Educación pública o privada

Junta de Andalucía

Un amigo me cuenta por WhatsApp que un tipo, el cual se ha pasado la vida criticando a los papás y a las mamás que matriculan a sus hijos e hijas en colegios privados, ha hecho recientemente lo mismo que criticaba. Ha metido a los suyos en uno privado, me dice mi amigo, y lo que gana en un mes un trabajador contratado a jornada completa es la mensualidad que va a pagar por tener a sus hijos en la educación privada. Cada cual con su dinero puede apuntar a sus chiquillos donde le plazca, contesto. Si ha cambiado de opinión, su motivo o motivos tendrá. Pero ha sido enviar esta última frase y ver en la pantalla que se acabaron los mensajes, que me llama directamente y, nada más descolgar, una voz furiosa sale por el altavoz de mi teléfono y qué cojones de motivos ni ostias. A ti no te han llamado xenófobo ni racista, dice. Cuando este individuo calificaba a la educación pública como lo mejor de la democracia y a continuación soltaba por la boca que los padres y madres que matriculamos a nuestros hijos en colegios privados lo hacemos con la intención de evitar que se relacionen en clase o en el patio del recreo con los hijos e hijas de migrantes ecuatorianos, con la intención de evitar que se relacionen con los hijos e hijas de la clase proletaria, ¿qué crees que me entraba a mí por el cuerpo? Y este discurso ha llegado a muchos chavales y chavalas que estudian en estos colegios. A muchos. Y sí, me dice antes de colgar, también a mis hijas.

La plática con mi amigo me ha hecho recordar que, desde hace un par de años, oigo a algunas personas quejarse por tener que pagar impuestos. Cómo pueden quitarme lo que he ganado con mi trabajo y esfuerzo, dicen llenos de ira. Entre esta gente hay quien forma parte del mundo del funcionariado, quien trabaja en la parte de administración de una fábrica o supermercado, y quien ha creado su propio negocio vendiendo su producto por internet. Pero el toque del asunto es que esta misma gente llena de ira cursaron sus respectivas carreras a base de becas (incluyendo esas becas Erasmus que costean a la alumna o alumno una estancia en Londres o en Berlín o en Roma u otros lugares), presentando puntualmente cada principio de curso la documentación exigida en la ventanilla de la secretaría de su correspondiente facultad o donde tuvieran que presentarla, y oye, qué alegría les entraba en el cuerpo cuando recibían el dinerito en su cuenta corriente, no parándose ni por un momento a pensar de dónde carajo provenían esos euros. O sí lo pensaban. Lo pensaban y sabían de dónde provenían, pero por aquellos años les parecía muy justo, y no opino yo lo contrario, que los hijos e hijas de la clase obrera cursen toda su carrera universitaria con el apoyo económico que ofrece el Ministerio de Educación.

Cuando estoy frente a alguien que habla de los derechos de los trabajadores, de la importancia de defender todos y cada uno de los servicios públicos frente a lo privado, de sueldos dignos y que este mundo no puede tener paz mientras exista una persona sin un techo sobre su cabeza y sin un plato de comida caliente para alimentarse, guardo silencio y pienso que sí, que estamos de acuerdo, colega, pero mañana veremos lo que haces. Mañana comprobaremos si tus acciones y tu forma de vivir se ajustan a tu arenga de hoy. Y ante tales arengas recuerdo a un antiguo compañero de trabajo y su forma de decirme chaval a lo largo de tu vida te encontrarás con mucho sinvergüenza y mucho charlatán y mucho olvidadizo, y así ha sido, pero también, durante los meses que pasamos juntos repartiendo electrodomésticos por la provincia de Sevilla, metidos en una furgoneta con el cenicero lleno de colillas y por los altavoces sonando una y otra vez Como Camarón de un grupo que acababa de salir llamado Estopa, este mismo compañero me habló sobre la importancia de saber diferenciar a estos charlatanes, de las personas honestas y firmes en sus principios. Porque las hay, decía, y siempre tienen presente sus raíces, su comienzo, y nunca olvidan las ayudas que recibieron en su juventud para salir adelante. Y este compromiso, este no querer ni permitirse olvidar, lo inculcan hoy en sus hijos.