Perico Girón se enamora (I)

Aviso a los lectores. El texto siguiente es la primera entrega de un relato incluido en Una vida acomodada y otros cuentos (Ediciones del Genal, 2021). Fue escrito después de El príncipe de Anglona y su época (1786-1851) y obedece a un intento de imaginar cómo hubiera sido la vida de Pedro Téllez-Girón y Alonso-Pimentel si hubiese tomado ciertas decisiones. Por lo tanto, aunque posea escenarios, hechos y personajes históricos, pertenece al ámbito de lo imaginado.

Les dejo ya con él.

Parejo y Cañero Intermedio fijo

 

Nací en el año del Señor de 1771, en las casas que el duque de Osuna tiene en la calle Alta de Leganitos. Mi madre se acordaba bien porque vine al mundo el mismo año que casó el duque, tan mocito, que no iba para duque pero se encontró el título cuando el primogénito murió de unas tercianas.

Mis primeros recuerdos son borrosos, como si me acabara de levantar y aún anduviese legañoso. Estamos mi padre y yo. Mi padre, caballerizo mayor del duque, era bravo, como siempre hemos sido los García de Talavera, y, aunque tenía más de treinta años, y podía mandar a alguno de los domadores jóvenes, seguía ocupándose de los potros. Lo veo montando un tordo rodado que se encabrita y casi toca, con los cascos, el techo del picadero. El animal echa espuma por la boca y da sordos golpes en el suelo, como si pretendiera romperlo. Y eso es todo. Después hay otro vacío de no sé cuánto tiempo.

Aprendí mis primeras letras con don Mariano, un curita que iba mucho por casa de los duques, comía allí casi todos los días, y había recibido el encargo de la duquesa de darnos doctrina cristiana y enseñarnos el abecé. En clase éramos unos treinta rapaces, todos hijos de sirvientes de escaleras abajo de los duques: caballerizos, cocheros, postillones, sobresalientes, tronquistas, lacayos, volantes, mozos de caballos y mulas, zagales y lacayos de retretes. A los duques los veíamos poco. Vivíamos en unas casas anejas al palacio que no visitaban porque eran feas y estaban sucias. Los vestidos de la duquesa eran tan largos que arrastraban por el suelo. Sus bajos parecían hechos para deslizarse por los brillantes salones de palacio, no para rozar siquiera nuestros suelos terrizos. Yo, de todas formas, les estaré siempre agradecido.

La duquesa apareció un día en el cuartucho donde don Mariano intentaba enseñarnos y me cambió la existencia. María Josefa Alonso-Pimentel y Téllez-Girón, duquesa consorte de Osuna y condesa-duquesa de Benavente, era delgada, con una cintura que casi podía abarcarse con las manos, de cara alargada y con un matiz de nostalgia en sus separados ojos. En conjunto, su semblante resultaba un poco caballuno pero transmitía calor. Al verla entrar don Mariano se puso en pie y dijo que lo imitáramos. Nosotros obedecimos y nos quedamos mirando a la duquesa con la boca abierta. Sabíamos que era ella porque la habíamos visto alguna vez bajando o subiendo al coche en la entrada del palacio. Ese día iba vestida a la amazona. Llevaba la cola de la oscura falda recogida en el brazo izquierdo y una larga fusta en la mano derecha. Yo sabía, mi padre lo decía, que a veces montaba a caballo pero nunca la habíamos visto vestida así, y sobre todo tan cerca. Impresionaba. La duquesa dijo que nos sentáramos y pusiéramos las manos encima del pupitre. Luego fue pasando por el pasillo del centro y mirándonos con atención. Al llegar a mi altura me dijo que me levantara.

—¿Cómo te llamas?

—Antonio García, para servirla.

—¿Cuántos años tienes?

—Nueve, señora.

—Es el hijo del caballerizo mayor, señora duquesa —intervino don Mariano, acercándose—, precisamente el que le comenté el otro día.

La duquesa me miró durante un largo rato. Me sentía incómodo. Los demás también me miraban y yo no sabía en qué podía acabar todo esto.

—¿Los padres son gente sana? —preguntó volviéndose hacia don Mariano.

—Si lo son, señora, y el hijo también. En los años que llevo dando las clases no ha faltado un solo día.

—Bien. Que mañana a primera hora suba a la parte noble y pregunte por don Cayetano.

(Continuará).

 

 

La imagen es un detalle del retrato de la duquesa de Osuna pintado por Francisco de Goya en 1785.

 

Víctor Espuny

 

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