina de escribir antigua. Convivió con enormes libros de contabilidad, pupitres de adulto, tinteros, manguitos y plumillas. 

 

Víctor Espuny.

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